17 de febrero de 2018
17.02.2018
Las cuentas de la vida

Hace cien años

17.02.2018 | 05:00

En 1918 terminó la I Guerra Mundial y empezó la ´gripe española´. El siglo XX arrancaba con la disolución de los grandes imperios y la llegada del comunismo a Rusia. Europa era todavía un continente que se consideraba joven y creía que podría iniciar una nueva era de dominio planetario. De la guerra –y sus horrores–, sin embargo, no saldría indemne. Se puede interpretar la historia de nuestro continente siguiendo las huellas de un conflicto que nadie todavía hoy se explica por qué sucedió –tal vez a causa del sonambulismo de los políticos, si hacemos caso al historiador Christopher Clark–, pero del cual nadie duda que cambió el futuro de Occidente. Se cumplen cien años del final de la I Guerra Mundial y del inicio de la gripe, que fue aún más devastadora en cuanto al número de víctimas. No se sabe exactamente cuánta gente murió, aunque algunos estudios hablan de decenas de millones, entre el diez y el veinte por ciento de los infectados en todo el mundo. Afectó especialmente a hombres jóvenes, a adultos saludables, a madres con niños pequeños. William Maxwell, el mítico editor de The New Yorker, narró en una novela bellísima, Vinieron como golondrinas, la muerte de su madre por gripe española, cuando él apenas tenía diez años. La gripe, una afección vírica recurrente y habitual, convertida en un jinete apocalíptico de muerte masiva. Como la guerra de la que salía Europa. Como las plagas de los tiempos antiguos.

En nuestra imaginación, las pandemias son fósiles de un mundo premoderno que desconocía el poder protector de la ciencia y de la higiene. El Ébola puede matar en África, por ejemplo, pero no lo hará aquí. O eso queremos creer, aunque sabemos que no es cierto. El exponente más significativo lo constituye la gripe de 1918, que llegó como un ejército devastador y para la cual hoy todavía no contaríamos con un tratamiento eficaz. Un reciente artículo, publicado en Wired por Maryn McKenna, nos recuerda algunos datos fundamentales: en primer lugar, que las vacunas constituyen la mejor prevención posible para evitar una epidemia viral, pero que en el caso concreto del virus de la influenza su efectividad es fluctuante e iría del 10% de protección en el peor de los inviernos –cuando la vacuna no se ajusta a las cepas circulantes– a un 60% en el mejor. En segundo lugar, que las grandes multinacionales farmacéuticas carecen de incentivos reales para investigar y descubrir una vacuna definitiva que sea eficiente contra todos los tipos de influenza. Por un motivo económico básicamente: una vacuna cíclica que genera beneficios anualmente sería sustituida por una vacuna global que sólo sería necesario inyectar como recordatorio cada x años. ¿Por qué invertir miles de millones de euros en un producto cuyas ventas seguramente no cubrirían los gastos?

Aquí, sin duda, entra lo público y sus obligaciones para con el presente y el futuro. Una vacuna universal contra la gripe no sólo evitaría miles de muertes anuales y colapsos en las urgencias hospitalarias –por no hablar de horas de productividad perdidas por bajas laborales–, sino que sobre todo disminuiría el riesgo de un nuevo episodio pandémico como el que acaeció en 1918, hace ahora un siglo. Cuando el sector privado no está dispuesto a resolver las necesidades de salud pública –y es legítimo que no quiera–, el deber de los Estados y de las fundaciones es suplir lo que el mercado no cubre: nuevas vacunas, nuevos antibióticos, atención a las enfermedades olvidadas, la investigación básica.

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