11 de marzo de 2018
11.03.2018
Cuaderno de mano

Femenino plural

11.03.2018 | 05:00

Para Pepa, Paula, Gala, y todas las mujeres con las que nosotros somos en su batalla

Es la golondrina de cada año. Presagia la primavera de la mujer pero no tiene nido donde hacer ventana. También sus alas continúan sin sitio ni libertad en el mismo lugar en el que los hombres vuelan sin encontrar sus nubes y sus vientos a la contra. Y eso, que en muchos casos, son ellas las que más lejos llegan en la travesía por encima de los obstáculos y de los sueños. Las mujeres habitan poemas y los paren entre sus palabras y sus manos; se desnudan en el arte y crean sus volúmenes y luz con gesto en vanguardia; cuentan sobre la existencia –acerca de ellas que debería ser un nosotros– con espléndidas miradas de cine, voces de literatura y descubriéndole los secretos a la ciencia. Lo hacen también con medallas y récords en el deporte, y manteniendo el orden de los afectos y la pequeña felicidad de lo cotidiano, sin una nómina que las compense. Y trabajan con profesionalidad y emprendedoras en cada una de las empresas donde los hombres son la mayoría que manda, discrimina, acosa, compite y se emplea en dejar claro su jerarquía por encima del talento o de cualquier transversalidad de la formación. A diario tienen que demostrar que están sobradamente cualificadas para desempeñar el cargo que ocupan, y habitualmente soportan la misoginia de algunos jefes, la rivalidad directa de los compañeros, los comentarios sexistas y la sobrecarga en casa y/o la atención a sus familiares dependientes después del trabajo.

Ser mujer nunca ha sido una historia fácil. Es muy larga la lista de víctimas en cualquier grado del olvido o de la violencia que no por no ser física es menos violenta. Penélope a diario pasando a limpio la traición y la espera. Rosalind Franklin, biofísica sobre quien el Premio Nobel James Watson dijo que su mejor lugar era el laboratorio de un hombre. Ada Lovelace, matemática y creadora del primer programa de ordenador más reconocida por ser la hija del poeta Byron. Alma Reville, la mejor montadora de cine, sin la que no existiría el suspense de Hitchcock, el marido que ni siquiera la amó a la sombra. Mina Fleming, que catalogó más de 10.000 estrellas y descubrió 10 novas, 52 nebulosas y 310 estrellas variables, sin un destello de reconocimiento equitativo entre los grandes astrónomos. Esther Lederberg, pionera en la genética bacteriana a la que el microbiólogo Stanley Falkow le restó su categoría y descubrimientos definiéndola como una metodológica genia en el laboratorio. Concha Méndez, poeta excelente bajo el mito de la Generación del 27 de su marido Manuel Altolaguirre. Las hermanas Bronte que tuvieron que firmar sus primeras obras con seudónimo de hombre. Mercedes Barcha, el sostén de la familia y aliento para que García Márquez escribiese Cien años de soledad. Muchas más, con nombre ganado en la Historia pero pequeño a pie de página, y tantas otras anónimas, existiendo como si nada, pugnando por salir adelante, acróbatas, inteligentes, indómitas, preparadas, persistentes y también con el corazón maniatado o en naufragio, inadvertidas como si fuesen apenas un reguero de migas a una mano del borde de la mesa y el vacío.

A todas les costó elegir con libertad su modo de vivir y ser en la vida sin ser juzgadas socialmente en cualquiera de sus condiciones –sentimentales, profesionales o familiares–. Pensar que se ha cambiado mucho en dos siglos y medio es erróneo. Se ha avanzado, faltaría más, pero la diferencia entre abuelas y nietas no es tan grande. No nos engañemos comparando la garçonne de los años veinte que desterró una guerra y desapareció con la siguiente, la mujer liberada por la revolución de la píldora ni la superwoman de los ochenta y noventa que brilló por sus armas de mujer e hizo de todo una empresa de éxito. Ni a la mujer actual más consciente de su lucha y más movilizada como hemos comprobado junto a ellas este pasado jueves. Pero todavía son muchas las piedras grandes y pequeñas que quedan por levantar entre nuestras manos y las de ellas. Juntos y sin recelos. No se trata de un relevo en jerarquías. La cuestión es más profunda y a la vez sencilla. Tan clara en palabras de Leonard Cohen. «no puede haber hombres libres si no hay mujeres libres». Esa es la poética de la lucha, el horizonte que conseguir.

El plan de ruta lo sabemos todos. Está escrito y consensuado en las leyes pero en la realidad es letra pequeña de contrato con truco. No se ha conseguido hacer efectiva la igualdad porque queda demasiada brecha que cerrar. En lo concerniente a la equiparación de paternidad y de maternidad, donde algo se ha avanzado pero aún restan importantes flecos a solucionar. También, en la discriminación salarial y en el techo de cristal que tiene la mujer en casi todas las profesiones. Ayer se clausuró –no entiendo que no haya durado más– una exposición en el Ayuntamiento de Sevilla de 45 periodistas retratadas por la compañera María José Carmona denunciando este tema. Un colectivo en huelga con nosotros, sus compañeros, el pasado jueves. Entre otras cosas porque la mujer ha conseguido lo que tiene echándose a la calle, no les basta demostrarlo a diario y defenderlo permanentemente como si estuviesen exigidas a reconquistarlo a diario, reclamando su derecho natural y con logros muy por detrás de los conseguidos en Islandia, donde la participación de las mujeres en el mercado laboral es la mayor parte de la OCDE, y se exige que las empresas demuestren que sus empleados cobran igual sin distinción de género, etnia y nacionalidad.

La mujer tiene que luchar todavía por ser un presente de indicativo, y no una promesa de futuro. Tanto en el primer mundo en el que no cesa su lucha como en los páramos del Tercero donde desgraciadamente la religión, la cultura y sus brazos políticos las convierten en víctimas diarias, y silenciadas generalmente por sus sociedades. El objetivo tiene un eje fundamental que es la educación. Hay que descatalogar términos sexistas y feminizar palabras pero no se trata de reinventar la lengua al envés. Ni de conseguir placebos gramaticales. Lo exigible es una conciencia igualitaria del lenguaje, y sobre todo cambiar nuestra manera de pensar a la mujer y sus reivindicaciones. Primero los hombres, activistas no ya a su favor si no con ellas y capaces de definir una nueva masculinidad. No es fácil, nos equivocamos, nos olvidamos, nos afloran micro machismos e inseguridades, pero enfrentar ese reto nuestro es fundamental. Lo mismo que en la esfera pública de la política, donde esta semana Inés Arrimadas rechazaba su participación en la huelga por considerarla un gesto anticapitalista, motivando que Carmena le recordarse que el capitalismo ha contribuido a la opresión de la mujer. O cuando otras dirigentes populares atribuyen la brecha salarial a la falta de formación de las mujeres. Y por supuesto en el ámbito académico, desde la infancia, porque debería preocuparnos mucho el repunte de actitudes machistas y de estereotipos entre adolescentes. Sin olvidar el papel tóxico de la industria del entretenimiento y la socialización en las redes sociales. Y menos aún la violencia de género que nos sigue desangrando el dolor y la vergüenza sin que las leyes ni la sociedad acierten con la erradicación del problema.

Avanzamos y retrocedemos. Unas veces porque lo impiden las fuerzas económicas manejadas por mentalidades conservadoras que devalúan a la mujer, y otras, las menos pero existen, porque los logros, los diálogos y las actitudes se enrocan en absurdas rivalidades de género, igual que en el actual y peligroso maniqueísmo ideológico que constantemente condena la gama de grises que explican la naturaleza de las personas, de la política y del mundo. Cada vez más enquistados en unos frente a otros, olvidamos que la igualdad, lo mismo que el progreso y las libertades, sólo será posible si es una conquista completa de todos. Y eso requiere capacidad de encuentro, concienciación activa y compromiso para que el éxito del jueves sea el de todos los días. Ellas nos han enseñado el camino: la revolución de la mujer también es la nuestra.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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