01 de abril de 2018
01.04.2018
Tribuna

Emoticonos en el Parlamento

01.04.2018 | 05:00

Ya es costumbre, en la actualidad, que los grandes prebostes de la política anuncien sus decisiones, aun las más trascendentales, a través de su «cuenta» en una red social como si fueran muchachos comunicando una nadería a la pandilla del equipo de baloncesto.

En épocas más severas y contenidas, se usaba para estos menesteres el Boletín Oficial del Estado y tiempos hubo en que burócratas acreditados y empedernidos leían a diario esta publicación, un vicio que luego se pudo ampliar a los Boletines de las diecisiete Comunidades Autónomas con menos pretensiones que el viejo del Estado aunque las mismas miasmas.

Como digo, hoy son las redes, lugar al que se vierten los desechos como antiguamente se vertían a las calles las aguas sucias, donde aparecen noticias relevantes y por ello nada menos que el presidente de los Estados Unidos ha podido anunciar al mundo en Twitter que inicia la guerra comercial contra tirios y contra troyanos. Con la misma naturalidad de quien comunica las virtudes del último fármaco útil para evacuar. El asunto no es baladí porque esa guerra, sin batallas ni ascensos de coroneles a generales, que es para lo que siempre se han hecho las guerras, acabará haciéndonos pagar más a todos por las zanahorias, la leche o el repuesto de un tornillo para la lavadora.
Tal desenvuelta manera de comunicarse de las grandes autoridades del mundo obliga a que en estas Soserías, siempre atentas a lo más nuevo y mundano, se medite acerca del uso de las nuevas técnicas de la comunicación en el universo de la política y en especial en los debates parlamentarios entre los partidos.

Propongo que, para sustituir los discursos al estilo de Castelar o de Azaña, que cansaban a los taquígrafos de las Cortes y al resto de personas bien constituidas, se podría generalizar el uso del Whatsapp o de los mensajes entre escaños. Hoy ya es costumbre ver a los diputados con el móvil en la mano despachando la correspondencia o anunciando en casa que echen más tarde el arroz porque se retrasan. Pues bien lo procedente ahora es el tuit en pocos caracteres del líder de la oposición al jefe del Ejecutivo o viceversa y las respuestas en forma de emoticonos que incluyen el aplauso, el beso y demás.

Adviértase lo que se ganaría en las comisiones parlamentarias planteando por esta vía las enmiendas a la ley de hipotecas o a la de presupuestos: en lugar del texto hasta ahora usual con sus matices e indescifrables circunloquios, el mensaje escueto o el correo electrónico que es siempre sobrio y conciso.

¿Qué es lo que nos impide reformar la Constitución? Pues lo pesado del empeño, las cabriolas semánticas que estaremos obligados a emplear, los papeles que habremos de redactar, las réplicas, las contrarréplicas, los añadidos y las apostillas, es decir, ese universo bullicioso en lo semántico y desorbitado en lo ideológico. Pues bien, sustitúyase tal infinito enredo por emoticonos, mensajes y wasaps y comprobaremos cómo lograremos la mayor fluidez y el más fructífero consenso.

Y así una sesión parlamentaria, desarrollada a base de móviles entre los diputados, contribuiría a hacer del Parlamento el templo, si no de las virtudes, sí de lo virtual. Algo es algo.

Para otra ocasión queda la explicación de otra idea fecunda: la de convencer a los diputados para que no hablen al público sino consigo mismos. Es decir incitarles al cultivo del género monologante tan en decadencia a pesar de la buena propaganda que le hizo Antonio Machado en su autorretrato («mi soliloquio es plática...» , etc.) y también de lo aseadamente que con él se gana uno fama de ser un orate adorable e inofensivo.

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