05 de abril de 2018
05.04.2018
Lo que hay que oír

¡Eliminen a Shakespeare!

El machismo de William

05.04.2018 | 05:00

Voy a echar una mano literaria a estos nuevos censores del XXI que tan prestos andan de tijeras para cortar cualquier cosa que les roce un pelo por tierra, mar o aire. Su sueño final es suprimir del todo la enseñanza de la literatura, pues odian lo que desconocen. A un paso están de conseguirlo, cumpliendo aquellas ansias del siglo XX que pedían menos latín y más gimnasia, o las del legendario refranero con su ´hombre de libros, hombre de peligros´. Son ejército poderoso, pues a los totalitarios de costumbre unen ahora sus fuerzas los militantes de la susceptibilidad extrema y los neuróticos obsesivos del pensamiento correcto con su policía internauta dando la matraca en las redes sociales, días laborables y fiestas de guardar. Les voy a echar una mano –digo– proponiendo que den un paso más, acaso el golpe final: prohiban a William Shakespeare, eliminen al repugnante ´cisne de Avon´, a la pira con ´el Bardo´. Muerto Shakespeare, se acabará mucha rabia, todo será felicidad, igualdad, equidad, arcadismo y futura mano de obra barata en las aulas. ¿Razones? Lean, lean. Hacia 1610, William Shakespeare escribe Cimbelino, un dramón histórico en el que se cuenta cómo un caballero llamado Póstumo se casa con Imogena, hija del rey. Al monarca no le convence el matrimonio y destierra a su yerno a Italia. Allí, un imbécil asegura a Póstumo que es capaz de seducir a su mujer. No lo consigue, pero hace trampa y convence al exiliado de que sí. En la escena con que termina el 2º Acto, entra Póstumo a escena preguntándose a voces y furioso: «¿No hay medio de que los hombres vengan al mundo sin que las mujeres hagan la mitad de la tarea?». Echa espumarajos, maldice y acaba por largar el siguiente párrafo: «¡Oh, si pudiera descubrir en mí lo que procede de la mujer! Porque no hay en el hombre inclinación al vicio que, lo aseguro, no venga de la mujer. ¿Es la mentira? Es de la mujer; estad seguros de ello. ¿La adulación? Es cosa de ella. ¿La trapacería? Siempre de ella. ¿La lascivia y los malos pensamientos? De ella, de ella. ¿La venganza? De ella. Ambiciones, codicia, orgullo cambiante, desdén, antojos nimios, maledicencias, versatilidad, todos los defectos que puede el hombre nombrar, aún más, todos los que el infierno conoce, le pertenecen, en todo o en parte. Pero más bien en todo que en parte; porque no son constantes ni siquiera en el vicio, sino que siempre están cambiando un vicio de antigüedad de un minuto por otro vicio ni la mitad de viejo. Quiero escribir contra ellas, detestarlas, maldecirlas... Y, sin embargo, el mejor medio de aborrecerlas verdaderamente es rogar para que se cumplan sus voluntades. Los mismos diablos no podrían castigarlas peor». La corrección política dictatorial reinante no tardará –si aún no lo ha hecho– en pedir la cabeza de Shakespeare. Machista de mierda. Hay que prohibirlo. Ya. De inmediato. Fuera. Intolerable. ¿Castigo?: merece que le escupan, le tiren piedras, le cubran de barro, le echen detrás todos los perros callejeros: merece que todos los malvados sean llamados Shakespeare€ Y ahora me pregunto: ¿De verdad van a ser tan obtusos los censores del XXI que no alcanzarán a distinguir entre lo que dice un autor y lo que dice un personaje de ese autor? Porque es Póstumo quien así habla, no Shakespeare. Es el personaje, no el autor. ¿Enviamos al psiquiatra a Cervantes por las locuras de don Quijote? ¿Eliminamos por machistas a quienes en sus obras de ficción introducen personajes machistas, reflejos la muy injusta sociedad machista? ¿Todavía andamos así? Si leyera o supiese leer ese nuevo puritanismo, se encontraría con que es el propio y arrepentido Póstumo quien pide para sí páginas después ese mismo castigo: «Escupidme, tiradme piedras, cubridme de barro, echadme detrás todos los perros callejeros, que todo malvado sea llamado como Póstumo». Ay, qué tiempos estos en que hay que luchar por lo que es evidente.

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