05 de abril de 2018
05.04.2018
Perdidos y encontrados

En mallas

05.04.2018 | 05:00

Veo mis piernas en la moto subiendo la cuesta de El Ejido. Las piernas enfundadas en unas mallas negras, adheridas a la piel, brillantes, Maricón, me gritaron un par de veces al cruzar junto a la Cruz Verde. Son calles de Málaga, la ciudad en la que tuve 18 años. Eran los movidos años 80. Hay que contextualizar, por tanto; aunque siempre hay que contextualizar. Yo estudiaba Derecho, en El Palo, otro barrio, junto al mar. Pero buscaba la fama, supongo, como los chicos de aquella serie americana que luego fue película y que tanto nos influyó a algunos. Escribo y donde el cerebro recuerda, alguna neurona está pinchando el tema central de la banda sonora, de Irene Cara. Tarareo ´Fame´.

Pero mi vocación teatral no empezó allí, ni mi decisión de estudiar Arte Dramático. Aquella primera novia de los 16 años que me sacó del barrio me llevó al teatro por primera vez, si exceptúo una función infantil que me encontré sin saberlo en la derribada Casa de la Cultura -que estaba junto y sobre el Teatro Romano- adonde yo iba a estudiar de adolescente.

Ella fue la culpable, no yo (también mi profesor del instituto Chus García Castrillo que me dirigió en aquella obra de Buero, En la ardiente oscuridad, en la que hice de Ignacio). La sensibilidad y el hambre de Cultura de Rocío -que así se llamaba aquella chica- me transformaron por dentro y por fuera, pero yo no aguantaba como ella en la butaca. Quería estar arriba, sobre aquellas tablas, ser tan otro que mereciera el aplauso que, he de ser honesto, sigo buscando. La ESAD estaba arriba también, en el mismo edificio del Conservatorio. Yo subía allí en la motillo siendo un niño del entorno obrero de Carranque, de la calle La Unión. Y la ESAD en todo lo alto era el Valhalla. Sus curradas salas de ensayo, la salita de expresión corporal, la deseada Sala Falla que nos peleábamos por utilizar los de Danza, los de Música y los de Arte Dramático, la cafetería€

Mi amigo Antonio Hernández que bailaba mejor que yo y que Toni Manero, estudiante de Letras, me ayudó a preparar las pruebas de acceso para saltarme el curso de Preparatorio. Sólo tres personas lo conseguimos. Yolanda, de quien no recuerdo su apellido. José Miguel Guardiola, enorme actor malagueño. Y yo, pero, cada vez que escucho Every breath you take de Sting, veo a mi amigo Antonio preparándome para una de las pruebas marcándome los pasos en el salón de la casa de sus padres. Años más tarde, Héctor Márquez, compañero de oficios y anécdotas juveniles de ambos, me confirmó lo que extrañamente intuí en las iniciales de un teletipo, trabajando yo entonces en Canal Sur radio, y aún lloro al recordar que Antonio se fue de este mundo sin avisarnos. Todavía me avergüenza reprochárselo.

En la escuela me dirigieron Óscar Romero, Meri Cosme, Leo Vilar, Mati Valladares, Pedro Fernández, Justo Ruiz, entre otros, y esporádicamente Emilio Gutiérrez Caba, Esperanza Abad, David Perry. Allí fui mayoral, enanito de dibujo animado, Luzbel, Oberón€, y una vez un árbol. No cabrían en estas líneas los compañeros y algunos luego amigos con los que compartí improvisaciones, nervios, pases de memoria de los libretos, vida a raudales. Una vida en mallas que duró casi tres años enteros y me marcó para siempre. Veo en el periódico que aquella ESAD que hoy ya no está allí y que comenzó como escuela de Declamación acaba de celebrar sus 70 años. Esto es un brindis.

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