15 de abril de 2018
15.04.2018
Crónicas precarias

El eco

15.04.2018 | 05:00

Hace unos días, tras la victoria del ultraconservador y recalcitrantemente xenófobo Viktor Orbán en las elecciones de Hungría, me estuve asomando a las declaraciones que daban sus entusiasmados votantes. La experiencia, además de provocarme las esperables náuseas causadas por la exposición a tantas dosis de odio e intolerancia, logró que me invadiera una profunda sensación de paradoja. Porque las rabiosas palabras que estos ciudadanos empleaban para denigrar y criminalizar a los solicitantes de asilo que acuden a su país son horriblemente semejantes a las que un racista español cualquiera (no hace falta irse a los grupos más extremistas para encontrar lindezas) dedicaría los migrantes húngaros que tratan de ganarse la vida aquí. Y sus proclamas para amurallar el territorio, cerrar fronteras e impedir ser el cobijo de quienes huyen del horror apenas se distinguen de las que escuchamos por parte de nuestros más crispados compatriotas. Vallas, cuchillas, muros: no hay nado nuevo bajo el sol.

Eso es lo curioso y terrible del racismo, que funciona como un eco. Gran parte de la población de Europa del Este (pues no es solamente un fenómeno de Hungría, sino que se está extendiendo en toda la zona), considera que los refugiados son basura; gran parte de la población española considera que los habitantes de Europa del Este son basura y en la primorosa Dinamarca (o en cualquier otro país con un PIB más elevado que el nuestro), importantes sectores de la población están convencidos de que en España somos, efectivamente, basura. Y a la marcha, inmersos en una espiral de desprecio y rechazo que parece no tener fin, vanagloriándonos con el reflejo de un espejo deforme en el que nuestro equipo siempre sale favorecido.

Nuestra caverna es la más reluciente y esplendorosa. La pestilencia es propiedad exclusiva del vecino desafortunado que llama a la puerta para pedir sal o, al menos, una vida digna. Nuestras gentes son la bondad con piernas, los bárbaros viven siempre en la calle de atrás. Los maleducados, los peligrosos, los delincuentes son siempre los otros. Los que nos quitan el trabajo y siembran la inseguridad en nuestras calles, que son nuestras porque nacimos en las coordenadas correctas. Así ha sido y así parece que va a ser por los siglos de los siglos. Cuando nosotros somos los insultados, ponemos el grito en el cielo, acusamos de racismo a seres más rubios, más europeos, más estadounidenses, más escandinavos que nosotros. «¿Cómo pueden llamarnos vagos? ¿Qué se creen, que somos como los putos sudacas?», exclamamos indignados.

El eco del racismo amplifica los prejuicios y las generalizaciones más burdas. Convierte tópicos, creencias infundadas y excepciones en verdades absolutas. Dinamita la convivencia y milita activamente contra el entendimiento. E igual que sucede con el sonido de un gong, el eco del racismo es muy fácil de expandir, basta con unas cuantas soflamas incendiarias, una apelación a la frustración de la ciudadanía, ¿quién no quiere un buen chivo expiatorio al que culpar de todos sus males? ¿y qué mejor chivo expiatorio que una masa de desconocidos? El eco del racismo, además de perturbarnos los oídos también nos emborrona la vista. Por eso, somos incapaces de percibirnos como racistas a nosotros mismos, nos consideramos, simplemente, gente de orden. Y también por eso, no nos damos cuenta de que todos somos el «moro de mierda, vete a tu país» de alguien.

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