16 de abril de 2018
16.04.2018
Impresiones

MLK

16.04.2018 | 05:00

Hay hombres cuyo paso por este mundo deja una huella profunda que cambia el devenir de la historia. Esa influencia puede ser negativa como en el caso de Stalin o Hitler, o puede ser positiva, como en el caso de Nelson Mandela o de Martin Luther King, de cuyo asesinato se cumplen este mes cincuenta años. Medio siglo desde que en un anochecer lluvioso se asomó al balcón de la habitación 306 que ocupaba en el Motel Lorraine de Memphis, Alabama, donde había ido para apoyar una huelga de empleados de la limpieza negros que eran discriminados en sus salarios con respecto de sus colegas blancos. La bala que disparó James Earl Ray, un blanco borrachín que al parecer actuó solo, le atravesó la mandíbula. MLK murió aquella noche y al igual que ocurriera cinco años antes con el presidente John F. Kennedy, nunca se pudo probar que fuera consecuencia de una conspiración por más que no le faltaran enemigos entre los blancos opuestos a otorgar derechos civiles a los negros, entre los militares a los que enojaba su oposición a la guerra de Vietnam (donde los negros eran bienvenidos para pelear y morir pero su sangre no se podía usar para hacer una transfusión a un blanco), o por parte del mismo Edgar Hoover, director del FBI y obsesionado con demostrar que King era un peligroso comunista. Su asesinato provocó una ola de violencia en todo el país que causó muchos muertos. Pero no fue en vano.

MLK tenía el sueño de que las personas fueran evaluadas por sus capacidades y no por el color de su piel. Se diría que la elección de un mulato como Barack Obama a la Casa Blanca habría cumplido sobradamente ese objetivo y así fue celebrado con júbilo inmenso por la comunidad afroamericana. Pero la realidad es que aunque hoy los negros pueden viajar en autobús mezclados con los blancos, entrar en los mismos bares y no tienen que usar cuartos de baño diferentes, sigue siendo mucho lo que queda por hacer cincuenta años después de su muerte. La discriminación racial está prohibida por la XIV enmienda a la Constitución y por una nutrida jurisprudencia del Tribunal Supremo (Board of Education contra Topeka de 1954 para las escuelas, Lovin contra Virginia de 1967 para los matrimonios mixtos, etc.) pero lo cierto es que la segregación de hecho sigue muy viva en la sociedad norteamericana y esa es mi experiencia tras haber pasado ocho años en los EE UU. Es algo que se aprecia en la vida diaria, donde negros y blancos pueden trabajar juntos pero en los fines de semana no suelen socializar salvo en deportes, donde se mezclan sin ningún problema. En Washington DC, con 80% de población de color, no se ven negros en la zona noroeste o en el exclusivo barrio de Georgetown. Un amigo negro me decía que no se sentía cómodo y me confesaba preferir ir a restaurantes o cines frecuentados por gentes de su misma raza, que también tienen su universidad (Howard), sus abogados y sus arquitectos. Pero esto puede ser anecdótico, lo grave es que en pleno siglo XXI la comunidad afroamericana que alcanza el 14,5% según el último censo (los hispanos son ya el 17%) arroja el 40% de detenciones por drogas, es mucho más pobre, su índice de fracaso escolar es tres veces más alto y tiene muchas más probabilidades de acabar en la cárcel, donde el número de reclusos de color no guarda proporción con su peso real en la sociedad. Esa es la verdadera segregación, la falta real de oportunidades iguales. Muchos norteamericanos blancos son conscientes de esta situación y quieren acabar con ella, mientras que a otros no les preocupa gran cosa. Pero todos acaban confesando que el problema aún tardará tiempo en resolverse.

Es un asunto que me impresionó mucho durante los años que fui embajador en los Estados Unidos y del que tuve ocasión de hablar extensamente una tarde con Martin Luther King III, hijo del predicador, durante la Convención del Partido Demócrata que designó a Obama como candidato a la presidencia. Una convención política en los EE UU es un gran espectáculo al que asiste toda la gente que importa en el país (según orientación política) y en el que entre discursos y matasuegras se celebran conferencias, cenas, reuniones, recepciones y conciliábulos. Me pareció un hombre pausado, algo abrumado por sentirse hijo y heredero de una leyenda y consciente de que el fin de la segregación, que había dado un salto de gigante con su padre, aún tendría que esperar. Y que esa espera no podía ser paciente sino activa y comprometida.

MLK tiene hoy un monumento en la Explanada Nacional de la capital federal, junto a personajes como Lincoln, Jefferson y George Washington. Se trata de un bloque de piedra blanca del que emerge en pie y con los brazos cruzados. Lo visité alguna mañana de domingo y me emocionaba ver a familias enteras de afroamericanos que llegaban desde las cuatro esquinas del país para fotografiarse a su lado. Algunos reían mientras otros lloraban. Hice una foto a un grupo familiar numeroso que reunía desde bebés a una señora en silla de ruedas. Parecían todos muy alegres y yo imaginaba que esa misma foto la colocarían luego en un lugar destacado del salón de su casa de Carolina del Sur.

Lo dicho, hay gentes que dan un fuerte empujón para que el mundo sea un poco mejor y luego nos toca a los demás continuar su obra.

*Jorge Dezcállar es diplimático

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