05 de mayo de 2018
05.05.2018
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El 2 de mayo de Mariano Rajoy

La parálisis al abordar el relevo de Cifuentes y la crisis de Madrid indica que el PP tiene serios problemas

05.05.2018 | 05:00

El Gobierno y el PP están en un momento muy delicado. Arriesgan ser engullidos por un remolino descendente. Y el peligro es alto porque Podemos va a la baja, el PSOE no se mueve y quien sube en las encuestas es Cs, un partido que no da miedo al voto conservador. Para este electorado no cerrar filas con el PP si hay riesgo de que Pablo Iglesias mande en medio gobierno sería impensable. No hacerlo cuando se percibe Albert Rivera es otra cosa.

La pregunta es si Mariano Rajoy querrá –y está todavía a tiempo– dar un golpe de timón. De momento, con la casi segura aprobación de los presupuestos, ha vuelto a demostrar su habilidad para sobrevivir. Ahora lo más probable es que pueda agotar la legislatura. Pero antes, dentro de un año, habrá unas importantes elecciones europeas, autonómicas y municipales. ¿Puede afrontarlas en su situación actual?

Para el PP, Madrid es emblemática. Es la capital de España y una de sus tradicionales plazas fuertes. Más relevante que Valencia, que acabó perdiendo por la corrupción y que Galicia, otro territorio «sagrado», que mantiene con un prudente Núñez Feijóo, que ha sabido quedarse al margen de estos momentos difíciles.

Una buena candidatura en Madrid es clave para las elecciones del 2019 y el PP lo tiene mal. No hay ni rastro de candidato (o candidata) a la alcaldía. Y en la Comunidad la reciente celebración del 2 de mayo, sin presidenta, con Rajoy que se montó un acto en Burgos para no asistir, y con la presencia, separadas por una silla vacía en medio, de la vicepresidenta y de la ministra de Defensa, que se fueron inmediatamente pero que no ocultaron su distanciamiento, es ilustrativa del desbarajuste dominante. Tras haber aplaudido hace un mes a Cristina Cifuentes, finalmente la han tenido que sacrificar y ahora aún no saben ni quién la sustituirá, ni quién será el candidato en el 2019, ni quién presidirá el PP regional, ni quien querrá disputar la alcaldía a Manuela Carmena.

El cero patatero de Madrid. Es un cero patatero total que indica que Dolores de Cospedal y Martínez Maíllo -que parece que tampoco se entienden- tienen serios problemas para dirigir el partido. Y unas raras declaraciones de Rajoy afirmando que Cospedal sería una gran candidata para la presidencia de Castilla-La Mancha pueden indicar que algo se mueve. E incluso suena el nombre de Soraya Sáenz de Santamaría –agitado por los que no la quieren– como candidata a la presidencia de la Comunidad. O a la alcaldía. ¿Puede enviar Rajoy a Cospedal a la conquista de Toledo contra García Paje y a Soraya a la de Madrid?

Y el Gobierno tampoco funciona. La vicepresidenta trabaja y es el ministro más valorado pero la prolongación de la crisis catalana la perjudica. Cristóbal Montoro no es popular, pero –con crecimiento– es un buen guardameta de las cuentas públicas, que tiene ahora la misión fundamental de que el déficit de este año no supere el 3% del PIB (sería pecado mortal ante la UE) tras la reciente decisión de subir las pensiones con el IPC. De momento Bruselas –ya antes de las pensiones– calculaba que el déficit público no bajaría del 3,1% del 2017 al 2,2%, el objetivo para este año, sino que se quedaría en el 2,6%.

Es grave porque tenemos el mayor déficit de la UE (0,7% previsto de promedio y 0,9% en la vecina Portugal), somos el único país con déficit primario (aunque no pagáramos los intereses de la deuda), y porque los retrasos en la reducción de la deuda (casi el 100% del PIB) nos hacen vulnerables. Sí, grave pero asumible a corto plazo. Rajoy y Montoro creen que en tiempos electorales –si se puede– la conveniencia manda sobre la ortodoxia. Lo que generaría alarma –y una seria reconvención europea– sería que nos volviéramos a quedar en el 3%. Montoro tendrá trabajo.

El resto del Gobierno, o es de un gris más o menos correcto –Isabel García Tejerina en Agricultura o Fátima Báñez, pese a que se crea empleo–, o son un foco de problemas. El ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, está haciendo bueno al explosivo García-Margallo y se está labrando fama de intolerante en el cuerpo diplomático. Cospedal y Zoido (totalmente amortizado) se van a cantar lo de El novio de la muerte, lo menos apropiado para dar una imagen de modernidad. E inexplicablemente arrastran a Íñigo Méndez de Vigo, un portavoz aseado, de origen democristiano y eurodiputado durante muchos años. Escolano, el nuevo ministro de Economía, es desconocido y carece de la autoridad de Guindos.

España crece, pero vive oleadas de protesta emocional. Esta semana ha sido la de Rafael Catalá. Es un ministro mal ubicado, ni de Soraya ni de Cospedal, y además el mundo judicial está muy tensionado. Magistrados y fiscales del Supremo se enfrentan a la crisis catalana con el Código Penal como libro de cabecera; no es la mejor forma de abordar un conflicto político. Y a veces hay desajustes con lo que piensa el Gobierno.

Abro paréntesis. España crece al 3% anual y baja el desempleo, pero es un país insatisfecho y desorientado. Por las heridas de la crisis, el conflicto existencial con Cataluña, la ausencia de mensajes políticos solventes€ Todo ello crea un clima tendente a las oleadas emocionales de protesta. Se ha visto con la exigencia de la calle de que las pensiones subieran con el IPC. Y Rajoy ha tenido que adaptarse. La cesión al PNV es también incapacidad de enfrentarse a un clima social cargado. Y el éxito de la movilización y la huelga de las mujeres del 8 de marzo es otra protesta emocional que un gobierno convencional y sin iniciativa no ha sabido encauzar.

Cierro paréntesis. En estas –menos de dos meses después del 8 de marzo– llega con retraso injustificado la sentencia de la mediática violación de «La Manada». La sentencia dice que no es violación sino abuso y un voto particular pide la absolución. Indignación y feminismo vuelven a movilizar la calle. Y Rafael Catalá, un ministro sin responsabilidad directa en el asunto, tras un momento de vacilación, hace un gesto a la calle y dice que el magistrado del voto particular tiene un problema «que todos conocen» (pero que no especifica). E insinúa que el CGPJ no ha sido diligente.

Justo lo que un ministro de Justicia no debe hacer. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué quiere sintonizar con la calle? ¿Por populismo? ¿Porque está enfrentado con Carlos Lesmes, presidente del Poder Judicial y del Supremo, por otros motivos? ¿Por torpeza? El resultado es que es criticado por todos. Por quienes protestan por la sentencia (el Gobierno siempre tiene la culpa) y por todas las asociaciones de jueces (incluso las progresistas), que ven un ataque impresentable a su independencia.

¿Puede acabar el PPcomo la UCD? Demasiados fallos. Está claro que de seguir así Rajoy podría acabar con un problema similar al que tuvo la UCD cuando el otro partido de la derecha (la AP de Fraga) heredó gran parte de su electorado. Ahora Cs se apoderaría –como ya indican muchas encuestas– de parte del electorado del PP. Pero hay grandes diferencias. El PP, al contrario que la UCD, es un partido disciplinado y en el que, al menos por el momento, nadie le tose a Rajoy. Aznar tiene hoy –pese a ser Aznar– menos influencia operativa que las corrientes y los barones de UCD. Pero todo puede cambiar si las elecciones del 2019 castigan al PP.

¿Será Rajoy capaz de montar una rebelión inteligente (nada que ver con el 2 de mayo de 1808) contra los usos y costumbres de Rajoy?

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