18 de mayo de 2018
18.05.2018
Crónicas galantes

Resurge la España eurovisiva

Podría deducirse que los picos de seguimiento más altos de Eurovisión se corresponden aquí con períodos de exaltación más o menos nacionalista. Esta vez podría achacarse a los efectos colaterales de la crisis catalana

18.05.2018 | 05:00

Monopolizado durante años por los antiguos países del Este, Eurovisión recuperó este año sus pasadas glorias. No por el desempeño, ciertamente modesto, del dúo que España envió a luchar sin éxito contra excomunistas y judeo-masones; sino a causa del resurgir de cierto espíritu nacional.

Declaran los audímetros que la final del concurso de gorgoritos y lentejuelas fue seguida por más de siete millones de espectadores: el registro más alto en diez años. Si en 2008 fue Rodolfo Chikilicuatre el que batió récords bajo el principio del cachondeo, ahora ha sido una pareja más convencional la que convocó a tamañas multitudes ante las pantallas. Lo de Alfred y Amaia se parece más a la edición de 2002, cuando Rosa reventó todos los audímetros de la historia de la tele peninsular con casi 13 millones de espectadores y un 84% de share. También entonces se produjo un auténtico movimiento sociológico y vagamente patriótico que, por desgracia, no obtuvo la recompensa de los jurados.

De estos dos ejemplos bien podría deducirse que los picos de seguimiento más altos de Eurovisión se corresponden aquí con períodos de exaltación más o menos nacionalista. Si en el 2002 obró a favor el convencimiento de que Rosa iba a devolver a España los pasados esplendores de Massiel y Salomé, esta vez podría achacarse el éxito de público –aunque no de crítica– a los efectos colaterales de la cuestión catalana.

Es solo una hipótesis, que tal vez confirmará el inminente Mundial de Fútbol. Un deporte tan abusado de himnos, de colores y de arrebatos nacionalistas parece el idóneo a efectos de que la política dispare de nuevo los índices de audiencia.

El largo proceso de Cataluña podría haber engordado la vena nacional. Eso explicaría el redivivo interés del público por un festival simpático y levemente hortera que en sus años más oscuros quedó relegado a la segunda cadena, en el mismo almacén que los documentales y las películas difíciles. La derrota de Rosa dejó una inevitable secuela de indiferencia en las siguientes ediciones. Aquel 2002 era también año de Mundial y, además, capicúa; lo que elevó desmesuradamente las expectativas, con la lógica frustración que siguió al resultado. .

Muchos años después de aquel fracaso, las familias y los amigos han vuelto a reunirse alrededor de la tele para seguir los avatares de las votaciones. Fue una especie de viaje al pasado que tal vez evoque otros retrocesos como los que últimamente experimenta este país algo atacado de nostalgias.

El caso es que Eurovisión ha vuelto por la puerta –o la pantalla– grande, aunque el desenlace no estuviese a la altura. Igual hay que probar otra vez con Massiel.

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