01 de junio de 2018
01.06.2018
Tierra de nadie

Gentrificados

01.06.2018 | 05:00

Fui a París y la encontré llena de agujeros: los agujeros de mi biografía. Cada dos pasos caía en el interior de uno de ellos. Por la noche pasé cerca de la Torre Eiffel, que estaba iluminada como un árbol de Navidad de la tienda de chinos de mi barrio. Desde su cúspide, la luz de una especie de faro se proyectaba sobre la ciudad. Muy grandilocuente, como el ojo de un Polifemo colocado en el centro de la pobre Europa (entiéndase «colocado» en más de un sentido). Al día siguiente me acerque a Notre Dame y tropecé con un gentío enorme que hacía cola para visitar su interior. Una cola absurda, del mismo tipo de la que puedes encontrar en una atracción cualquiera de Disneyworld. Desanimaba, claro, de modo que rodeé la catedral observando atentamente las gárgolas, que parecían vivas. Curiosamente, no había nadie contemplándolas, quizá porque para ello no era necesario hacer cola.

Bajé luego bordeando el Sena hasta la Rue Dauphine, en la que me introduje para sentarme en un café a leer el periódico. Pagué seis euros por una taza de café caliente (ni siquiera hirviendo) y una bolsita de té. Fue entonces cuando comencé a ver los agujeros de mi biografía. Mi existencia estaba recorrida por túneles que conectaban lugares muy alejados entre sí temporalmente. Pero no era capaz de ver lo que había sucedido en medio. Como cuando recorres una ciudad a través de sus alcantarillas. Pensé que la vida tenía algo de parque temático, como el París con el que me había encontrado al buscar ingenuamente el de mi juventud.

Miré en derredor e intuí que todos los que estábamos en el café éramos en realidad actores involuntarios de ese parque. Obreros de ese parque en el que, lejos de pagarnos un salario, nos sacaban los hígados para hacer paté que ponían de aperitivo a los turistas japoneses. Seis euros, seis, insisto, por una taza de agua tibia y una bolsita de hierbas. Comprendí de súbito lo que estaba ocurriendo con el centro histórico de las ciudades europeas y con quienes caíamos en la tentación de visitarlas para rellenar los agujeros negros de nuestra existencia. Creo que se llama «gentrificación». Estamos gentrificados, o sea, jodidos.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine