03 de junio de 2018
03.06.2018
Cuaderno de mano

El maleficio de la mariposa

Este miércoles, como todos los 5 a las 5, celebraré de Federico su duende para echar a volar el sexo, la magia, la nocturnidad, la piel de los colores y el drama, con su lenguaje y su jitanjáfora

03.06.2018 | 05:00
Muchos Federicos hay en Federico

De Lorca es su muerte el mejor poema. Nocturno de verano, un camino a orillas del agua, ojos que miran, que apuntan y que callan, ningún clavel rojo sobre el corazón de la muerte. Sólo, el silencio en alto y roto por un redondo grillo de blanco. De aquel agosto del 36 nos quedan insomnes el crimen, la pena y una tumba sin una qasida de flores. Nadie advirtió su romancero de caballos negros y soledad sin descanso, en las estrellas del 5 de junio cuando de domingo nos nació Federico. Del cielo nadie leyó sus reglones, ni del 5 su hora en punto de la tauromaquia, ensimismados en los ojos alegres de aquel niño con su polizón de nardos. Hace el miércoles ciento veinte años de su cuna en Fuente Vaqueros, donde siempre fue su casa del pueblo un encalado canto lorquiano por su memoria y su llanto. Desde aquel 1976 en el que el profesor José Cazorla pugnó contra el gobierno cafetero de Franco un homenaje que convocó a más de 10.000 personas de mañana en el patio del Hospital Real de Granada, y por la tarde en el primer 5 a las 5 a Nuria Espert, Blas de Otero, Aurora Bautista, Carlos Cano, Lola Gaos, Rafael Guillen y, entre otros muchos poetas, artistas e intelectuales, a Juan de Loxa director entonces de la radiofónica Poesía 70 y primer director de la Casa Natal Museo Federico García Lorca fundada en 1986.

Precisamente este poeta vanguardista enlorquecido, como siempre decía de sí mismo, será homenajeado este próximo miércoles tras su reciente óbito. Su compañera de radio Elodia Campra, acompañada por el Cuarteto Ars Nova, y por Enrique Moratalla ofrecerán una lectura y concierto, cuyo colofón tendrá el 7 de junio la inauguración de la muestra La poesía más revoltosa, de la que Loxa fue trovador experimental, y la presentación de su último libro deshojado por la poeta Olalla Castro. El mismo volumen de despedidas que en la revista Mercurio reseña Alejandro Víctor García. Descendientes todos del agua, de esa fuente granadina que es la poesía de García Lorca, que fecunda, desde los labios hasta las entrañas, el duende y el drama, la canción y el erotismo sensorial del lenguaje, y de la muerte el lirismo fatalista de su presagio. No hay poeta, habitante, adolescente o anciano, que en la ciudad del chavo, del jazmín y de la nieve, no comparta lo que pesa en orgullo el sino de Federico tan nazarí de lamento y sombra como el de Boabdil, sus dos grandes poemas del destino y la tragedia.

En los espejos de Granada -el del romanticismo y el de la falange que perdura burguesa- y más allá de su mapa nunca deja de celebrarse a Lorca. La literatura, el flamenco, la pintura, la dramaturgia y la memoria de la guerra mantienen en pie la maternidad de su lenguaje poético, el aquelarre de su teatro, su sonámbulo soneto de muerto. Continúa en vela la alegría sencilla de su primera obra, y muy recordada la de su personalidad locuaz y pizpireta. La de un niño grande agitanado que dijo Pablo Neruda, dispuesto a la broma y al revuelo de seducción al piano -daba igual el corro de señoritas, de compañeros de la Residencia, de amigos con celosía privada-. Fue, según los testimonios de tantos y los recogidos en textos como Palabra de Lorca: declaraciones y entrevistas completas de Rafael Inglada y Víctor Fernández, uno de esos tipos que se los mete a todos en el bolsillo y los saca convertidos en mariposas, en ángeles o en cancioncillas. Señorito de blanco, de negro, en corbata o en pajarita, siempre dandi del misterio de una poesía de abrirse las venas.

Igualmente se mantiene en fragua la profundidad de Poeta en Nueva York. Su libro más innovador, existencial y cubista. Una mirada escrita en torno al ruido y al ritmo de la arquitectura de la ciudad moderna y al choque con la opresión y la marginación -retratadas en su Romancero Gitano- de los negros que descubre en su visita a Harlem. Experiencias intelectualizadas desde la espiritualidad de su poesía que se metamorfosea en un aullido humano, surrealista y reivindicativo de la naturaleza de Walt Whitman -contraria a la geometría salvaje de Nueva York como objeto y máquina, patente también en Tiempos modernos de Chaplin- y del amor fraternal que expresa en muchos de los poemas. Un libro en el que toma conciencia de denuncia poética con la que conferenciar, con su escénico don para la lectura pública, las injusticias de la sociedad de consumo, la doble moral y la homosexualidad criminalizada. Los temas que descarna y eleva con su tendencia a simbolizar de magia su lenguaje, y al transmitir una mayor intimidad personal en el grito de su sensibilidad vital.

No es fácil éste último Lorca que 1929 se descubre con menos goce y con más frío en el pecho de la palabra en la metrópoli norteamericana, desde la que embarca rumbo a Cuba donde escribe otra obra enigmática, evidencia de la época de intensa experimentación artística y personal que estaba viviendo. En El Público se aleja del costumbrismo dramático de Bodas de sangre y de La casa de Bernarda Alba, de la naturaleza femenina entre el deseo y la represión de Doña Rosita la soltera y de Yerma, y se adentra con la soledad de sus personajes, como único vínculo, en el alegato de la libertad amorosa y artística, en la revelación abierta de la sexualidad oculta y la máscara en el teatro. El Público nos sumerge en el interior de la conciencia, y cuestiona la noción de individualidad. No somos uno, sino muchos, escribe y talla humano el teatro a la vez que defiende el arte como un instrumento de transformación de la realidad, no en un sentido meramente político. Un compromiso lorquiano, menos festivo, alejado del narcisismo lúdico y arlequín, que tiene continuación en 1931 con Así que pasen cinco años, cuyo lenguaje onírico y elementos inquietantes del Teatro de la Crueldad sirven para explorar el tema principal que es el tiempo; Lorca la subtituló La leyenda del Tiempo, que posteriormente elegiría Camarón de la Isla para su disco más conocido al utilizar la letra de uno de sus poemas. Su última obra fue el primer acto de Comedia sin título, fechada en 1936, el año en que la muerte lo había citado un lustro después de su otra premonitoria dramaturgia sobre un pozo abierto en el que caeríamos todos.

Muchos Federicos hay en Federico, creador también de una escritura espontánea e inconsciente con la que trazaba a tinta y a color cruces y flechas, fuentes, damas, marineros tristes en Litoral, la luna creciente siempre, y hasta su mismo nombre dibujado como una partitura de pájaros en rúbrica. También su letra es la pintura de una libélula que en diagonal cabalga y vuela entre alguna que otra palabra embozada de negro. No hay fotografía en la que no sea Lorca un actor de sí mismo, bello, enigmático, jondo, frágil. Con él y sus ellos prefiero quedarme más allá del mito al que no paran de buscarle el cadáver y los disparos. Tantos como libros, curvas y olivos de un barranco donde crecieron de la guerra los miedos, las venganzas de los rumores, los testimonios a pie del precio veraz de su muerte. Demasiados secretos con testigos al alba en un pueblo con toque de queda el silencio y las miradas. Sigue cautivo de las especulaciones y sus leyendas, el poeta galán de la muerte sin flores de epitafio. Nadie sabe el pozo de su drama o del nido de su descanso. Ni si su hora fue también el ángulo de 150 grados entre las agujas de su madrugada.

Lo que importa es que vive en la tumba de todos que es la memoria sobre la que sembrar el trigo y un agua que no llore en su camino. Este miércoles, como todos los 5 a las 5, celebraré de Federico su duende para echar a volar el sexo, la magia, la nocturnidad, la piel de los colores y el drama, con su lenguaje y su jitanjáfora. Su conjuro para sobrevivir al maleficio de la mariposa.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine