16 de junio de 2018
16.06.2018
Galaxia urbanita

Círculos

16.06.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios

Por fin comenzaba a hacer calor. Algunas noches aún había que ponerse una colcha para esas horas fresquitas que aparecían en la madrugada, pero ya anoche le sobró. Miró con curiosidad el ordenador, ese cacharro infernal que se le había resistido hasta hacía poco y que ahora dominaba sin dificultad alguna. Es verdad que a veces alguien tiene que confiar en nosotros, es mentira que no valemos para nada, es una realidad que en poquísimas ocasiones la gente confía y se apoya en la gente.

Cuando apretara el botón, todo iba a cambiar. No sabía a ciencia cierta si para bien o para regular, pero en todo caso, al menos las cosas no serían como siempre, y eso representaba una novedad que muchas personas aplaudirían sin dudarlo. Otras se asustarían porque se darían cuenta de que no había nada planeado tras el gesto y por ello mismo sería tan inocente como invencible. Sí, todo va a salir bien, se dice para darse ánimos.

Mientras dirige su dedo hacia el teclado, recuerda cómo empezó la idea. La acababan de despedir del trabajo y a sus casi cincuenta años iba a ser complicado encontrar otro; no tenía muchos contactos, ni era especialmente inteligente ni guapa. Era una mujer normal, con una vida corriente, destinada a ser un rostro apesadumbrado más en la cola del paro o en la del supermercado; si la miraban o alguna vez la tenían en cuenta era para cerciorarse de que poseían algo que les distinguía de ella y así sentirse especiales, o como mínimo diferentes. Y es que a ella no le atraía la música, jamás había pisado un teatro, rarísimas veces había ido al cine y no se le había ocurrido viajar a algún lugar perdido cerca o lejos de su casa.

Iba caminando por la calle, consultando en el móvil las tropecientas negativas a su solicitud de trabajo, cuando estuvo a punto de tropezarse con un hombre que iba también mirando el móvil. Tanto él como ella sintieron que se reflejaban en un espejo: sí, él también iba cosechando negativas, miradas de compasión y gestos de indiferencia. Ambos se despidieron sin atreverse a decirse nada, y entonces fue cuando tuvo la revelación: solo las personas en su situación podrían entender la inmensa frustración de tener que sobrevivir en una sociedad cada vez más egoísta y acelerada. Gente como ella, que no tenía muchas salidas y se encontraba en un círculo del que no podría salir.

Ese fue el germen de la idea: el círculo. Había muchos hombres y mujeres con insatisfacción, inquietud y malhumor, pendientes de no intentar destacar, de no ser nunca más ni menos. A veces, se reunían de forma casi inconsciente y se despachaban de lo lindo sobre cómo estaba todo montado. Bien, eso tenía que acabarse, y el mejor modo era dejar de lamentarse y comenzar a actuar, creando círculos que, poco a poco, dieran pie al debate y la crítica. Para ser operativos, estos círculos tendrían que ser como máximo de doce personas, para que se pudieran considerar un grupo y a la vez se vislumbrara a cada individuo de forma única.

La gracia del círculo consistía precisamente en eso: cada persona explicaba su vida anodina pero también sus pequeñas y algunas veces grandes esperanzas; las otras once apuntaban y analizaban lo que decía, llegaban a una conclusión y se conjuraban para hacer realidad el sueño de la número doce. De este modo se iban haciendo cada vez más importantes y al mismo tiempo más independientes, hasta que, una vez cumplido el sueño gracias a las demás, tenían que cumplir con la promesa que habían hecho al ingresar en el círculo: generar uno nuevo entre personas de su confianza.

No le sorprendió que los círculos se extendieran con rapidez. Ahora, justo en el momento en que va a apretar el botón que enviará miles de mensajes, sonríe: es la contraseña, la palabra clave que llevan esperando millones de personas para iniciar la revolución. Nada podrá pararlas.

Y fue a ese hombre con el que se tropezó al que, meses más tarde, le dijo cómo hacerlo: «Es sencillo, basta con que todos apaguemos el móvil y la televisión al mismo tiempo y salgamos a la calle a tomar el fresco. Por eso tiene que ser en verano, cuando empiece la calor».

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