18 de junio de 2018
18.06.2018
De buena tinta

El último baile

18.06.2018 | 05:00

Cuando, por estas fechas, se convoca el baile de fin de curso de los alumnos de infantil, los grupos de whatsapp de las madres comienzan a echar chispas, no precisamente por el negro. ¿Para qué voy a hablarles de madres y padres si esos grupos los gestionan primordial y mayoritariamente las madres? Seamos francos. Los días que preceden al espectáculo, es fácil ver colas de madres frente a las puertas de los colegios, horas antes de su apertura, para asegurar la compra de entradas. Igual que cuando viene Alborán, vaya. Además, la tendencia actual es que los vestiditos, los trajes, los disfraces o uniformes que llevarán niños y niñas durante la referida coreografía infante también los elijan los grupos de madres. En concreto, las madres de las niñas. Y ello, lo he llegado a oír, porque someter la vestimenta de una niña al aliño indumentario que elija el niño es preconcebir y sembrar las iniciáticas improntas de un potencial machismo en los críos. Faltaría más. Esa alternativa crearía debate y desasosiego en el grupo de whatsapp. Es el niño, varón, quien debe adaptarse. Por otro lado, también lo he llegado a oír, no todas las indumentarias resultan adecuadas. Ir de payasos, por ejemplo, infantiliza demasiado a los niños, si se disfrazaran de príncipes y princesas rezumarían esquemas sexistas, comerciales sin fueran de Disney y excesivamente localistas si sus trajes fueran folclóricos. Lo mejor, al final, es buscar algo aséptico. Un vestidito y una flor en el pelo, digamos azules, para las niñas, y unos pantalones cortos y corbatín, de la misma gama, para los niños. Pero claro, dejar en manos de las madres la elección de la línea cromática es, como diría Cela, meter a los perros en danzas cuando, ya por sí solos, danzan más de lo conveniente. Lo que un grupo de padres resolvería de inmediato, y ello porque, en nuestra limitadísima simpleza, sólo conocemos el azul marino o el celeste, las madres lo transforman en un inmenso horizonte de infinitas posibilidades. Imagínense ustedes la de sutilezas que se debaten cuando se precisa buscar concierto dentro de una gama que fluctúa entre el azul cobalto, turquesa, celeste, marino, zafiro, purpúreo, de Prusia o añil, verbigracia. Y convence luego a las madres de los varones de que la corbata de sus infantes tiene que respetar el tono acordado, que ésa es otra. Pero ahí las tenemos, como leonas. Buceando por Amazon y comprando, a veces a países de fuera de la Unión, palés de piezas textiles que respeten el referido arco cromático. Todo sea para que las parejitas no descuadren. Superado el bucle, sólo resta sobrevivir hasta el día de la función. Esa tarde, suele pronunciarse un discurso previo, muy conciliador, que integra a la totalidad de la comunidad educativa con las familias. Todo el mundo aplaude, por supuesto, y así debe de ser. Verdaderamente, los padres, a pesar de nuestra aparente desidia en lo que a dichos acontecimientos se refiere, valoramos ese no parar, esa incuestionable dedicación y devoción de las madres para cada particularidad, ese pensar en micro y no en macro que, en definitiva, es lo que riega con detalles generosos la vida. Porque, al final, la vida es eso, detalles. Y es entonces cuando te das cuenta de que los cinco minutos de gloria de tu hijo sobre el escenario son pura felicidad para todos, y ello aunque tengan que incluirse dentro de la hora y media de espectáculo en la que actúan otros niños a los que uno no conoce. Da igual la espera porque, al final, gracias a la inconmensurable dedicación de las madres y a la incuestionable labor de los profesores, nuestros hijos se encuentra allí, subidos sobre las tablas. Esos pequeños sinvergüenzas que tantas alegrías y desazones generan interpretan su coreografía como buenamente pueden. Y es precisamente en ese momento cuando uno se cree en la ceremonia de los Goya, es entonces cuando sientes que esa es tu labor y no otra: Sostener a tu hijo y a sus amigos con presencia adulta para que, en su educación y evolución hacia la madurez, no se dejen vencer por este tiempo hostil, propicio al odio. Independientemente y por encima de que el corbatín sea añil, turquesa o cobalto claro. Bravo por las madres.

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