07 de julio de 2018
07.07.2018
Las cuentas de la vida

Corredores migratorios

07.07.2018 | 05:00

No hay espacio para la nostalgia en política. O tal vez sí. Pasado y futuro se entrecruzan en el campo del populismo cuando se reivindica el retorno de un mundo de ayer que ya no existe ni puede volver. Pensemos en las fronteras de Europa, que se disuelven con rapidez a medida que la realidad hobbesiana de la inmigración descontrolada sacude las certezas del poder –y también el sustrato ideológico de nuestras convicciones políticas. Hija de la Ilustración, Europa, que ha construido su concepto de democracia sobre el credo de los derechos humanos, se halla de repente enfrentada a los demonios de la diferencia. En las ciudades, lugares mestizos en los cuales campa a veces el resentimiento o el miedo, es precisamente donde los trabajadores pugnan por el trabajo. En realidad, la crisis migratoria que vive la UE es la sucesión de múltiples fracasos: el de un continente incapaz de hacer frente con voz única –y respetada– a sus problemas; el de una sociedad envejecida e impotente para adaptarse a las exigencias que plantea la globalización y la nueva economía, lo que se traduce en una creciente fractura social; el de unos países –alrededor de Europa– enfermos de corrupción, azotados en muchos casos por la guerra civil, el terrorismo o el control de las mafias, que cercenan cualquier posibilidad de futuro; el de un proyecto, en definitiva, el europeo, que padece la esclerosis de la burocracia y la parálisis de unos reglamentos que desconfían de la iniciativa humana. La nostalgia en política es el retorno de un ayer idealizado e inexistente. Pero también, una llamada de atención hacia un presente que se juzga inquietante e incomprensible. Y no se trata de un riesgo baladí, como ha ejemplificado recientemente el brexit, la llegada al gobierno italiano de un ministro de corte radical como Matteo Salvini o el repunte de la extrema derecha en media Europa, incluida Alemania.

En un brillante artículo publicado por la prensa anglosajona hace ya unos años, el exministro portugués para Europa Bruno Maçaes incidía en el hecho de que la UE corre el riesgo de convertirse «en una comunidad del desorden en lugar de una comunidad de poder» y reivindicaba la necesidad de crear vías legales de entrada para los refugiados: en el fondo, normalizar lo inevitable y ofrecer a los incesantes flujos migratorios algún tipo de salida que no sea la muerte ni el negocio de las mafias. Y sobre todo asumir que la política europea no puede seguir escudándose detrás de los dictados burocráticos, sino que necesita dar un paso adelante si no quiere verse arrastrada por el canto de las sirenas del populismo, sea de izquierdas o de derechas. Esta apelación nos implica a todos, pero muy especialmente a Alemania. Pues, como se repite en la saga de Spiderman -pura cultura pop-, «un gran poder conlleva una gran responsabilidad».

En estas últimas semanas, el largo entendimiento entre la CDU y la CSU en Alemania ha estado a punto de romperse por la crisis migratoria. El acuerdo al que se ha llegado es frágil, aunque seguramente perdurará; no en vano, ambos partidos democristianos llevan coaligados más de medio siglo. Pero el fondo del asunto es otro: la gran batalla por la confianza de los ciudadanos. Es una batalla de ideas y de hechos, que moviliza la nostalgia y el ansia de un tiempo mejor. Y sobre esa tierra de nadie que es el presente se ciernen todos los malos presagios y la inquietud por lo desconocido.

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