08 de julio de 2018
08.07.2018
Cuaderno de mano

Un colibrí negro

08.07.2018 | 05:00

¿Cómo se baila un alma? Como si fuese una mariposa entre el tono de las manos, y el pulso de los pasos despidiéndose sobre el silencio de un escenario. Da igual que el piso sea de harlequin reversible para danza, el liberty para flamenco o las baldosas pulidas de las salas de un museo. Lo que importa es acariciar en el aire lo que se siente, y lo que se va. El baile transmitiendo la plástica de su fisicidad, la sensibilidad delicada y original de la dramaturgia de lo que cuenta. Da igual que se trate de un alma, de un dolor en desgarro, de una soledad sin caracola o del abrazo roto de una despedida dentro de un cuadro en cinco movimientos. La danza enmarcando en el espacio el dibujo de dos corazones en un viaje al contrario. El último espectáculo, el octavo, con el que Nieves Rosales, acompañada de Raúl Durán, sedujo a los espectadores que siguieron, por las salas expositivas de La mirada viajera del Museo Ruso de Málaga, a un colibrí negro con sus alas Hamelín hacia el final de una historia de amor en un aeropuerto. Un espléndido solo él, con maleta y en desaire acrobático la duda y la fuga, un solo ella, justa en el verbo y los adjetivos de las ejecuciones del abandono y de la tristeza, precisa en la gestualidad del cuerpo y musical en la emotividad de su voz en sentimientos. Armónicos sus dúos en éxtasis, lucha y desvanecimiento, maravillosa su sensibilidad con el fondo de Ne me quitte pas en la versión saudade de un arrabal de París de Silvia Pérez Cruz.

Hasta las figuras de los cuadros de Deineka y de V.M. Vasnetsov parecían ensimismadas en el collage de sus escenas y modulaciones de las que una fotógrafa intentaba, desde el suelo, en ángulo y a un palmo del aroma de las poses e interludios, capturar unas alas que se marchan, a solas las que se quedaban. Qué corta se queda la trama de un baile cuando es un poema en levedad, sobre la memoria sentimental de cualquiera, ofrecido a la altura de tu cuerpo a punto también de ser un pasajero de paso entre su danza. Poéticos y en goce dentro de su relato, a pesar de la dificultad del público acotando sus atmósferas y sus transacciones. Sólo he visto el último de los tres pases de este singular evento La ceremonia de la despedida –seguro que cada uno ha sido diferente, enriqueciendo en eco al sucesivo– con el que Nieves Rosales va elevando su convincente carrera estética que tendrá su recompensa el 21 de octubre en el Teatro Cervantes donde, junto a la guitarra flamenca de Alfredo Lagos, le pondrá peso a las manos de Pessoa. Seguro que anda ya imaginando cómo estilizar la expresión introspectiva de aquel solitario que nunca fue lo más íntimo de lo que pensó, fingidor que en ella será la escritura del desasosiego en los renglones del éter. No pienso perdérmelo. Ni tampoco en noviembre su Contadora de garbanzos, en amarillo su personaje, lo mismo que fue rojo su Dido y Eneas, y de encaje blanco la niña de Retablo incompleto de la pureza. Qué nombres tan bonitos les pone esta bailarina de negro Piaf entre los pasillos rusos a sus espectáculos: No es la lluvia es el viento, Los restos del naufragio, Fando y Lis, Un caracol en el espejo.

Hay que saber expresar todas las emociones. Lo aprendió de su admirada Pina Bausch pero ya lo llevaba dentro. Igual que una cuerda de allongé que un día se tensa y la echó a volar con tacón de medio carrete. El que más se rompe, el que mejor me funciona. Me dice desde la tarima sobre la que Raúl se estira, preparando lo que luego será su argumento conversando. Y agrega de puntillas que en La Contadora de garbanzos comienza descalza, que en la tercera parte se sube a un zapato y con los dos termina el embrujo del baile que para ella significa sentirse feliz cuando trabaja el proceso de la dramaturgia. Lo mismo que disfruta sintiéndose libre aunque la encorsete el personaje al que le dará carnalidad y escena, perfil y diagonales, según el texto al que se enfrente con las claves de otros directores. Tadeus Kantor, Pina, Cesc Gelabert del que admira la perfección de su estilo. Su sueño es llegar a esa dimensión del baile en la que la edad del corazón y del alma se renueva cada vez que su interpretación sucede.

Mueve un hombro, desentumece un ala, se sujeta por detrás el tobillo. De soslayo sigue la preparación de Raúl, esperando que sea el compañero de escena que se comprometa para largo. No es fácil tampoco en el arte encontrar la unidad rítmica con el otro, una pareja en avant y atrevimientos. De momento se entienden a gusto. Los observo afinando sus acciones y ademanes, los descansos en los que ella responde luciérnaga la mirada cuando le gustan las preguntas de que si en el flamenco las manos son abanico y en contemporáneo pájaros, qué son en el gesto de sus piezas. O cómo le toma al vacío del espacio su cuerpo, con el que también baila. Es ágil en su réplica con sonrisa achinada en desenfado como su pelo. Igual que cuando frente al espejo –su enemigo (es tajante al definirlo) porque te acostumbras a verte, a depender de lo que susurra que corrijas, lo ideal sería trabajar sin él, dejar que sea tu cuerpo el que te confirme los movimientos– le fija a Raúl el sitito y las evoluciones en el cortejo de su diálogo. Se detiene ella, se preguntan y revolotean, se confiesan una leve imperfección. Marca de nuevo directora con la música y vuelven a construir la brazada, el vaivén, el acontecimiento, depurándolo entraña, caricia, mundo.

Este minucioso trabajo, exigente e introspectivo, frente al intruso invisible que los interroga y anota mientras ensayan, facilita que después parezca fluida y etérea la historia de las que despliegan su encantamiento y el efecto de sus imágenes en los espectadores. Su manera de transmitir la sensación de que no hay peso en el cuerpo. Sólo el donaire inspirado del lenguaje corporal y sus significados conmoviéndonos. Ese que Nieves Rosales nos regala en sus espectáculos, explorando las gamas, otras formas de narrar con la gramática y arquitectura de la danza para diferenciar las obras, aunque estén todas hilvanadas por el silencio, la técnica y la interpretación de lo más sutil sin palabras. Desde ahí enseña en el Conservatorio, explicándole a sus alumnos los matices entre la tensión y el tono de las manos, la velocidad y la fuerza de los pies, cómo trabajar la presencia y el foco escénico, al mismo tiempo que ellos le permiten afilar la mirada y a corregirse en los cuerpos de otros. Es humilde la niña Nieves a pie de playa que se soñó en El Jaleo de Torremolinos una grande sobre las tablas. No deja de instruirse e interrogarse desde que aprendió pronto la seriedad de Eva Yerbabuena frente al público al que Rosales convierte en esa cuarta pared, el hábitat que transforma en un espacio único en ese momento. Un abismo que le parece maravilloso y en el que siente que todo lo que ocurre, ocurre en su cuerpo y en esa mirada suya, negra y océano, que se sumerge hacia dentro. Allí donde mejor respira y le nace la caligrafía de sus movimientos en pentagrama.

Su carrera progresa con premios, hace dos años obtuvo el Lorca de Teatro Andaluz, y promete rango. Pero lo que a ella le importa es seguir creciendo y retándose, sin dejar de tejer silencios con diferentes facciones; de ser tinta china en un lienzo entre la luz y las sombras; de encontrar en el aire nuevos zapateos y versos de las manos, incorporadas al destino de sus personajes, expresando el amor, la ternura, los sueños, un llanto. El arte que la hermana con la estirpe de Mary Wigman, Isadora Duncan, Martha Graham, Pina Bausch, Carmen Werner. Las maestras de las que proviene el talento lírico, expresionista y de belleza plástica de esta mujer que nieva magia y vuela colibrí cuando baila.


*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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