10 de julio de 2018
10.07.2018
Tierra de nadie

Ojalá

10.07.2018 | 05:00

Un día, en conversación con el expresidente de Uruguay Pepe Mujica le pregunté por el asunto de la seguridad, pues apenas llevaba escolta. Me respondió que la escolta te aleja de la gente y que los peligros de un mandatario eran más imaginarios que reales.

-En todo caso –añadió–, van en el sueldo.

He recordado esto a cuento de que Manuel López Obrador, el nuevo presidente de México, ha renunciado a uno de los grandes símbolos del poder: los guardaespaldas. Y no lo ha hecho por el dinero que cuestan al contribuyente, o no solo por eso, sino porque piensa que la seguridad, llevada a ciertos extremos, deviene en un espectáculo obsceno. Y así es. Parece mentira que los jefes de Estado y presidentes de gobierno no se den cuenta de ello. Resulta absurdo que para desplazarse de un extremo a otro de la ciudad les precedan media docena de motoristas y les siga una comitiva de diez coches en uno de los cuales, por cierto, suele ir un médico con un desfibrilador por si al jefe le da un infarto. Los médicos de estos personajes deben de estar deseando que les ocurra algo para ejercer un poco. La profesión, si no la cultivas, se te olvida.

Lo mismo ocurre con el contacto con la gente: si no lo practicas, llega un momento en el que no sabes ni dar los buenos días. Peor que eso: llega un momento en el que la misma gente que te votó y a la que deberías estar agradecido, te parece una pesadez, una carga. Te empieza a dar asco, en fin, pues pocas drogas enganchan tanto como la del aislamiento. Todos los presidentes, tarde o temprano, se encierran en su torre de consejeros áulicos y no pisan la calle ni para comprar el pan. Lo que más admiración provocaba de Pepe Mujica era precisamente su normalidad ciudadana. Iba al supermercado y vivía en la misma casa de toda la vida, cuyos metros cuadrados eran los que necesitaban su mujer y él para llevar una existencia digna. Pero eso es porque creía en lo que decía. No afirmaba una cosa con un lado de la boca y su contraria con el otro. Y ahí lo tienen, vivito y coleando, sin necesidad de los aparatos de seguridad de su colegas. Ojalá que López Obrador no se rinda.

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