05 de agosto de 2018
05.08.2018
La Opinión de Málaga
Cuaderno de mano

La Luna Armstrong

05.08.2018 | 05:00

Cuarto creciente en Sagitario. La luna de los aventureros en conquista de nuevos horizontes. Hace 88 años no podía imaginar una madre de nombre Viola que la astrología se cumpliría lejana, misteriosa y hermosa, en el futuro de los ojos de su hijo Neil Armstrong. Su pie derecho, el del primer hombre, pisando la piel de una estrella redonda en blanco. Una huella eterna en la Historia encendida en millones de televisiones. Nunca el cielo del verano tuvo tantos espectadores. Yo fui uno de aquellos ojos abiertos frente al firmamento, como le llamaban en el colegio al otro lado de la Tierra con estrellas dibujadas con cinco puntas, que cambió para siempre la noche de todos los hombres. De millones de pupilas para las que la luna dejaría de ser únicamente el destino del amor en un beso o la felicidad de un sueño alcanzado. Desde aquella madrugada del 16 de julio de 1969 la luna nueva, a oscuras su circunferencia en el cielo, fue realmente una nueva luna para el mundo, más convencido de viajar más allá su ambición de ciencia y de colonizar otro futuro.

Cinco días, la fase lunar de una mano, tardó el comandante del Apolo 11 en pronunciar la frase inmortal. Eran las 2:56:20 (tiempo coordinado universal) del 21 de julio cuando dijo. «That´s one small step for a man, one giant leap for mankind». Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad. Aún tenía en las nueve líneas, que parecían peldaños de escalera, de la suela de sus botas 9 ½ el polvo blanco y el corazón ingrávido en su pecho. Lógico después de haber paseado durante dos horas a 65 grados bajo cero a la sombra, recogiendo rocas, instalando un sismógrafo y la bandera norteamericana, en compañía de Edwin Buzz Aldrin que no dejó de disparar su Hasselblad 500 a velocidad fija en 1/250 y con el diafragma abierto en f/11. La misma con la que Helmut Newton dibujó en blanco y negro la elegante naturalidad del erotismo y un toque de perversión desnudo o en lencería. Idéntica a la de Irving Penn y sus poéticos retratos de seducción y teatralidad. Semejante a la que utilizó Richard Avedon para diseñar la imagen de la moda en conversación con la calle, sus gentes y objetos. La diferencia con estos maestros es que la mirada amateur de Aldrin tenía una lente Carl Zeiss y en frente un paisaje al que encuadró infinitivamente hermoso: la Tierra elevándose como una medusa azul sobre el horizonte de la luna.

No está en un museo aquella Hasselblad 500. Su carcasa se desintegró seguramente en alguna duna del Mar de la Tranquilidad, la equis del primer y único alunizaje que comandó Neil Armstrong, junto a Aldrin y Michael Collins. El viaje galáctico que nunca supimos si soñó a los seis años aquel chico nacido en Wakapokoneta –nombre por cierto que suena a desierto paraje planetario- cuando llevó a cabo su primer vuelo en un aeroplano Ford Tri-Motor, conocido popularmente como Un ganso de lata. El inicio hacia el astronauta que sería y que tuvo como escalas su licencia de piloto a los 16 años, sus estudios de ingeniería aeronáutica en 1949, y desde 1952 su formación y entrenamiento para hacer realidad la promesa de John Kennedy con el programa Apolo y la llegada a la luna.

Algo íntimo y misterioso tiene el 5 de agosto con las estrellas del cielo. Si a Armstrong le presagió su futuro, y en 1906 a John Huston una vida aventurera y talento para rodar todos los géneros cinematográficos posibles, regalándonos joyas como El halcón maltés, La reina de África o Moby Dick, en otros agostos de ese día fue la muerte, trágica, autodestructiva o armada de enfermedad su zarpa, la que tuvo el protagonismo. Un 5 de agosto de 1939 Carmen Barrosa, Blanca Brisac y Julia Conesa, fueron fusiladas, junto a otros nombres de las trece rosas de entre 18 y 29 años, en las tapias del madrileño cementerio de La Almudena. Un domingo de ese día de 1962, en el que sonaba en las radios americanas Roses are red (My love) de Bobby Vinton, se apagó la belleza sensual y la frágil ternura de Marilyn Monroe en la bañera de su suicidio -todavía hay incógnitas en el reverso de su muerte-. También lo escogió la parca en 1984 para vaciar del todo la botella existencial de Richard Burton, indomable, pasional, intenso y espléndido actor en Beckett, La noche de la iguana y en ¿Quién teme a Virginia Woolf?, dejando irremediablemente viuda a Elizabeth Taylor su gran y tormentoso amor. Dieciséis años más tarde, un 5 de agosto con la luna creciente en Libra, sería Alec Guinness, excelente poeta del teatro y el actor de los mil rostros al que siempre recodaremos como el malvado viejo Fagin de Oliver Twist y el inolvidable coronel Nicholson, flemático héroe de El puente sobre el río Kwai. Seguro que todos ellos en su infancia enfocaron curiosos el lunar blanco y lejos al final de la puna del dedo de sus padres, y bajo su sendero en rescoldo entre las olas puede que nadasen los besos de otro cuerpo. Que a su magia le encomendasen un deseo cuando la vida te aprieta la vida o se necesita la realidad de un sueño para salir adelante. Incluso puede que, al igual que Casillas, dudasen de la veracidad de que el hombre tuviese bajo sus botas el mundial esférico blanco.

A la nueva Selene de hace unas semanas miraba agradecido mi amigo Diego Ortiz después de curtirse en encierro, sacrificio y estudio unas oposiciones de tanteo. No sabía este viajero que regresó de andarle al mundo sus exóticas tierras de atrás, serena su belleza entre la espiritualidad de su cultura y una resistencia difícil al capitalismo que todas las almas contamina, que a veces al esfuerzo lo viste la suerte y lo acompaña el talento para conquistar la meta que parece lejos. Es gratificante alegrarse del éxito de lo difícil cuando a un amigo le sucede su esperanza dentro de lo que a la luna le guiñó a la cara y en silencio. Después de todo, es este astro símbolo del conocimiento discursivo y en progreso, tan necesario para quien debe convencer a un tribunal examinador, o a un grupo de personas, de que nada es imposible y de que en ocasiones lo que se necesita es una revolución o que el destino no sea distante. Quizá ahora aproveche para susurrarle a Carolina otra aventura.

Hay más personas a las que estas últimas lunas, como la menguante de ahora, influyen de una u otra manera. Lo sabe otra amiga como Cristina Marley que la estudia semanalmente en sus minuciosas previsiones acompañadas de didactismo y encantamiento. Hay quién negará el hado de la luna en el cielo de su nacimiento, y están los que sin darle demasiada importancia le reconocen algo de influencia poética en sus sentimientos y en sus carreras. Creativamente fértil para Carmen María Costa que desde su empresa Ilovebelove en Almería está sorprendiendo con éxito mediante la regeneración de redes de pesca en prendas de amor y luz, como las define, para nadar en el Mediterráneo. Y más bien como una marea a la contra para Theresa May en conflicto con el Brexit, y su salida del sistema solar de Europa. También relacionada con sus ritmos biológicos: crece, decrece y desaparece, la encontramos en el libro Memorias desvergonzadas donde Javier Sábada evoca con tristeza de amor a su esposa fallecida Elena y reclama que el pensamiento insumiso del intelectual ilumine y fecunde a una decadente sociedad sin brújula, exenta de ética y cuya única moral pública está en manos del femenino, según ha escrito recientemente con lucidez Jorge Bustos.

Me los he llevado de paseo por la luna, y a través de diferentes efemérides de este 5 de agosto, porque después de leer al filósofo de La vida en nuestras manos, y La increíble improbabilidad del ser de Alice Roberts, en cuyas páginas certifica la insignificancia de la Tierra y de la Vía Láctea en el corazón del cosmos, la he mirado menguante en tauro y he pensando en lo importante que sería que en este día Armstrong todos diésemos un pequeño paso de solidaridad y esperanza, suficiente para recuperar la Humanidad. Qué gran salto, tan necesario. No dejen de pedir un deseo.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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