07 de agosto de 2018
07.08.2018
Tierra de nadie

¿Por qué ahora?

07.08.2018 | 05:00

El Papa Francisco acaba de descubrir que la pena de muerte, vigente hasta ayer en el Catecismo, resulta del todo inadmisible. Si a la Iglesia, que cuenta con la inspiración de Dios, le ha costado veinte siglos darse cuenta de esa obviedad, no puede extrañarnos que en países tan avanzados como los EE UU siga habiendo cámaras de gas y sillas eléctricas e inyecciones letales. Como uno es de mucho imaginar, trata de representarse al Papa argentino en la soledad de su celda. Ahí lo tienen, sentado, mirando quizá por la ventana mientras rememora los tiempos en los que a sus cardenales no solo les parecía bien el garrote vil, sino que ellos mismos, con sus propias manos, practicaban los tormentos propios de la Inquisición, cuyos potros de tortura quebraban los cuerpos de los infelices penados. Quizá le venga a la memoria el entusiasmo con el que la jerarquía católica apoyó los crímenes de Franco, de Videla, de Pinochet€

Debe de ser duro haber permanecido tantos siglos en el error. Duro para la fe, pero también para la razón. La Iglesia, cada tanto, se "aggiorna" (se actualiza) para colocarse a la altura de lo tiempos. El "aggiornamiento" se puso de moda con Juan XXIII y Pablo VI, en el Concilio Vaticano II. En mi familia, que era muy vaticanista, hubo gran contento con la llegada de la modernidad a la misa de doce. Recuerdo haberle preguntando a mi padre por qué, si ahora estaban tan alegres, no habían mostrado tristeza alguna antes de las reformas.

-No hagas preguntas incómodas -me dijo.

Entendí pronto, en fin, lo que entendían por preguntas incómodas en mi casa, por lo que comencé a hacerlas fuera, donde tampoco me recibieron con los brazos abiertos. Preferimos las respuestas a las preguntas, porque las respuestas por lo general son inofensivas. Dos y dos son cuatro y cinco por cinco veinticinco. En otras palabras, y como acaba de decir el Máximo Pontífice, "la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera luego de haber cometido crímenes muy graves".

Vivan las respuestas.

Ahora bien, ¿qué habría ocurrido si el Papa, en vez de responder, se hubiera preguntado públicamente por qué Dios no iluminó a sus antecesores durante estos veinte siglos?

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