07 de agosto de 2018
07.08.2018
El Palique

Onda Pasadena

Nos están cerrando los recuerdos. A ver si ahora el cachondeo va a reducirse a un cóctel en Istagram

07.08.2018 | 05:00
Fachada del Onda Pasadena.

Vamos estando ya en esa edad en la que más que entrar a los bares leemos sobre ellos. Ha cerrado el Onda Pasadena. Y eso está generando una riada gozosa de textos como las columnas de González Vera («Onda Pasadena») o Pedro J. Marín Galiano («Vivir para recordar») en este periódico. Sin baratas melancolías.

El Onda. Joder qué tiempos. Yo me perdí (¿me perdí?) sus inicios o esplendor, estando uno como estaba, a finales de los ochenta-principio de los noventa, en los madriles dilapidando la fortuna familiar, sacando un título dudoso y viviendo todo lo que podía en muchos ondas de aquella urbe donde la movida daba coletazos. Tal vez no los últimos, pero coletazos. De uno de ellos casi me vuelvo a Málaga.

Madrid. La Vía Láctea, El Penta, El Sol, o el Morocco. En este último pensé una noche: si estos años en Madrid no me valen para nada, al menos siempre podré darme pisto en provincias diciendo que me crucé (yo creo que fueron dos veces) con Alaska. Y eso que a mí me molaban más los de Dinarama. Musicalmente.

El Onda. Decenas de noches. En fin. En los noventa y los dos mil. Cuando el final de la juerga, la algarabía, el baile, el ligoteo, la conversación o el aburrimiento iban llegando (creíamos) a su fin, siempre alguien pronunciaba la frase: «Vamos al Onda». E íbamos.

He visto cosas que nunca creeríais. Vasos de tubo. Camareras antipáticas pero entrañables, humo, frikis, inverosímil planta de arriba, actuaciones de grupos buenísimos y de mete ruidos infames. Cubatas sin flores ni bayas de goji, ron blanco, tabaco de liar cuando nadie lo liaba, un tío vestido de astronauta, dos grupos de gitanos hablando de Kant o uno de periodistas dándose de hostias. Chupitos. Yo en el Onda he ligado y he arreglado occidente, he perdido botones de camisas, he sido ciceron de foráneos o me han arrastrado fané y descangallado ajeno a voluntad para retirarme. He discutido o brindado con gente que ya está muerta. Me he mareado y he sudado, he creído que fuera era de noche cuando el sol ya estaba en perfecto estado de revista.

Una vez salí del Onda Pasadena directo al aeropuerto y otra vez hacia la oficina. También hacia la cama, así, como concepto, no como lugar concreto. «Anoche fuimos al Onda» resumía mucho la noche. Si no habías ido al Onda la noche podía haber sido mejor o peor, distinta, inolvidable o fatigosa, de sitios pijos o de antros pero si había incluido (siempre como colofón o por puro vicio) el Onda eso ya le daba un aire especial, canallita. Como de noche apurada o vivida.

-Qué tal ayer
.
-Terminamos en el Onda.

-No veas.

No veas, sí. Nos están cerrando los bares luego de cerrarnos la noche. La juerga ahora es un cóctel en Instagram. Pondrán apartamentos turísticos. Tal vez. Bueno. No es añoranza es dar forma al recuerdo de un lugar, como tantos otros, que formará parte de nuestro pasado. Yo creo que a Alaska en realidad donde la vi fue en el Onda un día. Una noche, quiero decir. Ya tarde.

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