11 de agosto de 2018
11.08.2018
Galaxia urbanita

El Onda

11.08.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

En realidad, hay dos tipos de locales: los que te dejan pasar y los que te invitan a entrar.

En los locales que te dejan pasar, las personas buscan permiso para pertenecer al bar de moda o al restaurante con lista de espera; soportan el examen tan crítico como absurdo del portero, aguantan las maneras distantes del personal perdonavidas que ha condescendido a bajar de su olimpo perfecto para atender a gente que jamás saldría en un anuncio de perfume (conozco a una trabajadora de uno de estos sitios que me reveló que ese era su criterio para atender con más o menos esmero a la clientela); finalmente, quienes acuden a estos lugares pagan con una satisfacción agridulce una factura desorbitada, que luego les servirá como excusa para decir aquello de «es un sitio caro, pero merece la pena».

Otra historia bien distinta son los locales que te invitan a entrar. En ellos, nadie te examina; les da igual si eres el hombre más atractivo de la ciudad o un economista con una lista larga de desamores en tu balance sentimental; puedes ser una sirena devoracorazones o una psiquiatra en busca de alguien que te escuche. Rarezas, perversiones y manías son recibidas con indiferencia cómplice: cada cual pasa con su sombra (oscuras, grises, claras, todas son bienvenidas), y mientras haya respeto, no pasa nada. Porque eso somos las personas y por eso buscamos alguien que nos complemente o nos enseñe.

El personal de estos locales deja hacer y no se sorprende por nada ni por nadie. A todas las personas las tratan del mismo modo, sin confianzas repentinas ni mohínes de desagrado; guardan la distancia y no se meten en lo que has venido a hacer allí. Si quieres ser parroquiano y tener tu sitio en la barra, pues a currártelo; si prefieres ser una máscara anónima más, genial. No hay juicio ni sentencias ni condenas: hay libertad, y entonces pasan cosas. Eso que el amigo Lou llamó darse un paseo por el lado salvaje de la vida.

Como le ocurrió a mi amiga Irma, que se enamoró durante dos horas del hombre con los pechos más bonitos del mundo. O a mi amigo Julio, que en el servicio le escribió a una desconocida unos versos en su pubis mientras el novio de ella bebía en la barra. Pedro se enamoró de un cantante malísimo que luego resultó ser un cocinero estupendo y acabaron poniendo un restaurante. Sara conoció allí la misma noche al que habría de ser su marido y al que luego fue su amante. Lucía solo recuerda que entraba, nunca cuándo salía.

De Carmen hay quien dice (yo no me lo creo) que vendía pastillas para la tos para quien tuviera resfriado el ánimo. Hannah entró para escuchar flamenco y terminó en la cama de una japonesa. Luis se enamoró de una camarera a la que su timidez le impedía hablarle: durante dos años, todos los viernes antes de irse le dejaba una flor de papel sobre la barra, en la que anotaba su número de teléfono; nunca lo llamó. Con el tiempo, descubrió que otro rival amoroso, nada más salir él por la puerta, marchitaba la flor, que acababa pisoteada. A Salvador le contaron que en la planta alta había noches que nevaba y subió a comprobarlo. Antonio era un apasionado del jazz y, como no podía permitirse ir al Cervantes ni por su sueldo ni por su horario de trabajo, aprovechaba para ver en el pequeño escenario del bar a quienes habían actuado hacía un par de horas en el Festival. Alicia ni bailaba ni bebía, pero le gustaba ir temprano y observar cómo poco a poco se iba llenando el recinto: adquirió la costumbre de entrarle a la persona que entrase en duodécimo lugar, con resultados tan dispares como inverosímiles. José sedujo en una misma noche a dos chicas alemanas que no se conocían de nada entre ellas; resolvieron hacer un trío, pero cuando se fueron a la cama les venció el sueño. Francis ponía música y nunca atendió una petición de una canción, aunque decía con una sonrisa que sí, que la próxima. Dani, Elisa y Amapola organizaban, controlaban y descontrolaban.

Así fue el Onda Pasadena.

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