15 de septiembre de 2018
15.09.2018
Nuestro mundo es el mundo

Llegó septiembre. ¿Vuelve Rivera?

La acusación de haber plagiado su tesis doctoral es el primer intento de "acoso y derribo" contra Pedro Sánchez

15.09.2018 | 05:00

¿La Unión Europea contra Hungría?

  • La UE es una comunidad de países democráticos. Desde el principio, y por eso, durante muchos años, España no fue admitida. Pero tras la ampliación al Este algunos países –Polonia y Hungría– han tenido una deriva autoritaria –se las critica por iliberales– que socava los principios de la Unión y que además apoya a partidos de la extrema derecha radical contra la inmigración en otros países. ¿Cómo impedir leyes antidemocráticas en países de la UE?

    Es difícil por la soberanía nacional pero el Parlamento europeo ha dado un paso relevante esta semana al votar el inicio de un expediente a Hungría que podría acabar privándole del derecho de voto en el Consejo, el máximo órgano de la UE. La votación era problemática porque el Fidesz, el partido de Orbán, forma parte del PPE, el de Merkel y Rajoy, que hasta ahora siempre –aunque no sin cierta vergüenza– lo habían defendido. Pero el miércoles 448 eurodiputados contra 197 y 48 abstenciones aprobaron el informe de una diputada verde holandesa que pedía el inicio del expediente al amparo del artículo 7 de la UE. Y entre los votos contrarios a Orbán hubo muchos –sin ellos la moción no habría prosperado– del PPE, que dio libertad de voto. Entre ellos la mayoría de los alemanes, no así de los 16 españoles a los que Pablo Casado ordenó la abstención.

    Es difícil que la iniciativa vaya hasta el final porque requeriría la unanimidad de todos los estados y Polonia la vetará. Hay un pacto de protección mutua entre los dos países. Pero el gobierno de Orbán ya ha recibido un duro castigo moral de gran relevancia.

    La división en el PPE es grave de cara a las elecciones europeas de primavera. Sin el Fidesz y algún otro partido similar, el PPE podría dejar de ser el primero en el Parlamento y perder la presidencia de la Comisión que ahora detenta Jean-Claude Juncker (muy contrario a Orbán). Por eso parece que el alemán Manfred Weber, el casi seguro candidato del PPE, optará por no alterar la composición actual del partido. Tampoco sería difícil porque podría encontrar serias reticencias en partidos nacionales como el francés o el español.

    Quizás así el PPE pueda volver a ser la primera fuerza, pero al coste de tener algunos Orbán en su seno y de no presentar una alternativa clara a la deriva de una derecha extrema que rechaza la inmigración y que puede aumentar su fuerza en las próximas elecciones.

    La reunión la próxima semana en Austria, donde el PP hace coalición con la extrema derecha, puede ser decisiva. Y todo está abierto porque el partido de Sebastian Kurz, el joven canciller austriaco al que admira Pablo Casado, acabó el miércoles votando contra Orbán. ¿Sabrá prescindir el centro-derecha europeo de algunos partidos con deriva autoritaria que tiene en su seno?

A muchos observadores le decían a Pedro Sánchez que la especie de luna de miel con su Gobierno no duraría demasiado, que la tensión política subiría al acabar las vacaciones y que un Gobierno con 84 diputados sería el claro objeto de zarandeo de todo el mundo. Y le sugerían que aprovechara el clima favorable y convocara elecciones cuanto antes. Un acreditado experto electoral me lo resumía a finales de julio: gobernar desgasta, todavía más si no tienes mayoría para gobernar; Sánchez nunca estará tan alto como ahora, debe capitalizar su momento cuanto antes, luego todo se le complicará.

Pero como dije la pasada semana, Sánchez sigue y persiste. Intenta aprobar los presupuestos y evitar que el secesionismo le haga caer. Tiene un argumento poderoso, con la derecha vivirían peor. Con Iglesias la relación ha mejorado, pero el independentismo –atrapado entre la necesidad de seguir izando la estelada y la de pactar algo– no acaba de decidir qué carta jugar: maximalismo o pragmatismo.
Pero mientras Sánchez explora si puede seguir, los incendios empiezan. La dimisión de Carmen Montón ha sido una prueba dura para el Presidente. Tener que prescindir de una ministra acusada de irregularidades en un máster de la Universidad Rey Juan Carlos –como Cristina Cifuentes o Pablo Casado– siempre es duro, pero además Carmen Montón era una «sanchista» indiscutible y estaba muy ligada a la nueva etapa del PSOE. Era la ministra de la recuperación de la sanidad universal y una pieza clave del socialismo valenciano.

Al final el Presidente la ha sostenido en púbico dos días mientras le pedía la dimisión y preparaba –sin problemas– el relevo en la socialista asturiana María Luisa Carcedo, también pata negra del PSOE. Pero el incendio saltó de nivel el miércoles cuando, en la sesión de control al Gobierno, Albert Rivera burló el reglamento y sorpresivamente cambió la pregunta registrada –sobre Cataluña– por un ataque directo al Presidente acusándole de haber plagiado su tesis doctoral e intentándole meter en el mismo saco de irregularidades que Cifuentes, Casado y Montón. Es el primer «acoso y derribo» serio con el que se tropieza Pedro Sánchez. ¿Obús mortal o tormenta pasajera?

Posiblemente ni lo uno ni lo otro. Sánchez ha intentado defenderse publicando su tesis, asegurando que ha superado las pruebas de plagio y atacando –son palabras de la vicepresidenta Carmen Calvo– a la derecha azul y a la naranja. La impresión es que el plagio no podrá sostenerse pero que quedarán sombras de oscurantismo y que además la tesis no es brillante sino mediocre. Nada terrible para alguien que no aspira a Premio Nobel de Harvard sino a continuar de jefe de gobierno de una potencia media europea, pero que dañará su autoridad moral. ¿Hasta qué punto? Difícil de pronosticar en este momento.

Pero lo que el ataque a Sánchez revela es la gran ambición de Albert Rivera por volver a ser el gran protagonista político. La encuesta del CIS de julio le dejaba muy lejos de Sánchez (29% a 20% y empatado con el PP), pero la última de Celeste-tel para eldiario.es resulta más alarmante para el líder naranja: 28,2% a 18,7%, pero en tercera posición, con un PP, que se recupera, en segundo lugar, con un 26,4%.

Es una pendiente que amenaza a Rivera porque implica la consolidación (siempre relativa) de los dos partidos tradicionales. Rivera tenía que recuperar protagonismo y ha lanzado tres obuses. Uno, radicalización anti-independentista en Cataluña con la retirada de lazos amarillos, lo que tiende a blindarle en el españolismo (contra Casado). Dos, intentar forzar las elecciones andaluzas para –con la ayuda de la actitud en Cataluña y la personalidad de Inés Arrimadas (catalana pero también andaluza)– incrementar sus votos allí y quedar, como mínimo, por delante del PP. En ese caso, la alternativa a Sánchez en unas elecciones españolas posteriores sería ya Albert y no Pablo. Tres, disparar y dejar herido a Pedro Sánchez con la historia de la tesis y, al mismo tiempo, desacreditar también a Pablo Casado, su gran competidor por el electorado de la derecha.

Rivera juega fuerte. ¿Con fuego? Bueno, La Vanguardia ya ha publicado que de su currículum se han caído en los últimos tiempos un doctorado y dos máster. Pero Rivera cree que si no arriesga palidece y si palidece arriesga desaparecer.

Sánchez tropieza, Rivera se revuelve, Pablo Casado tantea a la espera de la decisión del Supremo sobre su máster. ¿Iglesias? Parece que, al menos por el momento, prefiere ser el aliado de Sánchez, que pide más gasto social, a hacer coro con las derechas que claman contra el socialismo.

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