16 de septiembre de 2018
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Tribuna

Diez años después

16.09.2018 | 05:00
Un agente inversor muestra su desolación en la Bolsa de Nueva York, en una imagen de 2008.

Hasta el 15 de septiembre de 2008, los libros de texto se referían a la gran depresión de 1929 como la peor crisis económica del capitalismo tal y como lo conocemos. Su contexto y consecuencias, el período de entreguerras y la huella que dejó en aquella «tierra de promisión» que eran los Estados Unidos, produjo paradójicamente algunas de las joyas de la literatura universal como Las uvas de la ira, de John Steinbeck.

Ese lunes de hace diez años, Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión norteamericano, que antes del verano había llegado a gestionar activos por valor de 639.000 millones de dólares presentó una declaración de bancarrota. Con ella, se abrió oficialmente la crisis más dura desde la gran depresión que posteriormente, diez años después en septiembre de 1939, desembocaría en el peor conflicto de la historia de la humanidad: la II Guerra mundial.

Desde entonces, no se había dado una crisis tan intensa como esta última. De hecho, los ciclos económicos han sido cada vez más largos en cuanto a años positivos, como ese último, desde 1995 a 2008.

Calibre

En cuanto a magnitudes de la crisis, para tener una idea, sepamos que esos activos que gestionaba Lehman Brothers poco antes de su quiebra, corresponden al 47% del PIB español de 2017 armonizado en dólares.

Sin duda, una cifra extraordinaria. Como por otra parte, han sido extraordinarias, por lo difíciles, las condiciones que hemos atravesado en esta última década. Recordemos 2009, cuando la economía española retrocedió un 3,6% y destruyó una enorme cantidad de tejido empresarial y empleo, cuando apenas dos años antes, había crecido al 3,8% y los cotizantes a la seguridad social habían pasado de los 20 millones.

Como entre 2008 y 2014, Andalucía perdió 54.000 empresas, más de un 10% de su tejido empresarial, que arrastraron a 300.000 empleos. Y como perdimos en Málaga siete empresas diarias durante siete años, hasta alcanzar las 18.000 empresas y 100.000 puestos de trabajo.

Por hacer una última referencia a los números, recordemos finalmente el momento en el que estuvimos más cercanos al colapso financiero. Fue en 2012, cuando la deuda de la banca española con el Eurosistema alcanzó los 412.000 millones de euros. Es decir, un tercio de todo el dinero que el Banco Central Europeo había prestado a los bancos de la zona euro para recuperarlos.

Pero con ser los indicadores de una magnitud colosal y saber que han hecho falta nueve años para recuperar algunos de los números anteriores a la crisis, y digo algunos solamente, creo obligado hacer una lectura mucho más amplia que la puramente contable. Es obligado hablar de valores y transformación de la sociedad. Y preguntarnos a continuación sobre las conclusiones que podemos sacar.

La gravedad de la crisis ha estado en la combinación de una pérdida de valores, de una profunda recesión económica y una revolución tecnológica, esencialmente a través de la digitalización, que tiene que ver con la misma transformación de la sociedad a todos los niveles. La pérdida de valores ha confundido al capitalismo con el mercantilismo. Ha confundido que el centro de la actividad económica, las empresas y su corazón mismo, son las personas y que una empresa es un compromiso con la sociedad. Ha sembrado la duda sobre un principio rector de la economía: que no hay nada más social que crear empleo haciendo empresa.

El mercantilismo ha querido identificar la ética con la retórica para señalar a la empresa como la gran culpable de la crisis cuando, en realidad, ha sido la gran damnificada y con ella, como he dicho antes, el empleo. En consecuencia, la causa de la empresa, su valor como instrumento esencial de desarrollo y progreso en las sociedades modernas, se ha visto comprometida y, todavía, hoy, sigue despertando recelos por esa razón. De la recesión económica ya he hablado y aportado cifras concluyentes de los peores momentos de la década. Son suficientes.

Cambios

Nos queda la tercera razón: la transformación tecnológica. Un proceso de cambio radical en todos los ámbitos de la sociedad que afecta la base misma de la organización social desde la actividad económica, el debate sobre la transformación de la producción y el empleo es relevante y tenemos que estar al frente del mismo en las empresas, hasta la misma acción política que ha encontrado en las redes sociales e Internet un campo de juego totalmente disruptivo, en lenguaje digital.

Quiero finalmente, en este pequeño recuerdo de una década tan compleja y difícil pero a la vez tan apasionante como testigos de los tiempos que nos ha tocado vivir, manejar un mensaje de optimismo. Desde aquí, desde Málaga, donde desde hace 23 años lideramos la creación de empresas en Andalucía. No sólo se trata de que recuperemos los niveles económicos anteriores a la crisis, años de «exuberancia», sino de redescubrir los valores imprescindibles de una convivencia social que confluye en el desarrollo del conjunto de la sociedad a través de una de sus claves de bóveda: la empresa.

La empresa tal y como se entendía en su acepción original, la de causa digna, se corresponde hoy con el compromiso social. Como un medio y un fin para un futuro siempre mejor.

*Javier González de Lara es presidente de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA) y de la Confederación de Empresarios de Málaga (CEM)

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