22 de septiembre de 2018
22.09.2018
Cuaderno de mano

Mar de fondo

Siempre ha hecho Diego Santos de su obra una lectura lúcida y lúdica, una transversalidad plástica de los mitos, del instante como acontecimiento vital

22.09.2018 | 21:45
Mar de fondo

Sólo en Málaga el azul está en el guión del otoño que estrenamos hoy a ras de mar. Un azul Matisse de armonía y felicidad con el que su pintor desnudaba en francés siluetas femeninas en danza, y enmarcaba un vistazo de interior en calma al mediterráneo de Niza. Igual que si ese azul de la ventana fuese una blusa entre el aire y el mar. Así lo dibuja también en homenaje Diego Santos en su última y bella exposición Mar de fondo en la galería Cartel cuyas paredes albergan los espejos de la vanguardia a los que se asoma desde su propia ventana con una mirada de acuarela. La más difícil técnica de la pintura con textura de piel seca al agua y gesto de atmósfera, en la que supone un reto sacar la luz a la luz y darle cuerpo a las formas. Veinte capas de pintura para degradar el color y crear la temperatura del mar. No le importan las dificultades a este artista que lleva años reinventándose a sí mismo: ecléctico dandi con rostro Brancusi entre lo geométrico, el cubismo y un joie de vivre figurativo entre sus lecturas en perspectiva de los cuadros de otros que él hace suyos y la autobiografía emocional como ejercicio mental de la pintura.

Siempre ha hecho Diego Santos de su obra una lectura lúcida y lúdica, una transversalidad plástica de los mitos, del instante como acontecimiento vital, de lo escénico de la naturaleza del paisaje, del objeto en ready-made. Un trabajo meticuloso basado en la conjunción perfecta entre el arte, la idea y la ejecución, con una divertida actitud imaginativa y estética volcada en la vida, en la sensibilidad como una construcción propia del arte. Queda demostrado en la exposición que inauguró este pasado viernes. Anfitrión con un recortado bigote italiano negro de los años 30 a juego con su indumentaria de coqueto caballero en la puerta de lo que podía ser una fiesta en una terraza mediterránea de la Costa del Sol de los años cincuenta. Le gusta la moda y ha sido atrevido con ella. Ya desfiló en la puesta de largo de un conocido hotel malagueño con falda de tablas Jean Paul Gaultier y botas militares, junto a otros nombres de la cultura a los que su amiga Tecla Lumbreras enroló de acompañantes de profesionales de la moda en un divertido desfile. También paseó en el estreno de Mar de fondo entre los espléndidos bodegones cubistas con guitarras Braque y Juan Gris, y la italianizada farola malagueña de fondo en idilio navegable, con detalles de exquisitez geométrica en la cerámica de los objetos y en el encuadre donde las líneas se enmascaran de contraluces. Es protagonista la luz en esta exposición, a la que asomarse hasta el 20 de octubre, donde Diego Santos fusiona iconografías de la arquitectura de la identidad personal como el edificio tangerino de La Equitativa o la Casa de botes, aisladas cada una de ellas en su onírico espejismo arquitectónico entre un horizonte en el que siempre sucede otra cosa –un atardecer, un barco o un fauno al abordaje- y el primer plano donde coloca al espectador con un pie dentro de la escena pictórica, y que sea él quien cree el sentido definitivo de lo que se representa.

De Chirico. Gio Ponto. Aldo Rossi. Arquitectos de pórticos blancos que resultaron ser poetas de la pintura metafísica. Poetas que en su interior eran filósofos del espíritu de la belleza mitológica de espacios abiertos y vacíos. El perfecto misterio de un sueño como hábitat y un relato sin terminar al que encomendarse atraído por su seducción. Es lo que tienen sus cálidas mujeres de quietud clásica, metamorfosis erguida de sirena esperando al marino que cruza en vela latina, en blanca curvatura Génova o en homérica nave, escapada de la cerámica Ponto de un jarrón pintado en un cenador Chirico. Cada cuadro se pespunta en el anterior y se susurra en el siguiente entre el silencio contemplativo de sus construcciones de realismo mágico con raíces en Bolonia; en Capri; en Isquia; en los acantilados mediterráneos frente a los que se alza Tánger como una montaña en la niebla. Un bello lienzo muy cezanniano en esta colección Santos de la que busca escaparse en sueños una joven desnuda y arrullada por la luz que la envuelve de dorado y rojo desde el suelo proyectándose. No tuvieron Museum in the mirror, Picaso on the beach y el divertimento pop de Atelier Mutandis tanto magnetismo en la gramática del color y sus juegos. Ni esta poética mirada constructiva que lo mismo se desliza sutil hacia guiños renacentistas, que crea perfectos Picassos, interiorizados en su esencia y gestualidad, o en construcciones de sueño y utopía. Diego Santos contándonos de él a través de esta preciosa exposición por la que viajar rumbo al secreto de estos paisajes en los que quedarse enamorados, entre lo que sucede y lo que se evoca, aguardando a que se deshoje el encantamiento del otoño y pase de largo el invierno.

Esa estación fría en la que van entrando muchas galerías españolas abocadas a cerrar por la falta de complicidad de las instituciones y de los museos para hacer exposiciones conjuntas. Es difícil resistir ese vacío de ventas, de compradores que sólo aparecen en las grandes ferias. Lo sabe muy bien Manuel Ortega el dueño de la galería Cartel que comenzó en Granada en 1986 con exposiciones de Barceló y de Manuel Ángeles Ortiz; y que abrió en el 95 en Málaga con muestras de Antonio Conde y de De la Serna antes de bajar a pie de calle en Cortina de Muelle, sin dejar de apostar por creadores malagueños y despidiéndose con Diego Santos. El pintor que se decidió como vocación a los diecisiete años en Paris, después de escuchar por vez primera la caracola del arte en Churriana, donde La Cónsula de los Davis y la Casa de Gerarld Brenan. En esta y acerca de la finca que albergó a Ernest Hermingway ha hecho un ciclo el gestor cultural Alfredo Taján acerca del vínculo entre el británico maltés y el amigo americano de aquel Verano sangriento en la revista Life sobre el duelo en albero entre Antonio Ordoñez y Luis Miguel Dominguín.

Hemingway tiene mucho de mito español. Representa al aventurero romántico que lo mismo se echa al monte de la guerra que salta al ruedo o seduce Carmenes en los campos de batalla y con un Margarita entre las manos. No es extraño que España fuese, para el escritor que cazaba con un lenguaje de disparos secos y a bocajarro la realidad que le rodeaba, un territorio idóneo para encarnarse a sí mismo como héroe. En la guerra civil que contó emulando a Goya, sin cerrar los ojos. En las fiestas en las que fue el envés de Ava Gardner, es decir ella con ruda voz de hombre y en jarras las noches interminables. En la tauromaquia que descubrió en Pamplona y elevó a literatura de prensa en aquellos días de corrida y terral. En las tres el escritor como personaje de sí mismo, y Málaga canto del cisne del boxeador noqueado por la soledad de la fama, el deterioro de la edad, la sombra suicida de una familia y el mar de fondo de una depresión sin confidentes. De todo ello hablamos entre nosotros Andrés Reina y Joaquín Pérez Azaustre, escritores convencidos de que no podía tener otro final el minotauro.

No habló de estas citas, menores en pompa y circunstancia para políticos, académicos y prensa, el Nobel Vargas Llosa al desconocer lo que en Málaga se oculta bajo la publicidad de tres sílabas, y el golpe de voz tónica que recae en la del medio. Cultura es la palabra llana del tu que la posee como un mapa del tesoro y una llave abracadabra. Uno la pronuncia despacio con los ojos cerrados, y enseguida se le llena de identidad el corazón y la sonrisa. Luego, al alcance de la mano se abre la entrada a la cueva de Aladino que en realidad es un museo franquicia. Me gustan, y me dejo en ellos tentarme un desmallo Stendhal. Pero la verdadera cultura de una ciudad es la que crean sus escritores y sus artistas. Los museos son un buen escaparate que promueve un económico tránsito de consumo. Los segundos la cultura como experiencia, y un valioso mar de fondo.

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