06 de octubre de 2018
06.10.2018
Galaxia urbanita

Y Carlos cantó

06.10.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Hay ocasiones en que, para contar la verdad, tienes que omitir detalles, porque si los dijeras, no podrías escribir lo que pasó. Claro que podría lanzarme, describir con precisión microscópica cada milímetro de la realidad, pero eso conduciría justamente a lo contrario de lo que quiero hacer. Y antes de enredarme en más explicaciones, empiezo la historia:

Frecuentaba una casa del centro de Málaga que venía a ser un cruce entre residencia artística y comuna hippy. Era un lugar divertido, libre y que el paso del tiempo me hace ver cada vez más bello, no sé si la distancia lo idealiza o lo pone en su justo valor, quizás ambas cosas a la vez; el caso es que allí ocurrían cosas que en otros lugares era imposible que pasaran: hasta hacía que acontecieran hechos fuera de la casa. Y no era magia, ni siquiera casualidad, sino una especie de matemática libre que ordenaba factores en apariencia contradictorios e irreconciliables para que se multiplicaran y produjeran resultados impresionantes. Uno de los más señalados ocurrió con Carlos.

Él vivía en la planta baja de la casa con su pareja, una modista incansable con el peor humor que yo he conocido en una persona. Esta mujer tenía en el patio media docena de yorkshires; los pobres acostumbraban a formar de cuando en cuando un estrépito que se transmitía a las plantas superiores, para desesperación, sobre todo, de los inquilinos de la primera planta, un periodista y un artista, que recriminaban a la señora por el patio el trato que dispensaba a los animales. Hastiados, a veces bajaban para hablar con ella e intentar hacerla entrar en razón, y entonces era cuando en el umbral de la puerta aparecía Carlos, un hombre tranquilo, silencioso y con un deje de amargura que desarmaba a los vecinos de arriba. Así, el círculo vicioso ya estaba establecido.

Ocurrió que por aquella época yo dirigía un fanzine con mis amigos Christian, Rafa y Amaro; el dueño de uno de los locales donde se distribuía nos habló de la posibilidad de ofrecer en su tetería actividades culturales, principalmente conciertos. Y como nosotros nunca decíamos que no a nadie, le dijimos que sí, que le llevaríamos artistas. Luego, más calmados, nos preguntamos quién querría ir a una tetería en Arroyo de la Miel para cobrar prácticamente nada, y fue cuando uno de los amigos de la primera planta nos dijo:

—Hombre, se lo podéis comentar a Carlos, el vecino de abajo. Él canta.

—¿Y lo hace bien?

—No lo sé.

Este diálogo nos bastó para hablar con Carlos y convencerlo de que viniese a cantar: nos dio un sí desanimado, con una pena inmensa y un vacío en los ojos. No, no nos preocupó. La vida era seguir adelante. Y sin escucharlo ni pedirle referencias ni ninguna de esas cosas, imprimimos carteles y le dimos difusión al evento. Para nuestra sorpresa, el día de la actuación vimos que la tetería estaba a rebosar, con gran expectación. Ni siquiera en ese momento nos planteamos que algo pudiera salir mal.

Carlos llegó un poco tarde, arrastrando los pies y una guitarra. Tendría por aquel entonces cincuenta años y nos sorprendió gratamente: venía vestido de negro y con un gran pañuelo blanco, con una elegancia más allá de modas o dinero. Su presencia no era la de un vecino taciturno y cabizbajo disfrazado de cantante: más bien parecía que fuera realmente él y que el disfraz era el de vecino. Pero bueno, no lo habíamos escuchado cantar. ¿Cómo lo haría?

Entonces, Carlos cantó. Fue increíble. Tenía una voz poderosa, rasgada por el tiempo, de matices infinitos, que te emocionaba y te llevaba de la tristeza a la ironía, de la alegría a la melancolía. El público estaba boquiabierto, el dueño de la tetería impresionado, nosotros lo flipábamos. Hizo varios bises, se llenó de aplausos y cuando terminó volvió a su máscara. Se trasegó unas cuantas copas a cuenta de la casa sin casi hablar con nadie y tras eso, se marchó.

Gracias a Carlos, descubrí que el mundo puede llegar a ser muy injusto, al relegar al olvido a grandes artistas. También que hay quien prefiere ser pequeño y, aun así, seguir siendo grande.

Y todo esto, os lo puedo asegurar, ocurrió tal y como os lo he contado. O casi.

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