10 de octubre de 2018
10.10.2018
Las siete esquinas

Dragones

10.10.2018 | 05:00

Hay una antigua leyenda china que cuenta la historia del señor Ye. Al señor Ye le gustaban mucho los dragones. Los consideraba animales fascinantes, bellos, fieros, varoniles. Por supuesto que sólo los había visto en pinturas y en los delicados vestidos de seda de las cortesanas. Pero le gustaban tanto que un buen día decidió llenar su casa de pinturas de dragones y de esculturas de dragones. Pero dio la casualidad de que un dragón de verdad que vivía en los cielos se enteró de la existencia de la casa del señor Ye. Y un día decidió pasar por su casa para darle las gracias. Al llegar, metió la cabeza por la ventana y soltó una enorme lengua de fuego para avisar al señor Ye. El pobre señor Ye, al ver aquel monstruo en la ventana, pensó que había llegado el fin del mundo. Huyó despavorido de su casa. Empezó a vagar por los campos. Empezó a hablar solo. Empezó a comer hierba. Los vecinos que se cruzaban con él dictaminaron que había perdido por completo la razón.

Ayer, al oír que los asistentes al mitin de Vox coreaban entusiasmados el nombre de Franco –"¡Viva Franco!"-, me acordé del pobre señor Ye y de su enfermiza obsesión por los dragones. Hace diez o quince años, Franco debía de tener algunos partidarios –no muchos-, pero en general casi nadie sabía ya nada de él. Los jóvenes, desde luego, no tenían ni idea de quién era ni qué clase de cosas había hecho. Pero poco a poco el nombre de Franco volvió al debate político. Y el insulto de "franquista" empezó a introducirse de nuevo en las discusiones, sobre todo en algunos debates periodísticos y televisivos. Y tras el adjetivo "franquista" venía el inevitable grito de "fascista". De repente cualquier discusión banal, incluso entre los sesudos tertulianos de Tele5, se llenaba de gritos de "fascista" y de "franquista". Por unas fotos, por una fiesta de cumpleaños, por un posado, por una cacería, por una acusación de corrupción, por una propuesta de reválidas para los estudiantes, en fin, por cualquier cosa, se empezaban a oír los gritos estentóreos de "franquista" y de "fascista". Y sin darnos cuenta, a la manera del necio señor Ye que llenó su casa de dragones pensando que eran animalitos muy simpáticos, el franquismo volvió a la sociedad española. Y lo que es peor, volvió convertido en una excusa trivial que se rodeaba de banalidad y de histerismo. Y peor aún, que se utilizaba sin ton ni son, cuando en realidad se trataba de una ideología siniestra que había significado el horror y la muerte y la miseria para muchísima gente durante la guerra civil y la posguerra. Pero a fuerza de repetir los insultos con cualquier excusa, las palabras –y los conceptos que había detrás- se iban devaluando y vaciando de sentido. Y si cualquier cosa podía ser franquista, al final ya no tenía ninguna importancia que lo fuera o no. En el fondo daba igual. Habíamos convertido el dragón monstruoso en un dibujito pintado en la sala de estar del señor Ye.

Lo malo es que ahora, si las cosas siguen así, el dragón de verdad puede acabar metiendo la cabeza por la ventana de casa. En Europa hay muchos partidos que mantienen el mismo discurso ideológico de Vox, y que culpan a los inmigrantes de todos los males y que intentan arreglar todas las cosas a base de unas cuantas recetas infantiloides rebosantes de odio y de resentimiento. Pero no convendría olvidar que hemos tenido entre la izquierda más obtusa muchos partidarios de esparcir como fuera el odio y el resentimiento. O sea que no deberíamos extrañarnos mucho de que hayan aparecido los dragones de verdad. Al fin y al cabo, llevábamos mucho tiempo pintando la casa de dragones. Hasta que han metido la cabeza por la ventana. Y han empezado a soltar las lenguas de fuego.

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