10 de octubre de 2018
10.10.2018
La Opinión de Málaga
En solo 725 palabras...

Sostenibilidad turística

10.10.2018 | 05:00

Sostener es un verbo acaparador e insaciable. Diríase que aspira a ser como el perejil y valer como sinónimo para todos los verbos. Igual sustenta que sujeta, que aguanta, que coge, que agarra, que cuelga, que apuntala, que ase, que toma, que prende, que refuerza, que esgrime, que sostiene, que mantiene, que costea, que nutre, que asevera, que resiste... El verbo sostener va a por todas... Tan es así, que ya hay quienes encuentran claras relaciones de metonimia y lexicalización en este verbo. Si no me creé, amable lector, lea, lea:

Fue ayer, en el metro. Sentado a mi lado, un abuelete con impecable porte y pajarita multicolor. Sin saber adónde terminarían mis letras, acababa de escribir la retahíla de sinónimos que acaba de leer en el anterior párrafo, y en un momento me quedé en blanco, alelado y mirando al techo del vagón. Mi vecino de asiento reparó en ello y no lo dudó:

-¿Se le han escapado las ideas, amigo? ––preguntó.

-No, no se trata de eso. Se trata de que estoy intentando recordar los sinónimos del verbo sostener y que no encuentro más que los dieciocho que ya he escrito ––le aclaré––. ¿Se le ocurre a usted alguno?

Sin ni tan siquiera dejar que le leyera los que ya había escrito, mi compañero de vagón hizo un silencio severo. No más de cinco segundo, creo, tras los cuales, con tono autosuficiente, sentenció:

-Tengo tres, joven, tome nota...

-Mil gracias, buen hombre, dígame.

-Cialis, Viagra y Levitra. Y, de los tres, el sinónimo de sostener por excelencia es Cialis. Milagroso invento este. Sostiene mucho antes, mejor y con más esplendoroso vigor. Además, su sostenibilidad es más fiable y duradera.

Me quedé patidifuso. Tanto, que ni reparé en que el exótico personaje se estaba bajando del vagón. De hecho, sus últimas palabras me las dirigió ya desde el andén. Fue todo tan rápido que ni tuve la oportunidad de despedirme del que parecía ser un experto veterano de la farmacopea sinonímica de los verbos. Ni de agradecerle la pista que me había dado para este artículo tuve oportunidad.

La claridad meridiana con la que se expresó el amable señor de la pajarita multicolor me invitó a soñar con lo que representaría para los profesionales implicados en el desarrollo de los destinos turísticos el tener una herramienta como esta. Una pastillita que nos activará la libido turística ad libitum, seguro que nos mantendría enérgica y erguida la intención de tener la sostenibilidad presente en todas nuestras decisiones.

¡Jo, y cómo soñé...! Vi perfectamente cómo los sucesivos relevistas turísticos nos entregábamos el testigo de la sostenibilidad a lo largo de los tiempos, garantizando, así, que las oportunidades que aprovechábamos cada uno cada vez no solo no condicionaban ni impedían las oportunidades de los relevistas venideros, sino que incluso las propiciaban y las facilitaban.


Desgraciadamente, como todos los sueños, el mío terminó. O sea, que respecto al desarrollo sostenible de nuestro turismo volví a sentirme en mitad del omnipresente sitio en el que se multiplican nuestros sucesivos desaguisados fruto del oportunismo, que no de la oportunidad.

Hace sesenta años que circulamos por la autopista del todo vale al volante del vehículo de la imprevisión, cuyas luces no alumbran más allá de nuestro insignificante ombligo.

Nuestros destinos turísticos, especialmente los maduros, hace rato que traspasaron las líneas rojas del desarrollo turístico sostenible. Nuestra comprensión del negocio turístico, históricamente, ha respondido más a las tácticas propias de las carreras de velocidad que a las de las carreras de fondo. Excepto durante nuestra protohistoria turística, solo la cuenta de resultados y los periodos de amortización fueron, en esencia, nuestros objetivos. La sostenibilidad, como valor generador de riqueza duradera, habitualmente, en nuestros cerebros viene cerrando su ciclo de vida año a año en la siguiente temporada.

Muy a pesar de los sedicentes custodios de nuestra historia turística ––ejemplos de narcisismo hecho carne, casi todos––, nunca medraron las políticas de desarrollo sostenible en los páramos costasoleños y andaluces, que diría don Miguel, el oriolano inmortal que cargo su verso de emoción intemporal para que siempre durará. Los versos de Hernández son gigantescas briznas indestructibles de sostenibilidad eterna para la poesía.

Y llegado a este punto, digo yo, ¿no habrá por ahí un Cialis o un Viagra, o algo que potencie nuestra sostenibilidad turística para siempre?
Si no es así, lo veo crudo...

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