01 de noviembre de 2018
01.11.2018
Tribuna

La nueva sensibilidad

01.11.2018 | 05:00

La disputa desatada por el término mariconez en una canción de Mecano ha llevado el debate sobre la corrección política a las horas de máxima audiencia. Hasta entonces había sido un asunto de engolados intelectuales sobre los límites de la libertad de expresión. Pero ahora se ha convertido en una polémica multitudinaria, al mismo nivel de controversias como si hay que echar a un entrenador o expulsar a alguien de la casa de "Gran Hermano". Hay quien dice que somos víctimas del totalitarismo de lo políticamente correcto, que tenemos la libertad coartada, que esa tiranía nos ha llevado a un asfixiante nivel de censura y a una autocensura sin precedentes. Da la impresión de que tan delirante es esta postura como la de aquellos hipersensibles, de piel fina, que se escandalizan y saltan indignados a la menor gilipollez, con perdón para los gilis que pudieran sentirse insultados. Se habla mucho de la corrección política, pero se estudia poco. ¿A quién no le gustaría saber si ahora es más férrea la dictadura de lo políticamente correcto que en los años setenta del siglo pasado? ¿O qué lugar ocupamos los españoles en los rankings internacionales sobre corrección política? Habrá que esperar a tener un informe PISA sobre el asunto para salir de dudas. En los setenta, no conocíamos el término corrección política o, por lo menos, no lo usábamos de forma cotidiana. Aunque los primeros estudios dicen que ya existía. De hecho, se usó tanto en la Alemania nazi como en los ambientes marxistas para referirse al pensamiento más ortodoxo de la doctrina correspondiente. Pero es precisamente en los 70 cuando la expresión aparece en el sentido con que la usamos ahora. Fue en el libro "The black women: An antology" (1970), en el que se podía leer: "un hombre no puede ser políticamente correcto y machista al mismo tiempo". Claro que esos debates de la nueva izquierda americana aquí, acuciados por otras urgencias, nos sonaban a música celestial. En nuestros setenta –a estos efectos da igual que fuera antes de la muerte del dictador o después– se hablaba del pensamiento oficial, de la moral imperante, de la España biempensante –hermoso término–, de las buenas costumbres. El mejor perfil de la mujer políticamente correcta lo cantó Cecilia: "Puntual cumplidora del tercer mandamiento / Algún desliz inconexo / Buena madre y esposa de educación religiosa€". La segunda parte de la canción ya no se ajusta tanto. Hubo que pasar de esa corrección, recogida en la asignatura FEN –Formación del Espíritu Nacional–, a casi lo contrario en un abrir y cerrar de ojos. Se hizo lo que se pudo, que fue mucho, para ganarse el derecho de que nuestros hijos discutan hoy abiertamente sobre si les ofende o no la palabra mariconez. A mí me ofendían muchas palabras de mi padre: "No hay que significarse, vais a traer otra guerra; qué va a pensar la gente si te vas a vivir con esa; aquella es un poco ligera de cascos". Y es que a la hora de definir lo correcto –mejor social que políticamente– el factor generacional es decisivo. A propósito de la canción de Mecano, se me ocurrió provocar a mi hija de 15 diciendo que ese debate era eso, una mariconez. Se indignó, se enfadó muy seriamente conmigo al grito de: "Me has decepcionado. ¿Cómo puedes hacer mofa ofendiendo a unas personas que sufren en minoría por el mero hecho de ser diferentes?". Escuché en silencio tratando de digerir el mensaje. Unas horas después, comenté lo sucedido con Eduardo Maura –probablemente la cabeza más lúcida de Podemos– y dijo algo que da qué pensar: "¿Quiénes somos nosotros para imponer a los jóvenes de hoy con qué se deben ofender? Les asiste el derecho a ofenderse con aquello que les resulta denigrante. Su sensibilidad es otra y debemos respetarla". Maura es de los que piensa que tras los ataques a la corrección política lo que hay es una agresión a los avances sociales logrados para las personas más desfavorecidas o discriminadas en la sociedad. Mientras no nos impongamos unos a otros la forma de pensar todo irá bien. Espero.

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