05 de noviembre de 2018
05.11.2018
La Opinión de Málaga
Impresiones

No nos engañemos

05.11.2018 | 05:00

Los símbolos ayudan a una convivencia pacífica y ordenada y por eso hay tantos. Para empezar porque evitan equívocos y por esa razón han sido utilizados desde siempre y quizás más aún cuando la gente no sabía leer. En la cueva de Blombos, en África del Sur, se han encontrado cuentas de collar que aparte de embellecer a su portador/a simbolizaban su importancia social. Los tatuajes, abundantes hoy desde el punto de vista de una estética tan dudosa como respetable, tenían una función práctica entre nuestros antepasados y todavía hoy se ve en el Atlas marroquí a mujeres mayores con tatuajes en la barbilla o en la frente –rayas, círculos, triángulos– que servían para identificar la pertenencia a una tribu y no a otra. Entre las mujeres bereberes de la Kabilia existe una joya, el Adwir, que puede llevar cualquiera sobre el pecho pero que cuando se coloca sobre la frente indica que la mujer tiene el orgullo de haber dado un hijo varón a la tribu. Un símbolo a la vez de pertenencia tribal, de posición social (casada) y de situación familiar (madre de un varón). Y así, desde las perlas y los tatuajes al cetro y la bandera.

Los símbolos son muy variados y a veces tienen que ver con animales que protegen a los miembros del clan como ocurre con los tótems de las tribus esquimales e indias del occidente de América del Norte. Otras veces tienen que ver con los números, como es el caso de la Cabala judía que les atribuye poderes mágicos por ser representaciones abstractas de palabras relacionadas con la divinidad o con fuerzas ocultas, y que pueden representarse en cuadrados mágicos la suma de cuyas cifras en sentido horizontal, diagonal o vertical arroja siempre el mismo resultado. El número cinco simboliza en el mundo musulmán la Mano de Fátima, hija del Profeta, y es un eficaz protector contra el mal de ojo que provoca la envidia. Otras veces el simbolismo recae en formas abstractas como el triángulo que evoca el pubis femenino y representa en muchas culturas a la diosa madre Tierra (la Tanit nutricia de los fenicios), la cruz para los cristianos, la media luna para los musulmanes o el sello de Salomón (la estrella de seis puntas) para el judaísmo. El simbolismo puede estar en los colores, desde la pureza del blanco (trajes de novia), al duelo del negro (entre nosotros), el verde del Islam o el amarillo de moda hoy entre algunos.

A medida que la sociedad crece la simbología se complica y cada vez vivimos rodeados de más símbolos: desde el anillo en el anular que anuncia al mundo que su portador/a está casado, hasta la cruz en el cuello, la kipa en la coronilla, o el chador y la barba... que dan información sobre quienes los llevan. Todos conocemos los símbolos que regulan la circulación (stop, paso de zebra, giro obligatorio..) hasta los que nos indican cuál es el urinario de caballeros o los asientos reservados a ancianos en el Metro. Hoy se les llama señaléctica y les hacemos caso porque nosotros somos gente práctica y ellos son útiles y nos facilitan la vida.

Antes, cuando no había aire acondicionado o WhatsApp la gente se comunicaba con un lenguaje de rica simbología por medio de abanicos o de tarjetas de visita. Según se colocará el abanico se animaba o se rechazaba al galán de turno, que entendía perfectamente el mensaje. Y más le valía entenderlo para no tenérselas que ver con un marido celoso y con poco sentido del humor en cuestiones de honra, siempre espinosas entre españoles. Como tienen símbolos diferentes las monedas: euro, libra, franco suizo, yen y dólar, que incorpora las columnas de Hércules de nuestro escudo nacional, a su vez símbolo del Estado como lo son banderas y sus caprichosas combinaciones de colores. O los himnos nacionales. Creo que solo hay tres países en el mundo cuyo himno no tiene letra y uno es España, que nos ahorra así las cursiladas patrióticas propias del Romanticismo (tiranos temblad, degollar hijos y mujeres, etc.) que cantan a pleno pulmón los futbolistas e hinchas de todo el mundo. Pero pasados o no de moda, himnos y banderas son símbolos del Estado y por eso los atacan los que quieren cargarse a ese estado, desde los independentistas a los populistas antisistema. Igual que atacan por los mismos motivos al rey o a la Constitución, que solo son objetivos instrumentales.

Yo soy partidario de que se despenalicen las ofensas al rey, a la bandera y al himno. O, ya que estamos, a los símbolos religiosos (aunque me gustaría que algunos tuvieran los c... de decir de Mahoma lo que dicen de Cristo). Creo que la libertad de expresión debe estar por encima y que cada uno debe ser libre de decir lo que quiera con pocos límites, como incitar al odio y la violencia o gritar «fuego» en un teatro lleno, aunque ofendan los sentimientos de los muchos que nos sentimos representados por esos símbolos. Afortunadamente esas ofensas serán pronto lo que en realidad son, faltas de esa educación que por desgracia muchos no tienen. Pero no nos engañemos, porque cuando los independentistas rechazan la Constitución que con entusiasmo apoyaron hace cuarenta años, cuando silban al himno, o cuando queman fotos del rey o de la bandera nacional lo que quieren es destruir el Estado que estos símbolos representan. Y ahí me tendrán siempre en frente.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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