09 de noviembre de 2018
09.11.2018
Sol y sombra

La paradoja y la parajoda

09.11.2018 | 05:00

Arnaldo Otegi, el mismo que viste y calza, ha calificado a España de Estado antidemocrático después de que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo observara un fallo procesal de la Audiencia Nacional que lo condenó. Según la Corte Europea, no tuvo un juicio justo debido a la animadversión mostrada por una juez que ante la negativa del acusado a responder si condenaba a ETA no se mordió la lengua y dijo: «Ya sabía que no me iba a contestar esa pregunta». Yo hubiera dicho lo mismo, pero no uso toga. En los procedimientos judiciales se cuelan de vez en cuando estos sapos; a veces perjudican al acusado, otras, estamos demasiado acostumbrados a ellas, actúan en beneficio de delincuentes que salen ganando con penas inferiores o quedan absueltos. Hay de todo. La magistrada que juzgó a Otegi, Ángela Murillo, ha dado más de una vez de que hablar debido a que no se calla. Sus excesos verbales son famosos y a ellos se agarró este apóstol de la concordia que ahora se dedica a predicar la democracia y que se llama Arnaldo Otegi. Un defecto de forma le permite reivindicar nuevamente su figura y denostar al Estado y sus instituciones, expuestos al pimpampum de modo permanente por populistas, nacionalistas y cómplices de los asesinos de ETA. Digo nuevamente, porque antes ya lo hizo Zapatero cuando se refirió a él como un «hombre de paz». Sobró la coletilla de la juez ante la pregunta que Otegi se negó a responder sobre la banda terrorista. Todo el mundo sabe por qué no contestó. Pero la auténtica paradoja es que un tribunal de derechos humanos lo considere a él, que jamás condenó a los asesinos, una víctima. Más que una paradoja es una parajoda, que hubiera dicho el desaparecido Cabrera Infante.

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