11 de noviembre de 2018
11.11.2018
La mirada femenina

Hasta que la muerte os separe

11.11.2018 | 05:00

Es evidente que durante siglos el «hasta que la muerte os separe» cumplió una función estabilizadora. Amar era visto como un privilegio, un auténtico lujo del que podía prescindirse. Afortunada era la mujer que gozaba de la protección de un buen hombre de recursos, sin más. Que hubiera cierto cariño era más que suficiente.

La historia de la humanidad está llena de mujeres y hombres que sacrificaron su felicidad por dar algo que comer a sus hijos.

Con la irrupción de las grandes religiones monoteístas se establece la figura de Dios como centro de la creación. Su mandamiento distingue lo que está bien de lo que está mal. A medida que se crean sociedades más modernas que a su vez se constituyen en grandes estados, se establecen leyes para ordenar la economía y para proteger a la población de ciertos abusos. Además de los deberes y obligaciones, surgen los derechos del ciudadano. Sorprendentemente, personas de diferentes culturas se ponen de acuerdo en establecer una ética que podría considerarse universal, entendiendo universal como punto de encuentro de una mayoría.

Ya en el siglo XIX, el romanticismo rompe con la concepción del hombre bárbaro y apuesta por un ser más moderno, más sensible y culto. Un ser capaz de amar sin límites. Aún más, capaz de dar su vida por la mujer amada. Se crea una dicotomía entre lo que nos dictaba la razón y lo que nos decía el corazón, o los instintos. El buen hombre y la buena mujer eran aquellos capaces de apaciguar sus pasiones y sacrificarse por un bien mayor ya fuera el honor, la ley, la familia, el bien común, o simplemente por Dios.

Así como hemos dicho que la historia de la humanidad está llena de hombres y mujeres que sacrificaron su felicidad por dar de comer a sus hijos, podemos también asegurar que esa misma historia está llena de amores no vividos. Víctimas de un deber castrador en mayúsculas, impuesto durante siglos.

Pero las generaciones fueron evolucionando y las personas cada vez estuvieron más en contacto con sus verdaderos sentimientos y por tanto algo más desligados de las imposiciones o deberes establecidos.

Durante el siglo XX, acontecen una serie de hechos históricos muy rápidos y que dan un giro importante a toda esta situación. En 1933, en el marco de la Segunda República, la mujer, por fin, obtiene el derecho al voto. La mujer empieza a exigir igualdad en derechos y obligaciones.

El 10 de diciembre de 1948, todas las regiones del mundo elaboran y proclaman la Declaración Universal de los Derechos Humanos a través de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Este texto está traducido a más de quinientos idiomas y pone de manifiesto la importancia de la vida de las personas y de la autenticidad en sus relaciones. Las personas tienen derecho a vivir una vida digna y a ser felices.

En una sociedad más abierta y flexible, el ser humano empieza a apostar en serio por su propia felicidad. Gracias a la revolución sexual (1960), se desafía a la moralidad establecida y aparecen distintos tipos de parejas y familias. Junto a la familia convencional conviven las uniones civiles, las parejas que no quieren ni casarse ni tener hijos, las familias homoparentales, y las monoparentales.

Pero a su vez esa libertad supone un aumento significativo de los divorcios y separaciones. Hoy día de cien matrimonios, más de sesenta se separan. Algunos y algunas lo consideran una barbaridad pero ¿y si en realidad no es más que un síntoma de salud mental? Lo verdaderamente sorprendente es que aún haya tanta gente empeñada en aferrarse a un modelo antiguo.

En el 2017 hubo un total de 31.694 matrimonios rotos. Nos guste o no, nuestro país está en el quinto lugar a nivel europeo en cuanto a divorcios se refiere. Parece ser que el «hasta que la muerte os separe» ya ha pasado a la historia. Ahora más bien sería: «Hasta que vuestras consciencias os separen».

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