21 de noviembre de 2018
21.11.2018
La Opinión de Málaga
Al azar

Puedes elegir tu sexo, y sobre todo tu edad

21.11.2018 | 05:00

El empresario holandés Emile Ratelband tiene 69 años, pero se comporta como «un joven dios» de 49 según los doctores que acaban de revisar su motor y carrocería. Su reloj biológico atrasa, pero esta constitución privilegiada no se quedará en un trasfondo de comentarios admirativos. Este revolucionario desea que su edad fisiológica sea trasladada a la documentación oficial en torno a su nacimiento. Su argumentación está entre Groucho Marx y Sigmund Freud. Si puedes elegir tu sexo, o sus gradaciones, con mayor motivo dispones de la opción de escoger el año de vida en que te encuentras.

Nacido en 1949, el intrépido Ratelband se ha dirigido a los tribunales holandeses para cambiar la fecha legal de su venida al mundo a 1969. Cabe imaginar la envidia que inspira esta cirugía cronológica entre sus contemporáneos. La motivación del empresario involucra la consecución de una hipoteca que ahora tiene difícil, la posibilidad de conseguir un mejor empleo y en especial, mejorar sus posibilidades de encontrar pareja en las redes sociales de contactos. Todos los que tienen una edad concederán que ese número hasta ahora inamovible puede ser más opresivo que el sexo. Limita el panorama, hay mujeres de 69 años que estarían dispuestas a degradarse a hombres de 49, con tal de garantizarse la rebaja. El empresario holandés ha tomado un atajo para lograr un mundo en el que ningún ser humano sea definido por sus características, sino únicamente por sus aspiraciones.

La edad solo es un número, pero esta forma de restarle importancia también alimenta la hipótesis de suprimirla o manipularla. Cada vez son más los escritores que ocultan celosamente el dato, los actores de Hollywood de ambos sexos no solo la demonizan, sino que están a un paso de ilegalizarla. Por lo visto, el recurso masivo a la cirugía estética se desmorona si un periodista travieso adjunta las dos cifras a la lisura.

El castellano todavía no sabe traducir en una sola palabra el 'ageism' o discriminación por edad, donde este agravio comienza por el mero hecho de aportar la fecha de nacimiento biológico. El insulto no consiste en llamar 'viejo' a alguien, sino en aportar su partida de nacimiento auténtica. Es decir, la imaginaria, pues la veraz solo habita en la voluntad del sujeto. Salvo que la progresión de los regímenes ordenancistas obligue a la edad decretada por un gabinete médico. El ser humano contemporáneo no se halla descontento con su identidad concreta, sino con todas las posibles. Por eso desea abarcarlas durante su existencia, sufrida a la par que breve.

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