02 de diciembre de 2018
02.12.2018
Las siete esquinas

Mantequilla

02.12.2018 | 00:09

Hay alguien que tenga menos de 30 años que sepa quién era Bernardo Bertolucci? ¿O que hubiera visto entera, y en una pantalla de cine, El último tango en París? Me temo que no. Digamos que hay un proceso de aceleración de nuestros procesos mentales que hace que el olvido se instale con mucha más facilidad entre nosotros. Hace cincuenta años, la gente solía recordar a los actores del cine mudo que llevaban mucho tiempo sin hacer cine. Charlot, Greta Garbo, El Gordo y el Flaco, las hermanas Gish, Rodolfo Valentino o incluso Buster Keaton -al que mi abuela seguía llamando Pamplinas- eran nombres relativamente conocidos. Ninguno de esos actores rodaba ya películas, otros incluso habían muerto -como Rodolfo Valentino-, pero de algún modo la memoria que habían dejado perduraba. Era una memoria desvaída, borrosa, en un blanco y negro ya completamente desfasado, pero seguía estando aquí.

¿Y Bertolucci? Ayer, a raíz de la noticia de su muerte, los telediarios proyectaron escenas de El último tango (1972) -sin duda su película más famosa-, pero es muy improbable que la gente joven supiese quién era. En las informaciones se decía que Bertolucci no podría haber rodado ahora sus películas, que serían acusadas de sexistas y violentas y levantarían polémicas incendiarias, y eso también es verdad. Cuando se estrenó -en España estaba prohibida-, todo el mundo fue a ver El último tango en París como si fuera una apoteósica celebración del sexo, cuando en realidad era lo más parecido a una ceremonia fúnebre. Si alguien podía excitarse viendo El último tango, es que no estaba bien de la cabeza. El personaje de Marlon Brando era -por decirlo claro- un capullo. El personaje de Maria Schneider era muchísimo más interesante y complejo. Muchos años después de haber rodado la película, la actriz se quejó de que la famosa escena de la violación con la mantequilla había sido una violación real urdida a medias por Brando y Bertolucci. En realidad parece que la escena estaba en el guión, salvo lo de la mantequilla. De todos modos, lo importante de esa escena -y creo que ahí está lo más revolucionario de la película- es que nos ponía delante de las narices, a los varones, lo que les podemos hacer a las mujeres con toda la carga de violencia, humillación y desprecio. Las lágrimas de Maria Schneider, mientras el idiota de Marlon Brando la violaba soltando ridículas frases seudo-filosóficas, eran completamente reales. Y cualquier espectador de esa escena tenía que verla con una violenta contracción en la tripa. La crítica Pauline Kael, que asistió al estreno de la película en Nueva York y luego fue a la fiesta que dieron los productores, decía que nunca había visto gente más desolada que la que acababa de ver por primera vez la película. Si alguien la vio como una película liberadora sobre el sexo y sobre el placer, se equivocó por completo. Era una película sobre la muerte. Sobre la angustia y el dolor y el desamparo de la muerte.

El último tango también nos revela otra cosa en la que quizá no pensó nadie en el momento de su estreno, pero que ahora, cuarenta años más tarde, se ha hecho evidente: una relación amorosa es una relación compleja, sucia, enmarañada, sí, porque la vida humana es complicada y está llena de espinas y por eso mismo no existen las relaciones amorosas que sean por completo limpias e irreprochables. En cualquier caso, espero que la escena de la violación con la mantequilla nos ayudara a abrir los ojos a los varones. Si sólo fuera por eso, el cine de Bertolucci ya habría valido la pena.

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