07 de diciembre de 2018
07.12.2018
Málaga de un vistazo

Lo banal

07.12.2018 | 05:00

Me reprochaba mi padre, el mismo día de las elecciones, que iba a ser la primera vez que no iba a votar. Me lo reprochaba porque habíamos caído tarde en que, hospitalizado, tendría que hacerlo por correo, previo otorgamiento de poder especial y, entre unas cosas y otras, no pudo hacerse en plazo.

Intenté quitarle importancia, pero me reprochó mi ligereza: «No he faltado nunca. Desde 1976. Es una obligación cívica».

Frente a esa postura, nuestro desapego. Considerar banal el hecho de votar es para ellos como dejar un grifo abierto, desperdiciar un recurso valioso por el que, en otros lugares, los ciudadanos son capaces de sacrificar sus bienes, su tranquilidad e, incluso sus vidas. A la Democracia y al Estado de Derecho que lleva aparejado, con todas sus mayúsculas y minúsculas, él le da el valor de quien habiendo pasado frío, ahora tiene cobijo; mientras, nosotros damos por sentado que el confort siempre va a estar ahí, sin preocuparnos de quién lo pone, quién lo paga, cuánto cuesta y cuánto va a durar, si hay que limpiar la caldera, o arrimar carbón.

Nos acostumbramos a lo que hoy es esencial con una facilidad extraordinaria, pero basta recordar que hasta hace cuatro días, países como Portugal, Grecia o Argentina eran dictaduras, o que otros, ahora miembros de la Unión Europea, tenían sobre sí la losa de regímenes totalitarios. Votar es un acto dinámico, exigido de ejercicio y de vigilancia en nuestra condición de ciudadanos, conforme a unas reglas de juego y con la necesidad de aceptar su resultado. Fuera de esas reglas, de esas exigencias, sólo hay barbarie.

Les reconoceré que me resulta triste pensar que, cuarenta años más tarde de la aprobación de la Constitución, me he sentado a escribir una columna con el único interés de defender algo que creía perfectamente incólume en mi país: nuestra democracia.

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