09 de diciembre de 2018
09.12.2018
La Opinión de Málaga
Juan José Millás

Vanguardia

09.12.2018 | 05:00
Vanguardia

Nunca distinguí bien la frontera entre la física y la química. Pregunté en su día a un profesor por qué existía la metafísica y no la metaquímica y no obtuve respuesta. La gente dice de dos personas que se llevan bien que hay química entre ellas. ¿Por qué no física? Bueno, tengo esa frustración: la de no entender o la de entender a medias. A los seis años los Reyes me trajeron un mecano con un pequeño motor eléctrico del que disfruté mucho. La idea del mecano me viene con frecuencia a la memoria cuando escucho hablar de trasplantes de órganos. Que a mí me puedan colocar el corazón o el hígado de un muerto, y que la cosa funcione, me obliga a pensar en el cuerpo como en una máquina. Claro que no ha sido nada fácil llegar al trasplante. Bajo la apariencia del mero cambio físico, late la química. Durante muchos años se han tenido que estudiar los procesos de rechazo y ponerles remedio con la medicación adecuada. Quizá la frontera entre la química y la física no sea tan clara como sugerían los antiguos libros de texto.

Acabo de tropezar en el periódico con el caso de un trasplante de útero de una mujer muerta a una viva, lo que constituye una hazaña de carácter físico-químico. Pero lo más espectacular es que de ese útero trasplantado ha nacido una niña cuya gestación y parto han transcurrido normalmente. He ahí un doble salto que sugiere la existencia no solo de una metafísica, sino también de una metaquímica. Frente a esta clase de sucesos lo normal es la perplejidad. Tras la perplejidad, la frustración de no haberse dedicado uno a la ciencia. Hoy, la vanguardia de todo, incluso de la literatura, está en la ciencia. Juro que de joven intuí que las cosas sucederían de este modo, pero supe también que carecía del talento preciso para comprender la utilidad de la Tabla Periódica.

Esa niña alumbrada desde un útero que no era de su madre es una novela de vanguardia. Cada uno de sus órganos constituye un capítulo. Sus orejas, su lengua, sus globos oculares, sus bracitos, sus piernas constituyen las diferentes partes de un relato que nos extraña de la realidad al tiempo de sumergirnos en ella. La física, lo queramos o no, acaba por conducirnos a la química. Otro asunto es que la entendamos, O que ella nos entienda a nosotros.

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