19 de diciembre de 2018
19.12.2018
360 grados

La desigualdad, letal para la democracia

19.12.2018 | 05:00

Asistimos en Europa y en otras partes del globo a un crecimiento de la desigualdad, fruto de la consistente aplicación por gobiernos de distinto signo de las teorías económica neoliberales.

Con el falaz argumento de que no hay alternativa a esas recetas impulsadas desde el FMI, Berlín o Bruselas, tanto conservadores como socialdemócratas se han empeñado aplicarlas sin preocuparse de las distintas realidades sociales y de cuáles serán sus consecuencias.

Todo lo más ha intentado la izquierda socialdemócrata suavizar algunos de sus efectos más perversos sobre la fábrica social, es decir, hacerlas algo más llevaderas sin cambiar, sin embargo, el rumbo de la política económica.

Y ante tan flagrante dejación por la izquierda de sus responsabilidades, ha sido la derecha más nacionalista y xenófoba la que ha sabido aprovechar ese enorme vacío para erigirse en portavoz de los injustamente olvidados.

Y lo ha hecho con su demagogia acostumbrada, limitándose a denunciar los estragos de la globalización y buscando fáciles chivos expiatorios en los inmigrantes, que vienen supuestamente a aprovecharse de nuestro estado de bienestar, a reírse de nuestros valores y destruir nuestras sociedades.

Lo hemos visto con la máxima crudeza en el discurso que sólo cabe calificar de 'parafascista' de Donald Trump, el político que ha convertido en normal y socialmente aceptable barbaridades que hasta hace poco habrían hecho sonrojarse a cualquier persona.

Pero lo tenemos aquí también en Europa con el mensaje securitario y anti-inmigración de Marine Le Pen, del hombre fuerte del Gobierno italiano, Matteo Salvini, o del líder del último partido en apuntarse a ese reverdecer del fascismo europeo: nuestro Vox.

Convendría leer el último libro del profesor de filosofía de Yale Jason Stanley, para entender cómo funciona la propaganda del nuevo fascismo (1) y ver hasta qué punto la desigualdad tiene consecuencias letales para la democracia.

«No es sólo que los resentimientos que genera la división social resultan tentadores para cualquier demagogo, escribe Stanley, sino que representan un peligro mortal para la realidad compartida que necesita una saludable democracia liberal».

La desigualdad económica extrema es «tóxica», insiste ese autor, porque «alimenta ilusiones que ocultan la realidad y minan cualquier posibilidad de deliberar de modo conjunto sobre cómo resolver esas divisiones sociales».

Y, en clara alusión a las elites económicas que nos gobiernan, añade Stanley: «Quienes se benefician de esas enormes desigualdades tienden a creer que se han ganado tal privilegio, autoengaño que les impide ver la realidad tal y como es».
(1) How Fascism Works. The politics of Us and Them. Ed. Random House.

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