22 de diciembre de 2018
22.12.2018
La Opinión de Málaga
Porque hoy es sábado

Pasa la vida

22.12.2018 | 05:00
«Si hoy leen con la generosidad habitual esta página del periódico, imagínenme mientras lo hacen con un décimo en la mano, escuchando con mi hijo (le tengo la primera mitad de las vacaciones) a otros niños, los del colegio de San Idelfonso, cantando la lotería un año más».

Parece que no pasa nada mientras pasa todo. Repetir una Navidad más con menos seres queridos que la anterior, a medida que asumes que un año uno de ellos serás tú, sirve para darse cuenta. También si miras la película adecuada te das cuenta de cómo pasa la vida. Me refiero a la última del mexicano Alfonso Cuarón, Roma, que escrito al revés es amor. Y con mucho amor a la criada que le crio la ha hecho. Y a la vida.

Ritual


Cuando muchacho leí un libro, Ritual, del escritor y actor argentino Héctor Bianciotti. Aún recuerdo que al avanzar entre sus páginas no había acción alguna. Sólo un grupo de personajes dentro de una casa mientras el verano, un gato viejo y los muros del edificio se morían. Pero me mantuve pegado a ellas hasta terminar el libro. Más tarde supe que Bianciotti sólo escribió dos novelas más, y que Ritual fue la última. También que había autores, como el americano Henry James, que en sus relatos le daban otra vuelta a la tuerca de aguantar esto cuando se pone chungo de manera parecida. O que había películas como Senso, de Visconti, donde también el aire podía cortarse entre su pasar todo mientras no parecía que pasara nada por la pantalla, pero sí por dentro de sus protagonistas hasta hacerles sangre. En Málaga, en la presunta barriada de Los Asperones, parece que no pasa nada también. Pero pasa.

Cancerígeno amianto


Tampoco parece importarnos demasiado que pase o no pase lo que allí pasa. Porque, entre otras muchas cosas que a nadie se le escapan que pasan de condiciones de vida, apartamiento social y pobreza, en ese asentamiento que nació para ser provisional (y que sólo la especulación urbanística que ya se acerca a la zona terminará desmantelando), nadie se preocupó nunca de quitar de allí el cancerígeno amianto, prohibido por ley. A propósito, llevan meses sin alumbrado. Qué navideño todo.

Gandhi y los ramos


Más cosas estaban pasando en Málaga antes de que ahora Ciudadanos haya vuelto a poner sobre la mesa del Ayuntamiento, buscando votos o por preocupación sincera –ya da igual–, la vieja reivindicación de soterrar las líneas de la impactante subestación eléctrica Los Ramos, ubicada en la zona alta del sector de Teatinos, cerca de El Atabal. Un día, paseando con mi niño cuando era más chiquito, vimos cómo salían otros niños en tropel de debajo de las enormes torretas metálicas de la central eléctrica. Aunque sólo fue un efecto óptico comprensible. Los chavales salían del estupendo colegio Gandhi, público, claro, que está literalmente pegado a la central, en la calle Juan de Ortega. Y ahí está y ahí sigue pasando.

Ni beat ni zombi


Pasa la vida igual que pasa la corriente del río cuando busca el mar. Pero algunos, como continuaban aquellas sevillanas de Romero Sanjuán, no caminamos indiferentes allí donde nos quieran llevar. Ni, como las cantaba Raimundo Amador y su hermano Rafael cuando eran Pata Negra, tampoco sentimos que «no hemos notado que hemos vivido». Algunos sabemos que una vida puede durar cien años y no tener intensidad alguna. También sabemos que, como le decía el magnate Tyrel a aquel replicante que buscaba sentido a su corta existencia, «lo que brilla el doble dura la mitad». Pero no pretendemos vivir con intensidad semejante y dejar pronto un bonito cadáver, como hizo James Dean, que aún vive guapo y rebelde en los pósteres de adolescentes que ni siquiera han visto alguna de las tres películas que le dio tiempo a hacer (Dean murió con apenas 20 años, en 1951). Algunos sólo intentamos que no se nos escape la vida mientras pasa. Por eso cuando llega la Navidad nos acordamos de quienes ya no están y vivimos y hacemos por ellos. Y miramos a los hijos y hacemos y vivimos para ellos. Y para los demás niños también. Para los niños que viven en Los Asperones o los niños –y los maestros– que van a diario al colegio Gandhi, sin ir más lejos.

Feliç Nadal


Si hoy leen con la generosidad habitual esta página del periódico, imagínenme mientras lo hacen con un décimo en la mano, escuchando con mi hijo (le tengo la primera mitad de las vacaciones) a otros niños, los del colegio de San Idelfonso, cantando la lotería un año más. Y mientras él apunta entusiasmado los números premiados, aún con el cosquilleo de empezar las vacaciones en la barriga, yo voy pensando cómo hacer para que no se dé cuenta de que los regalos no brotan debajo del árbol, donde los pone Papá Noel, que yo le digo que es un colaborador nórdico de los Reyes Magos que va avanzando algún regalillo antes de la noche más mágica del año. A mí también mis padres, gente muy humilde y encajadora, me lo hicieron creer así, con mucho esfuerzo y en un contexto desfavorecido. Cuando me quejo de algo les recuerdo y me da vergüenza. Pero también, cuando pienso en ellos, no puedo evitar resumir el denominado «conflicto catalán» como un exceso de caganers en un Belén amarillo. Feliz Navidad a todos. También en catalán: ¡Feliç Nadal!... Porque hoy es sábado.

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