31 de diciembre de 2018
31.12.2018
Impresiones

Buenas noticias

31.12.2018 | 05:00

Estos días me pide el cuerpo dejar de lado las noticias malas –que son muchas y hacen mucho ruido– para concentrarme en las cosas buenas que pasan. Y confieso que no es fácil porque hay pocas o, mejor, son pocas en comparación con los disgustos que nos trae la actualidad diaria. Pero hay algunas.

La más cercana y entrañable es la que llega desde el hospital Parc Taulí de Sabadell donde han tenido la feliz idea de calmar la ansiedad y el estrés de los niños que van a ser operados poniendo a su disposición un flamante Audi azul descapotable (no se si de pedales o con pilas) con el que los críos recorren el pasillo que les lleva al quirófano. La televisión mostraba a una niña de cuatro años al volante y con cara de entre felicidad y orgullo, mientras médicos y enfermeras flanqueaban el corredor jaleándola y aplaudiendo. Mejor que los ansiolíticos y mucho más sano. Me pareció una magnífica idea que me recordó a esos payasos que mi amigo Miguel Borrás lleva a los hospitales de Mallorca para distraer y alegrar a las criaturas allí internadas, incapaces de comprender los duros tratamientos que tienen que soportar. Confieso que la sonrisa de la niña al volante se me ha quedado grabada en feliz contraste con otras fotos terribles de niños yemeníes famélicos que también estos días difundían los medios de comunicación.

Buena noticia ha sido también la firma en diciembre en Marrakech del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, una iniciativa de las Naciones Unidas para lograr enfoques comunes y respuestas coordinadas para un problema que nos desborda, que irá a más a la vista de las tendencias demográficas (2.000 millones más de seres humanos en el mundo en los próximos treinta años y de ellos 1.300 millones en África), y que por separado no lograremos resolver. Es un asunto global que exige una respuesta colectiva y por eso es positivo que 150 países hayan rubricado el pacto, que hubiera sido aún mejor si lo hubieran firmado también Estados Unidos, Australia, Chile, Israel y otros países de Europa central que han cerrado sus fronteras a cal y canto frente a los refugiados. Y eso a pesar de que no es vinculante, pues se limita a recoger directrices generales (proteger a los niños, evitar detenciones arbitrarias, dar atención sanitaria a los inmigrantes, respetar los derechos humanos...) y además reconoce la soberanía nacional para regular en último término el problema migratorio. No es solo que la inmigración «trae prosperidad» como ha dicho Angela Merkel, cuyo país acogerá a otro millón de inmigrantes, sino que la necesitaremos para mantener en cifras estables una población europea afectada por menguantes tasas de natalidad (1,3 hijos por mujer en España).

Y también en diciembre se ha reunido en Katowice, Polonia, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, conocida como COP-24, en la que han participado casi 200 países y que ha sido positiva aunque sólo sea porque no ha fracasado, como se temía que pudiera suceder. Gracias a ello se ha mantenido vivo el Acuerdo de París (COP-21) que debe entrar en vigor en 2020 y sustituir al Protocolo de Kioto de 2005 con el objetivo de evitar que la temperatura media del planeta suba más de dos grados de aquí a fin de siglo porque al paso que vamos subirá tres o más y eso tendrá gravísimos efectos sobre las vidas de nuestros nietos. Sus resultados han sido modestos aunque se han aprobado estándares comunes para medir las emisiones de gases de efecto invernadero y para evaluar los resultados de las políticas en curso. También se pide que los países hagan mayores esfuerzos para disminuir las emisiones antes de la próxima reunión en 2020. El lenguaje ha sido lo suficientemente vago como para que hasta los mismos Estados Unidos apoyaran el comunicado final a pesar de que Trump siga insistiendo en retirarse del Acuerdo de París tan pronto como pueda (en 2020) porque no cree que el cambio climático sea obra humana. En los EE UU hay gente que sigue defendiendo el «creacionismo» (Adán y Eva) frente a Darwin y la Teoría de la Evolución. Y es que, como decía Rafael «El Gallo» cuando le dijeron que José Ortega y Gasset era un filósofo: «Ozú, hay gente pa tó». Pero en Katowice, por presión de algunos países no se logró endosar un Informe de las Naciones Unidas que pedía acciones «urgentes y sin precedentes» recortando en el uso de combustibles fósiles, y tampoco se han asumido compromisos firmes para ayudar con dinero en efectivo a los países más pobres que tienen dificultades para combatir sus emisiones de CO2. Y como las decisiones se deben tomar por unanimidad, Brasil ha impedido adoptar mecanismos de regulación del mercado de carbono. Parece que Bolsonaro, como Trump, tampoco cree en el cambio climático... Como digo, podría haber sido mejor pero es mejor que nada.

Y también nos han llegado algunas buenas noticias de Europa que ha logrado mantener su cohesión interna frente al brexit (lo que no es poco), mientras seguimos progresando hacia una política común de Defensa o hacia un presupuesto común para la Zona Euro con un fondo de rescate. Hubiera sido mejor si también se hubieran aprobado un fondo de garantía de depósitos y un seguro de desempleo comunitario porque hace falta más para hacer popular a Europa frente a los embates populistas. Pero como decía el poeta, «se hace camino al andar»... aunque sea con pasitos cortos.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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