12 de enero de 2019
12.01.2019
Nuestro mundo es el mundo

Casado quiere ser Sebastián Kurz

12.01.2019 | 05:00

Para el PP el resultado andaluz fue a la vez un jarro de agua fría y una oportunidad. Un fracaso porque perdió más de 300.000 votos, un 29,7%, mientras que el PSOE caía "sólo" un 28,5%. Pero logró quedar segundo, evitando el adelanto de Cs, y se le abrió la posibilidad de lograr la presidencia de la Junta si lograba un tripartito de derechas con Vox y Cs. La receta Aznar.

Un agudo analista dijo que Pablo Casado perdería siempre. Si gobernaba pactando con Vox, porque su imagen se contaminaría de extrema derecha. Y si no lograba que el PP ocupara el palacio de San Telmo, porque sería visto como un perdedor. El analista tenía parte de razón, pero en la realpolitik y sin ninguna duda lo peor era salir de las elecciones andaluzas –su primera prueba– perdiendo muchos votos y sin tocar poder.

Al final el PP gobernará gracias a dos pactos distintos y distantes. El primero con Cs para un programa de gobierno y un reparto de carteras. El segundo con Vox, que garantiza la investidura de Juan Manuel Moreno Bonilla a cambio de una serie de compromisos.

Los inconvenientes saltan a la vista y son principalmente dos. El pacto con Vox permitirá acusar al PP de connivencia con la extrema derecha. Y Moreno Bonilla tendrá grandes dificultades para gobernar porque Albert Rivera ya ha dicho que el pacto PP-Vox es "papel mojado", y que no lo piensa tener en cuenta. Cs busca huir todo lo posible de la imagen de cercanía con Vox.

Casado sabe que el precio ha sido alto, pero está satisfecho. Consigue tocar poder y ha echado al PSOE del gobierno de la primera comunidad autónoma de España en el que ha estado durante 37 años sin interrupción y donde el PP siempre había fracasado. Y el éxito aplacará las críticas de los barones más templados y temerosos de la vinculación a Vox, como el gallego Alberto Núñez Feijóo o los vascos Alfonso Alonso y Borja Sémper. En el fondo Casado debe considerar que la renuncia parcial al centrismo y a aquello tan pregonado de que toca gobernar a la lista más votada se verá compensado porque ha sabido salir con éxito de su primer desafío al frente del PP.

Casado (y Aznar detrás) piensan que para ganar al PSOE deben hacer un discurso de derecha radical (no extrema) que impida que el populismo nacionalista de extrema derecha les robe votos y les deje en la indigencia. Es lo que le pasó a la derecha francesa en el 2017 cuando Marine Le Pen –y no el candidato de la derecha tradicional– fue la que disputó la segunda vuelta a Emmanuel Macron, y lo que también ha sucedido en Italia, donde la Liga de Salvini ha borrado del mapa a Silvio Berlusconi. La idea de fondo es que la derecha debe levantar banderas radicales, sin complejos, si quiere evitar que la extrema derecha le robe una parte relevante de su electorado.

El modelo es Alexander Kurz, el canciller austriaco de poco más de treinta años que gobierna Austria desde hace algo más de un año en coalición con el FPO, un partido apellidado liberal que está en la extrema derecha. Kurz era ministro de Exteriores en un gobierno de gran coalición y se hizo un nombre cuando en 2015 se opuso con firmeza a la política de Merkel de acoger a los refugiados que huían de Siria y llegaban a Viena y Budapest con destino a Alemania a través de la ruta de los Balcanes. Kurz asumió sin complejos la política contraria a la inmigración y de priorizar la seguridad que hasta entonces defendía el extremista FPO, pero sin renunciar a los derechos democráticos (de los austriacos) y al europeísmo. Los populares austriacos eligieron a Kurz candidato a canciller en mayo del 2017 –cuando el FPO era el primer partido en las encuestas– y en las elecciones de octubre Kurz ganó con claridad.

Desde entonces en Austria hay un gobierno de coalición entre Kurz y el FPO que ocupa varios ministerios. Kurz tiene el poder y apoya políticas muy restrictivas con la inmigración (incluido el cierre de mezquitas). El PP austriaco sigue al alza en las encuestas y la extrema derecha ha quedado estancada. Para algunos líderes del centro-derecha europeos, como Alexander Stubb, antiguo primer ministro de Finlandia, Kurz es un modelo a imitar. Incluso ha dicho que ha sabido dar a la extrema derecha el beso de la muerte. Y Laurent Wauquiez, líder de la derecha francesa, quiere imitarle contra Marine Le Pen.

Pero el modelo Kurz tiene un gran handicap. Gana a la extrema derecha –y a los socialistas– pero a costa de asumir muchos postulados del populismo nacionalista. Además, el modelo es difícilmente exportable a España, donde el PP no sufre sólo la competencia de Vox sino la de Cs. Casado debería dar el beso de la muerte a Rivera y a Abascal y eso es más difícil. Y el resultado andaluz y las encuestas posteriores dicen que el PP no está matando a Vox (que casi no existía), sino que Vox está creciendo básicamente robando electorado al PP. Una reciente encuesta calcula que de los dos millones de votos que Vox tendría en unas futuras legislativas, el 75% son antiguos electores del PP.

El gran riesgo de Casado es que al asumir parte de los postulados radicales de Vox no le esté dando el beso de la muerte sino inyectándole complejos vitamínicos. Dándole. Y el peligro es mayor porque con sus excesos contra el independentismo, pidiendo otro 155 permanente y no reconociendo así el éxito de Rajoy, Casado está atacando la reciente política del PP. Y algunos electores conservadores pueden pensar que si el PP de Rajoy (en el que Casado estaba en la dirección) pecó por blando, más vale no votar a Casado sino elegir a alguien más radical como el líder de Vox, que en Andalucía ha sacado 395.000 votos, muchos de ellos de antiguos electores del PP.

Casado ha echado del poder al PSOE, pero con un gobierno problemático. Y este éxito –el primero que tiene– no es seguro que tenga más relevancia política que la irrupción de Vox en el mapa electoral. Además, compromete al PP (y a Cs) de cara a las municipales, autonómicas y europeas de mayo.

Por otra parte, puede acabar favoreciendo algo a Sánchez. Perder Andalucía es duro para el PSOE, pero el pacto con Vox puede abrirle un hueco en el centro. Y el miedo a un tripartito de derechas hará que ERC y el PDeCAT se lo tengan que pensar dos veces antes de votar con el PP y Cs contra los presupuestos del 2019.

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