13 de enero de 2019
13.01.2019
Las siete esquinas

Chéjov frente a Shakespeare

13.01.2019 | 05:00

El gran escritor israelí Amos Oz, que murió hace dos semanas en Tel Aviv, decía que la única solución que veía posible para el conflicto entre Israel y Palestina era un acuerdo que tomara como modelo los dramas de Chéjov en vez de la épica sublime de las tragedias shakespearianas. Amos Oz, que luchó en dos guerras –la de los Seis Días y la del Yom Kippur- como oficial en una unidad de carros de combate, sabía que la única posibilidad de llegar a una paz duradera con los palestinos era aceptar la creación de dos estados independientes: uno israelí y otro palestino. Era una solución que no iba a satisfacer a nadie porque implicaba renunciar a los planteamientos maximalistas y a la obsesión por derrotar y expulsar al enemigo, pero era la única posible. Los judíos tendrían que aceptar una autoridad palestina para los asentamientos en los territorios ocupados. Y los palestinos –y los árabes en general- tendrían que aceptar la existencia del estado de Israel y empezar a cooperar con él en vez de vivir en permanente hostilidad. Y por eso mismo, Oz decía que la solución debía ser chejoviana en vez de shakespeariana.

¿Por qué? Muy sencillo. En los dramas de Chéjov –basta pensar en Las tres hermanas o El tío Vania- los protagonistas jamás consiguen alcanzar lo que deseaban: sus historias de amor fracasan, sus sueños se desvanecen, sus esperanzas se quedan abandonadas, así que cuando cae el telón lo único que tienen esos personajes es amargura y desilusión y sensación de fracaso. Ninguno es feliz, ninguno ha logrado lo que quería, pero al menos todos siguen vivos. En cambio, en las tragedias shakespearianas donde todo es retórica sublime y épica inflamada cargada de grandes palabras –honor, destino, libertad-, al final lo único que queda es un escenario rebosante de cadáveres. Muere Hamlet, muere Ofelia, muere Otelo, muere Desdémona, muere Romeo y muere Julieta. Todos los héroes están muertos, y con ellos, sus bellos sueños y sus grandiosas palabras.

¿Podría aplicarse esta idea de Amos Oz a la situación que vivimos ahora entre independentistas y constitucionalistas? ¿Hay una solución chejoviana que ponga fin a la retórica shakespeariana que de momento no ha llevado a ninguna parte? Por supuesto que sí. De entrada, deberíamos renunciar a las grandes palabras que quedan muy bien en los discursos inflamados, pero que no sirven de nada a la hora de gobernar (y gobernar no es gritar frente a una masa de fanáticos, sino mejorar los servicios públicos y administrar con eficiencia los presupuestos siempre escasos). Y luego habría que aceptar que cualquier solución debería tener un final chejoviano, es decir, un final lleno de amargura y pesadumbre y que no satisfaría a nadie, pero en el que al menos todos los protagonistas seguirían vivos y no tendrían que moverse por un escenario lleno de cadáveres. Por supuesto, habría que ceder por las dos partes. Y aceptar que un mal acuerdo, por frustrante que sea, siempre es mejor que un conflicto enconado en el que al final sólo hay retórica y palabras huecas y odio incandescente que aviva sin parar el miedo y el odio.

¿Sería posible llegar a un acuerdo así? ¿Hay una solución chejoviana para el conflicto actual? Sí que la hay. Los independentistas deberían caer en la cuenta de que la Generalitat del año 2016, antes de que sus líderes empezaran a hacer tonterías, era prácticamente un Estado independiente, con una soberanía «de facto» muy superior a la que tienen muchos Estados que son jurídicamente independientes pero que apenas tienen capacidad para hacer nada. Y los constitucionalistas deberíamos entender que nunca podremos encontrar una solución en la que se impongan todas nuestras razones, una solución shakespeariana que extermine al enemigo e imponga nuestra retórica y nuestra simbología y nuestra victoria a cualquier precio. Quizá sería una buena idea para empezar el año.

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