19 de enero de 2019
19.01.2019
La Opinión de Málaga
Galaxia urbanita

Malagram: la tesis

19.01.2019 | 05:00
Malagram: la tesis

Málaga ya no es la ciudad de las mil tabernas, sino la del millón de móviles. Los bares, no hace tanto punto de reunión de la ciudadanía, son ahora casi en su totalidad espacios consagrados a la religión del turismo, catedrales del pescaíto frito, el tinto de verano y la paella. La población nativa se ha refugiado en el rectángulo maravilloso, y si le propones a alguien quedar para tomar una birra, te dice sin mirarte y sin dejar de mirar el móvil: «Pero oye, ¿cómo es que no estás todavía en Instagram?»

Quienes lideran y se informan de redes sociales deberían ponerme (si no lo han hecho ya) un chip espía en mi móvil y ordenador para percatarse de un hecho incontestable: si un tipo analógico como yo se apunta a una red social, es que ya está casi todo el mundo dentro de ella, y por lo tanto hay que desarrollar otra; la que está de moda empieza a dejar de ser molona. Y es que si yo me bajo la aplicación es casi por necesidad, por conocer esa otra ciudad flotante que, vía satélite, se superpone sobre la real y poco a poco la sustituye sin que a nadie parezca importarle. La paradoja de que lo virtual sea más necesario que lo físico se asume con naturalidad, y mientras la ciudad se convierte en un crucero turístico de enero a diciembre, el centro se vacía de habitantes y los sueldos bajan y los alquileres suben, lo que más preocupa es seguir las andanzas de una pareja maravillosa (#perfectcouple) que no para de escupirte en la cara sus viajes exóticos, estar al día de las reflexiones de esas personas insustanciales llamadas influencers sobre si es mejor llevar vaqueros de pata ancha o pirata y llenarse la cabeza de debates protagonizados por gente que, sin tener idea de nada, despotrica desde su habitación a través del YouTube. Y como digas un sábado por la noche que no sabes si estás en el Torremolinos de los 70 o en la Málaga del 2019, como se te ocurra no ya protestar, sino tan solo comentarlo, te tachan de retrógrado, y «a ver de qué íbamos a vivir con gente como tú que no tiene ni idea de la economía global». Si eres tozudo e insistes un poco en abrir un debate sobre un modelo de economía más variado y menos dependiente del turismo, al resoplido de hastío de quien te escucha suelen seguirlo frases como: «Pero tío, si todos los políticos son iguales. En Juego de tronos o House of cards se muestra a la perfección. Deberías ver más series».

Para liarla, yo les digo que no he visto ninguna de las dos, que las series me aburren porque me roban mucho tiempo y prefiero las pelis, el cine y mmmm las palomitas. Entonces sí, todo cuadra: mi modelo antiquísimo de móvil de hace dos años, que tenga un portátil con Linux, que añore eso de quedar a tomar unas cañas y que proteste por las cosas. «Con lo listo que pareces, tío». En ese momento pienso que a ver si es verdad y me estoy perdiendo la gran innovación de la raza humana, lo bonito que es estar hiperconectado, para qué estar solo si puedes estar siempre acompañado, aunque en realidad estás más solo, o sea, eres más independiente porque no dependes de la gente, sino de una aplicación que oye, cuando quieras puedes dejar de verla cada vez que consultas el móvil, nadie te obliga a ello.

Y bueno, puede que sea fenomenal eso de seguir a quinientas personas que no conozco, amargarme por la vida de mierda que tengo y no profundizar lo más mínimo en quien tengo al lado, que sí, puede ser que mi alma gemela, mi media naranja sea un conjunto de muchas características de gente a la que nunca veré, eso de la inteligencia y el corazón global son conceptos que te llegan. Y si no, es que eres un viejuno ochentero. Así que, ea, me bajo el Instagram y entro en Malagram.

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