11 de febrero de 2019
11.02.2019
De buena tinta

No es ablación, es mutilación

11.02.2019 | 05:00

Cuando una aberración se maquilla con el translúcido barniz de las nomenclaturas, las inexactas contextualizaciones religiosas, la reduccionista localización territorial y las eventuales complicidades por omisión social e institucional, bien pudiera llegar a parecer que lo que es escandalosamente grave se torna trivial, anecdótico, casi aceptable. El pasado seis de febrero se conmemoraba el día internacional de tolerancia cero contra la mutilación genital femenina. Desde la representación en Málaga de Médicos del Mundo, de forma pionera en Andalucía y bajo la coordinación de Begoña Espinosa, se ha iniciado un complejo proyecto a fin de dar visibilidad pública a la cuestión, fomentar la formación y concienciación de los profesionales sanitarios que la abordan, promover trabajos de mediación cultural con las asociaciones del ramo y revisar e impulsar la puesta en marcha de los protocolos de actuación vigentes. Del mismo modo, resulta indiscutiblemente necesario facilitar e iniciar un proceso de diálogo con las directamente afectadas: mujeres que, en la mayoría de los casos, nos arroja el mar a nuestras costas y que, en muchas ocasiones, no llegan a sentirse víctimas sino, simplemente, sujetas de manera inevitable a su propia condición. Como tampoco suelen tener conocimiento de que, en España, pueden solicitar asilo político inmediato como víctimas de la mal llamada violencia de género. Pero, en cualquier caso, por lo que respecta a la visión social de esta infamia, desde mi parecer, antes que aprender, es importante desaprender. Conforme a lo dispuesto por el diccionario de la RAE, el término ablación, desde el punto de vista médico, viene a significar la extirpación de un órgano, concepto que, en el caso que nos atañe, puede llevar aparejado un alto grado de confusión. Hay ocasiones en las que extirpar, médicamente hablando, puede ser bueno, necesario, incluso vital. Sin embargo, no hay contexto médico ni de salud pública que justifique ningún tipo de mutilación como concepto. Independientemente de las expresiones o circunloquios que, con más o menos tacto, puedan referir los profesionales para tratar directamente con las afectadas, lo cierto y lo justo es que el término social e institucional debe ser mutilación, no ablación o escisión, tal y como se viene expresando de manera oficial por parte de la Organización Mundial de la Salud. Otro presupuesto falso que es preciso desmontar de manera inmediata es el de relacionar exclusivamente dicha salvajada con territorios árabes y fundamentos religiosos vinculados al Islam. La mutilación genital femenina se practica en África, sí, pero también en Latinoamérica, Europa y Asia. Si hablamos de países, entre otros muchos, también cabe decir que la barbarie tiene presencia aquí, en España. No está lejos. Y, a pesar de lo que se crea, como les decía, en el Corán no hay referencia que justifique esta atrocidad: una práctica que se alza como una clara vulneración de los derechos humanos y cuyo origen no es religioso, sino tribal. Una aberración que acontece tanto en comunidades islámicas como cristianas, viejos núcleos donde persiste el infame sistema de dominación patriarcal que persigue reducir o eliminar el deseo sexual de la mujer a fin de que ésta llegue virgen al matrimonio. Y dicho esto, desmontemos, a continuación, la asepsia quirúrgica de su ejecución. Evidentemente, como supondrán, la mutilación de los tejidos de los órganos genitales femeninos, lesionados, cortados o eliminados, total o parcialmente, no acontece en un quirófano. La anestesia brilla por su ausencia. Para su ejecución, nos basta el campo y cualquier cuchilla, cuchillo o tijera. Incluso dos piedras. En el común de los casos, los daños colaterales llevan aparejadas graves hemorragias, problemas e infecciones en el tracto urinario, así como quistes y complicaciones severas en el parto. En el peor, la implacable pérdida de sangre puede acarrear la muerte inmediata. Criaturas, niñas, piensen en sus hijas o sus amigas, que sufren una de las mayores agresiones por razón de sexo que nuestro siglo porta vergonzosamente sobre sus hombros. Imagínense la cuchilla frente a una menor de edad forzada a piernas abiertas en una tortura que se fundamenta en la sumisión ante a una sociedad machista que anula toda posibilidad de libertad en la mujer, su evolución como tal, el disfrute de su plena sexualidad y su capacidad de decidir lo que le plazca. Nos enfrentamos a una de las más sangrantes abominaciones cometidas contra la mujer de nuestro tiempo.

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