11 de febrero de 2019
11.02.2019
Fuego amigo

Diálogo

Hoy, ese diálogo está transido de humillación y derrota. Es bueno hablar del futuro de Cataluña, pero no así, sino en el Parlamento

11.02.2019 | 05:00
Quim Torra atendiendo a la prensa.

Hablas para poner fin a una relación o para tratar de empezar otra, para que te paguen más o para que no te bajen el sueldo, para pedir un café con leche en cualquier bar, para sacar la entrada del cine e indicarle al taquillero qué película deseas ver, te habla el médico para decirte que te cuides la tensión, que te tomes tal pastilla para la gripe o para informarte de que no hay nada que hacer con aquellos síntomas que te molestaban tanto antes de acudir a tu consulta, dialogas para que el banco no te cuente una o mil comisiones, para que tu compañera de trabajo deje cantar mientras tú estás a lo tuyo, para que el quiosquero te venda el periódico que quieres o para que el mecánico te arregle el coche sin pasarte a cambio una factura obscena, eliges callar cuando alguien grita o te insulta, cuando tus compañeros no citan una primicia que has dado, cuando no quieres que otra persona te vea o cuando eres tú quien no quiere ser escuchado. Charlas para preparar la ruptura y decir hola a un amor, a un hijo o a un nuevo sobrino, cuando esperas que la ginebra con tónica esté a tu gusto, un punto amarga, cuando comentas las vicisitudes de esta vieja y puta profesión que tanto amor e hiel te proporciona, tratas de arreglar el mundo, sabes lo que tienen que hacer Trump y Maduro, y escuchas a esos prebostes de Twitter diseccionando el mundo desde su reducida ventana a lo universal, charlan los políticos para no arreglar nada, declama el poeta para que alguien se regocije con su poema, grita el tenista cuando su saque es directo y logra puntuar con él, cuando el Málaga mete un gol o cuando ves que ella sigue ahí, callada e inasequible al desaliento de tu complicada personalidad. Hablas cuando quieres decir algo intrascendente o te crees Sócrates y tratas de establecer las reglas básicas de tu reducido mundo, murmuras al leer novela de Murakami o un ensayo de Zweig, cuando ves a una persona atractiva o al subir a una cima que siempre quisiste alcanzar. Escribes a través de las redes sociales para que te escuches, tratando de emular una charla que se convierte en soliloquio, sollozas ante la pérdida de un ser querido y falsamente te afliges cuando quien se ha ido sólo era una presencia circunstancial en tu vida, hablas cuando recuerdas que fuiste niño en una ciudad más hosca que la que ahora contempla tu adultez, tratas de dialogar con quien te importa o de no escuchar a los que dejaste atrás para que se ahoguen en su propio veneno, rechazas dialogar con la envidia y la miseria humanas, charlas cuando te sonríen, cuando lloran por ti o te hacen llorar por otros, cuando la ves a ella acercarse para acariciarte, un refugio en el mundo. Dos no dialogan si uno no quiere, pero esa charla apenas iniciada entre el Gobierno central y los independentistas catalanes no es como las demás no es una conversación normal, sino la de un se ha tragado enteros las exigencias de los racistas y criminales nacionalistas que se alzaron contra todos un triste 1 de octubre. Hoy, ese diálogo está transido de humillación y derrota. Es bueno hablar, pero no así, sino en el Parlamento.

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