18 de febrero de 2019
18.02.2019
La Opinión de Málaga
De buena tinta

El vuelo de Don Draper

18.02.2019 | 05:00
El vuelo de Don Draper

Desde siempre, la tubaritis y el pánico han traído causa a mi más que manifiesta hostilidad hacia los viajes aéreos. Suelo volar lo justo, poco o nada, lo cual, para mí, ya es más que demasiado. Nos anuncia la prensa local que el aeropuerto de Málaga superó el millón de pasajeros el pasado mes de enero. A pesar de lo que les refiero, yo, aquí donde me ven, también formé parte de esa estadística. Cuando mi mujer imprimió los billetes de avión, se abatió sobre mí aquella familiar e inoportuna sensación de futuro desasosiego aéreo. Es en momentos así cuando mi cerebro, en un claro acto de defensa propia, me suele recordar aquel capítulo de Mad Men en el que Don Draper viaja en avión. Sí, Don Draper, ya saben, el publicista más famoso y con más empaque de HBO. Y ya no sé si es que Draper irradiaba glamour al vuelo o que, verdaderamente, allá por la década de los sesenta, los viajes aéreos eran otra historia. El caso es que el icono de Sterling Cooper & Partners subía a bordo de la nave con su inigualable traje a medida y, acomodado en un sillón lo suficientemente amplio como para cruzar las piernas con sobrada holgura, hojeaba y ojeaba el periódico a brazos abiertos justo antes de que una azafata azul, linda como el cielo, le ofreciera un Old fashioned y le galardonara la solapa, a modo de obsequio personal, con su insignia de la compañía aérea. Como fondo, por si fuera poco, el más hermoso y naranja de los atardeceres irradiaba su tibia luz a través de la ventana del avión. Y fue así, con aquella idílica ensoñación en mente, como me planté en el aeropuerto de Málaga el pasado mes de enero. Los previos o preliminares, como dicen los sexólogos, bien pudieran definirse con aquella expresión de "la primera en la frente". Porque aunque la seguridad de un vuelo, indiscutiblemente, resulte ser cuestión de trascendencia vital, seamos francos: ese protocolo de quitarse la correa y los zapatos en el control de seguridad previo al embarque no es lo mío. Ya existe en el planeta tecnología más que suficiente como para que aquello no acontezca. Pero vaya, en cualquier caso, salvado este escollo, una vez dentro de la nave, que es donde yo quería llegar, los sillones no es que me parecieran estrechos, es que tuve que entrar con la postura hecha para encajarme en mi plaza. Amén de asumir estoicamente los subsiguientes roces íntimos y de irremediable estrechez que tuve que compartir con quien dijo ser un dentista de Cuenca. Queda patente pues que el glamouroso encanto de los viajes aéreos quebró, hace ya muchos años, en favor de la necesaria política de bajo coste y la apertura de puertas a la clase media, conceptuándose los mismos no ya como algo exclusivo sino como un medio de transporte más entre otros tantos. Lo mejor, sin embargo y como mucho, los trabajadores del sector. No puedo dejar de recordar que, en el viaje de vuelta, mi mujer y yo aventurábamos, en tren y a contrarreloj, un azaroso retorno hacia el aeropuerto con quince minutos de retraso respecto de la hora de cierre del embarque. Fue entonces, en mitad de aquella desesperación, cuando, a unos pocos metros, la vimos a ella: sentada en el vagón y luciendo como un guante el uniforme y los colores de la compañía aérea. Toparnos con ella fue como ver la luz. No estaba de servicio ni en su puesto de trabajo, simplemente viajaba en tren hacia el aeropuerto, como nosotros. Pero, a pesar de ello, en un claro ejemplo de empatía y profesionalidad, con un incuestionable saber estar y unas maneras dignas del mejor capítulo de Mad Men, no sólo respondió a nuestras preocupaciones y temores sino que nos acompañó a través de pasillos secundarios y consiguió evitar que perdiéramos el vuelo. De no ser por ella, yo no hubiera podido abrazar a mis hijos aquella tarde. Les hablo de una profesional de las nubes, digna de elogio, que siempre recordaremos. Una azafata de vuelo que engrandece el oficio, a la que me siento eternamente agradecido, a la que nunca olvidaré y de la que, parafraseando a Adso de Melk, jamás supe ni, probablemente, llegaré a saber su nombre.

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