19 de febrero de 2019
19.02.2019
Tribuna

Amar y los imperativos

19.02.2019 | 05:00

No sé si es la influencia desmedida de la publicidad en nuestras vidas, el emocionalismo que intenta que la razón desaparezca, o una educación donde capricho, imposición y falsificación batallan día tras día para mutar la realidad en un sapo a tragar€ No lo sé, pero el uso del imperativo y la exposición pública de los sentimientos más íntimos –sea en redes sociales, periódicos o televisión– se ha vuelto una constante y un sospechoso aquel que no practica tal impudor. El imperativo se adueña de vallas publicitarias y campañas institucionales y lo hace con descaro tan grande que cualquiera diría que vivimos en una dictadura fascista o en un estado comunista. Las consignas, ya saben y la formación de la conciencia popular. Ama esto, haz aquello, cuida de lo otro€ Cualquiera diría que se tiene a la sociedad por un hatajo de bárbaros y que se fomenta el infantilismo como otra forma de tener controlado al personal. Por si no bastara con las que ya existen, cada vez más sofisticadas.

Soy alérgico a los imperativos. Como lo soy al sentimentalismo barato y a la mentira, especialmente si se destina a la obtención de un poder. Esto es incómodo porque la política –desde dentro y hacia fuera– está asociada a la mentira con más impunidad que un reo ante el juez. Pero a medida que hemos avanzado en el siglo observo que mi alergia es una anomalía.

Hay demasiada gente que está encantada con que le mientan, o le digan lo que tiene que hacer, pensar o decir. Demasiada gente dispuesta a creer en la piel del cordero y olvidar al lobo que hay debajo. Y mientras las religiones van diluyéndose en el vacío, esa gente va aumentando que es un contento. Hay doctrinas políticas que ocupan el papel que ocupaba antes la religión con una furibundia y un convencimiento de estar en posesión de la única verdad, que ríanse de los dominicos inquisidores. Pero al mismo tiempo que se imparten directrices y dictan anatemas para los que no piensan como toca, suelen utilizar el verbo amar –no olvidemos que son las nuevas religiones– con una facilidad asombrosa. Tanta, que la identificación de la palabra con su significado deja de ser la que era y había sido siempre. Ama la tierra; haz esto o aquello porque si no, no amas a tu pareja; declara en voz alta tus sentimientos de grupo o sabremos que no los tienes; no hables de tal manera, rancia y reaccionaria, y hazlo de esta otra que nosotros te decimos€ ¿Por qué será que cuidan tanto de nosotros? ¿De dónde sale esta pulsión que más deprisa que despacio todo quiere barrerlo?

El verbo amar encierra tal potencia que raras veces el sujeto y el objeto amado están a la altura. Por eso en la vida cotidiana usamos más el querer que el amar; por respeto. Y nunca hablamos –o nunca hablábamos, ahora ya no sé– de lo que de verdad amamos. No decimos: amo a mis hijos, o amo a mi mujer, o a mi marido. No lo decimos porque no son sentimientos que deban ingresar en el dominio social, sino que pertenecen al territorio de la intimidad y se sobreentienden. Y cuando alguien se manifiesta públicamente de esa manera, o hay gato encerrado o la cosa va mal y a peor.

Del mismo modo uno puede amar un paisaje o una casa y establecer con ellos una identificación que lo modula y hace y enriquece, pero no por eso ha de manifestar, como un Nerón con la lira, su sentimiento aquí y allá. Con vivirlo y agradecerlo con hechos es más que suficiente. Y lo mismo ocurre con la música, la literatura o ciertas obras de arte. No decimos: amo a Piero della Francesca, o amo al Giotto, o amo a Carpaccio, pero nadie podrá quitarnos lo sentido frente los frescos de cualquiera de los tres. Por eso mismo no puede decirse con sinceridad que se ama un país, una cultura o una lengua: hay trampa en esas afirmaciones, por afecto que se sienta ante una idea de país, una idea de cultura o una idea del uso de una lengua, a sabiendas de que esa idea, además, puede ser una idea equivocada. El amor es metafísico y lo demás, no. Podemos sentirnos en casa –y como en casa, en ningún sitio– al pertenecer a una cultura determinada, ser de una nación y no de otra, o perfeccionar nuestra lengua mientras la hablamos. Pero quien disfruta de una lengua desea más y quien pertenece a una cultura –todos lo hacemos– ésta le sirve como método de conocimiento y estima de otras. Amar produce una alegría distinta –no me atrevo a hablar de felicidad– pero nunca se ama a la contra. Tal vez ya sea tarde, pero deberíamos aprenderlo: nunca se ama una lengua a la contra de otra; nunca se ama una nación a la contra de otra, nunca se ama una cultura a la contra de otra. Y perdón, aquí, por usar el verbo amar: deben de ser los tiempos, que nos contagian sin quererlo.

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