22 de febrero de 2019
22.02.2019
Tribuna

Matemáticas y Filosofía

Paolo Zellini bucea con gran erudición en los últimos treinta siglos a la búsqueda del fundamento de una racionalidad unitaria

22.02.2019 | 05:00

Paolo Zellini es matemático de profesión, pero sus indagaciones le llevan por igual tanto a la ciencia del cálculo como a la filosofía. Su Breve historia del infinito le dio celebridad hace unas décadas. Número y "logos", recientemente traducido por Juan Díaz de Atauri, fue publicado en italiano en 2010. El profesor de la Universidad de Roma alcanza en este libro una de las cimas de su investigación y de ahí que sus dos publicaciones posteriores -La matematica degli dei (2016) y La dittatura del calcolo (2018)- parecen ser un esfuerzo de enfatización, y también de divulgación, de tesis acometidas en esta obra fundamental que ahora comentamos, la cual, por otra parte, representa el resultado de toda una vida de estudio. Como tal cumbre, Numero e Logos, es un escrito denso y complejo, de difícil lectura sin duda, donde la supuesta teórica frontera entre las letras y las ciencias se borra de hecho completamente. Es esta una de las consecuencias con las que más he disfrutado leyéndolo. Seguramente criterios de utilidad profesional llevan a establecer una línea entre la lógica de los números y la dialéctica de los filósofos, pero esta distinción se diluye muy pronto muchas veces en cuanto se profundiza algo en un saber estricto. Resulta un lujo intelectual y una contribución de primera línea que queden entreveradas las aportaciones de Homero, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Euclides, Cleantes, Filón de Alejandría, Pablo de Tarso, Nicómaco de Gerasa, Teón de Esmirna, Numenio de Apamea, Orígenes, Plotino, Teón de Alejandría, Agustín de Hipona, Proclo, Tomás de Aquino, Kepler, Galileo, Descartes, Pascal, Spinoza, Leibniz, Newton, Euler, Kant, Hegel, Dedekind, Nietzsche, Cantor, Weber, Hilbert, Russell, Wiener, Heidegger, John von Neuman, Simone Weil, Gödel, Quine y Foucault, entre los más citados de una nómina de cerca de trescientos autores visitados y bien comentados. Las difíciles argumentaciones en que tiene que entrar el matemático de Trieste para articular tal complejidad de temáticas (mitológicas, teológicas, filosóficas, lógicas y matemáticas) quedan revestidas todas ellas por una tesis única, bastante clara y precisa, que atraviesa toda la obra: los elementos que hacen posible que se formen tanto los números como las palabras y conceptos son en su origen indistinguibles; y este principio de cohabitación entre lo numérico y lo "lógico" es una constante que recorre toda la historia del saber durante treinta siglos -lo mismo en Occidente que en Oriente-, de manera que, a pesar de haber amagado muchas veces con escindirse en dos saberes distantes, los últimos avances matemáticos insisten en esa afinidad intrínseca, a juicio de nuestro filósofo de las matemáticas. El título del libro hace honor, desde luego, a su contenido. En paralelo a esta tesis principal hay una segunda tesis, que también articula toda la investigación, que viene a establecer que los saberes míticos y religiosos no son la negación de los filosóficos y científicos, por cuanto estos, lejos de ser la contraposición de aquellos, serían más bien un modo de evolución de ciertas verdades esenciales de las teologías. El "logos" ya habitaba desde el principio en el "mitos". Esta arriesgada idea de asimilación de lo divino y lo humano, fácil de embrollar, tiene un recorrido muy defendible -como sucede en la filosofía de la religión de Bueno, a quien el autor parece no conocer-, pero también puede abocar a unas consecuencias que trascienden los contenidos positivos estudiados y pasar a situarse del lado de los principios basados en la fe. Los lectores que sean creyentes encontrarán, así pues, en el análisis de este libro, continuos asideros racionalizados que dan fundamento a sus creencias, pues en una especie de síntesis a mitad de camino entre el argumento ontológico de san Anselmo y la tercera vía tomista (la que exige el ser necesario desde la contingencia de los seres, esta, me parece, más que cualquiera de las otras cuatro vías de demostración a posteriori), Zellini nos desvela aquí y allá una de sus certezas más acendradas: que el número "uno" del que son deudores el resto de los números enteros -y, por extensión, todos los demás números- sería como una huella indeleble de la existencia de ese dios, también uno - sin perjuicio de la Trinidad y de las tesis panteístas que resuelven a todos en el Todo-. Por las mismas razones, los lectores que no sean creyentes, pensarán hallarse ante elementos discursivos ya superados, tras el único dios posible racional -el dios de Spinoza o el de Laplace o el de Hegel-, que equivale en definitiva a la aniquilación del dios de las religiones. Y quien lea con ánimo abierto filosófico no podrá dejar de plantearle a Zellini: cuando hablas de "dios", aparte de ese principio unitario metafísico al que te refieres, ¿qué más estás presuponiendo o induciendo?

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