28 de febrero de 2019
28.02.2019
La punta del iceberg

Ser andaluz

28.02.2019 | 05:00

Ser andaluz nada tiene que ver con haber nacido en Andalucía. Nadie nace envuelto en una bandera. La única frontera que se cruza en el parto es el vientre de la madre. La identidad se fragua en los primeros años. La gracia y el donaire se aprenden en un ejercicio continuo de imitación de todo lo fascinante que arropa nuestra infancia. El mundo se reduce a unos metros cuadrados de arraigo que construyen con mayor o menos acierto nuestros tutores. A esa edad, de poco importa la nacionalidad.

Ser andaluz tampoco tiene nada que ver con los tópicos que desde siglos, y como un sobado sambenito, han colgado a nuestras espaldas quienes tratan de reducir la identidad de un pueblo a simples clichés, de recuerdo fácil para mentes poco aprovechadas.

El vínculo territorial se engendra cuando contemplamos el sudor de nuestros padres por llegar a fin de mes, sin importarle horarios ni fines de semana, con la intención de que no nos falte la merienda, aquel juguete que nos robó la mirada, o la túnica de nazareno para salir en la cofradía del barrio. Los verdaderos orfebres de nuestra nacionalidad son aquellos que nos cuidaron. Porque la identidad se forja como el repujado de una canastilla, con la fuerza del martillo y la ternura del cincel.

Ser andaluz se cultiva con el aprendizaje de nuestra historia, salpicada de conquistas y reconquistas. Una simbiosis de imperios que plasmaron su impronta en el paisaje y en el alma de cada uno de nuestros antepasados. Tierra de cruce de caminos para íberos y fenicios, cartagineses y romanos, visigodos y árabes, judíos y cristianos. Una amalgama de razas, culturas y religiones que labraron la personalidad de un pueblo, amable y respetuoso, solidario y honesto. Tristemente sumiso a veces por ser enemigo de la espada y la confrontación, y sobre todo, con un atávico hartazgo de la sangre derramada.

Ser andaluz es correr aquel 4 de diciembre de 1977, en el que una bala cercenó el corazón de Caparrós pero grabó la libertad en los andaluces que reclamaban el derecho a elegir su destino, a cuidar de la tierra, a ayudar a su gente.

Ser andaluz es ser Trajano y Adriano en su conquista del Imperio, es priorizar a la persona frente a lo material como promulgó Séneca, es mantener la firmeza de Mariana Pineda, es llorar con Machado en su persecución hasta Colliure, es morir en una cobarde carretera y nacer a la gloria lorquiana. Ser andaluz es alistarse con Victoria Kent en su lucha por los desfavorecidos, es amar como Bécquer, pensar como María Zambrano, pincelar la muerte como Velázquez y la gloria como Murillo, transformar, como Falla, el exilio en música o bombardear la tiranía con la desfigurada geometría de Picasso.

Ser andaluz nada tiene que ver con los símbolos que algunos políticos ondean cuando hay viento a favor. Los símbolos contienen los sentimientos, las tradiciones, la historia y la personalidad, pero nunca al contrario. Sin los ingredientes, no hay plato. De nada sirve un nacionalismo cacique que cabalgue bajo cualquier bandera si ésta es tan liviana como las razones y valores que la agitan.

Llevo tatuado tu nombre bajo la piel con la que me envolvieron mis padres, Andalucía. Luzco a gala el valor con el que afrontas la desigualdad, la gracia con la que haces bailar el sufrimiento y el arte con el que interpretas la vida. Andalucía, tú eres esa patria sin fronteras que tiñe el odio de blanco pacífico y de verde la intolerancia.

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