01 de marzo de 2019
01.03.2019
El ruido y la furia

Fuegos fatuos

En el arte, como ocurre siempre con las cosas imprescindibles, todo es símbolo. Pero lo que se queda fuera del arte es otra cosa

28.02.2019 | 21:22

Arde a veces todo porque a veces parece que todo arda en deseos de arder. Arde la vida, el presente, como arde el cielo en ese momento del atardecer que tiene la facultad de hacer callar por unos instantes al viento y a los pájaros.

Arden de pronto también los tiempos porque nos arrebata un ardor y queremos incendiar la historia, dejar un legado de ceniza, un recuerdo de humareda. A veces es una guerra entre hermanos, a veces es un preámbulo que nunca concluye, a veces es, como ahora, una convulsión generalizada, una algarabía de sinrazones, una consecución de malas ideas, una sombra de odio que todo lo enturbia. España es posible que tenga la plusmarca mundial de este tipo de errores, y si no la tiene, porque estas cosas tal vez no las mida nadie, seguramente la merece. Y todo eso se refleja diariamente en los talleres, las oficinas, la cola del supermercado, las pocas mercerías que van quedando. Y hasta en lo artístico.

Ahora quieren hacer arder al rey como modo de arte. Se puede ver en Arco en estos días un ninot de cuatro metros que representa al rey Felipe VI, y quien lo compre (por el módico precio de 200.000 euros), estará obligado mediante contrato a quemarlo en un año. El ninot es obra de Santiago Sierra, que ya ha presentado otros trabajos polémicos como el de "presos políticos" o aquel en el que se mostraba a Franco en una nevera.

Nunca he dudado del inmenso valor artístico de los ninots valencianos, y siempre me ha fascinado su vocación de ser efímeros, de estar hechos para ser destruidos. Pero su valor se basa en eso y también en el contexto, que es el que le da sentido. Fuera del contexto echar a arder el ninot no pasaría tal vez de gamberrada.

Es indudable la belleza de lo perecedero. Hay un concepto artístico japonés, traducido como «aware», que hace referencia precisamente a ello, a la sensibilidad de conmoverse ante lo fugaz, como quien se mira al espejo y, al sentir el paso del tiempo, se embarga de una sosegada tristeza que, sin saber por qué, le eleva.

En el arte, como ocurre siempre con las cosas imprescindibles, todo es símbolo. Pero cuando quiere ser símbolo nada más y se queda fuera el arte, aterido, desencajado, estamos ante otra cosa. Y algunas expresiones contemporáneas, a las que encuentro más interés en la provocación, en el impacto, en el gesto, que en la elevación, son eso, fuegos fatuos, el modo de arder que tiene lo podrido.

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