02 de marzo de 2019
02.03.2019
Galaxia urbanita

La Quijota de Pedrega

02.03.2019 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Me habían advertido que mejor no me acercara a ella. «Es arisca, huraña y sobre todo borde. Aunque a veces es lo contrario y te empalaga de tantísima dulzura», me decían nuestras amistades comunes. Y yo, que colecciono personalidades excéntricas, cuantos más detalles me contaban, más interés tenía en tomarme algo con ella, colarme en su casa, ser blanco de sus críticas furibundas o sus halagos desmesurados. Hace unos días lo conseguí. Le dije a través de su página web que le quería comprar uno de sus dibujos –las pinturas se escapan totalmente de mi presupuesto– y ella accedió a vendérmelo, dijo que me pasara tal día por su casa y me invitaría a un té.

Lo primero que he de aclarar es que conmigo no fue ni corrosiva ni dulzona, creo que le suscité indiferencia; parece ser que decidió mostrarse de un modo lo más plano posible, para que pudiera verla desprovista de esos ademanes teatrales que le daban tanto renombre en los corrillos artísticos; más que comprarle su obra, la entrevisté. Y así pude percibir que es curioso lo que hacen de una persona las habladurías y esa fama incierta que nos precede y que a veces –demasiadas– nos esclaviza a lo que los demás piensan, que nos sirve para acomodarnos a dejar de pensar por nosotros mismos: es más fácil parecer lo que dicen que somos que atreverse a ser. Y en personas como la Quijota no se sabe dónde empieza una cosa y acaba la otra.

Lo que más me llamó la atención de su casa no fue la profusión caótica de cuadros, dibujos, pinceles y otros objetos, pues todo esto suele ser casi obligatorio en donde trabaja quien se dedica al arte, y se acentúa cuando no comparte con nadie el espacio, como era su caso; lo más sorprendente fue contemplar su biblioteca de decenas de ejemplares con una característica inusual: ningún libro tenía portada, todos los ejemplares estaban deslomados y con el nombre de quien lo había escrito tachado en la portadilla y en cualquier otra página en la que apareciera.

–En la librería a donde voy me preparan los libros de esta forma. Me gusta leer sin dejarme influir por quién los ha escrito. Me da igual que sea mujer, hombre, ucraniano o peruana. No me interesa lo que piense, sino lo que quiera contarme. Mi crítica es tan sencilla como pura. Deberías probar.

Le pregunté por un calendario gigante que tenía señalados varios días: con un círculo rojo los martes, verde los jueves, y los sábados con uno negro.

–¡Qué cotilla eres! Te explico: el martes es el día que me toca ser mentirosa. Me lo paso bien, es como actuar. Los jueves me dedico a salir a la calle y meterme donde no me llaman, no vuelvo a casa sin haberme peleado con algún capullo o alguna gilipollas que está puteando a alguien, sea humano o animal. En el barrio me dicen la Quijota, y ya hay quien se esconde cuando me ve los jueves; también quienes se quieren juntar para darme una paliza. Que se jodan.

–¿Y los sábados de negro?

–El día sin luz. Como pintora, me paso la mañana, la tarde y la noche dándole vueltas a la luz, me fascina. Los sábados me pongo una venda, me tumbo en la cama y escucho música. Vamos, que me relajo.

Me dijo estas razones y otras parecidas –a cuál más original– casi sin mirarme, centrada en una pintura de dimensiones diminutas.

–Desde que me regalaron esta lupa de relojero, he descubierto la textura de lo pequeño. Me gustaría ser una mosca: ¿sabes que tienen cientos de ojos? Una mosca ciempiés, para pintar con muchas manos y muchos ojos al mismo tiempo.

Contemplé sus dibujos, las pinturas. Su estilo me recuerda a Ressendi, el pintor sevillano. Me atreví a comentárselo:

–Ya me lo han dicho alguna vez. Sí, tenemos cosas en común, lo que pasa es que a mí me pierde el detalle. ¿Llevas dos días sin afeitarte?

–Tres.

–¿Ves? Casi siento cómo crece tu barba; me gustaría poder oírla. El pelo es como la hierba, lo único que sabe hacer es aumentar, y lo único que sabemos hacer nosotros es cortarlo. Hemos creado un mundo de cuchillas, tijeras y podadoras, nos asusta dejarnos llevar.

Me fui con un dibujo de una niña que hace pompas de jabón en medio de una calle transitada. Nadie la mira, excepto –y me doy cuenta ahora– un gorrión que, posado en un alféizar, parece que sonríe.

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