05 de marzo de 2019
05.03.2019
Al azar

El malvado Xabier Arzallus

05.03.2019 | 05:00

Xabier Arzallus aporta el primer ejemplo de un clásico de la transición política que recibe, con motivo de su muerte, los mismos dardos que recibió en vida. Inaugura la etapa en que el fallecimiento de un personaje ni siquiera firma una tregua. Clausura el imperio de la reconciliación que ha caracterizado al postfranquismo. La implacable recepción a la desaparición del presidente eterno del PNV se erige en signo de los tiempos. Carrillo y Tarradellas no podrían volver hoy a España, salvo con vistas a un fusilamiento o una prisión perpetua revisable. Sin embargo, el país que acogió a sus herejes asombró al mundo. Después, perdió la fe en sí mismo.

Arzallus fue el cardenal de la transición. O jesuita, sin más. Interpretó voluntariamente el papel de malvado, adivinó que sería recordado póstumamente con ese estigma. El supremo ideólogo del nacionalismo vasco acusaba al PP de necesitar la «úlcera sangrante» de ETA para alimentar su gallardía. Sin embargo, a continuación enviaba a sus huestes a Madrid a votar a los populares, según puede atestiguar un tal Aznar. Se limitaba a aplicar la táctica de Kissinger, los calificativos de amigo y enemigo nunca son definitivos.

Leo cada entrevista de Sánchez o Casado por obligación, pero no me perdería ni una línea del Arzallus que hablaba en alemán sin necesidad de un falso máster. Igual que Jordi Pujol, su equivalente con la fachada de un cargo. Una vez lo apellidé 'Arzalluz', y los integristas me reprendieron que «si lo llamas así, han ganado». Nadie ganó aquellos años, otra forma de definir la paz. La ingenuidad ha sido dañina, porque la transición no es una historia de buenas personas y al bipartidismo lo fabricaron sus adversarios. La muerte del patriarca peneuvista demuestra que a España la sostenían los antiespañoles, un excelente contrapeso al dogmatismo centralista. Cuesta entenderlo, por eso lo llaman política.

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