07 de marzo de 2019
07.03.2019
Tribuna

Demasiado ruido

07.03.2019 | 05:00

La lavadora automática es un gran instrumento de conciliación. Ha desactivado las pocas excusas que les quedaban a los hombres para escaquearse de la colada. Antes había que arremangarse junto al río a restregar las manchas, o batirlas a palos o remover la ropa con una vara en enormes calderos de agua ardiente, tareas que se reservaban a la mujer, mientras ellos se iban a la guerra, de caza o conquistas menos épicas. Se dice que las damas medievales no lavaban nunca sus vestidos sino que los utilizaban hasta que el sudor, el roce y los afeites los dejaban tiesos. Entonces los regalaban a las criadas, que al ponérselos sentían cómo la prestancia de sus dueñas se transfiguraba en sus cuerpos. La higiene nunca estuvo tan presente en nuestros genes como cuando se automatizó. El sexo masculino ya puede estar agradecido a sus congéneres inventores, porque, aunque no nos pongamos de acuerdo en cuál, fue un hombre quien ideó el electrodoméstico. Nuestro país es una inmensa lavadora en pleno programa de centrifugado de frustraciones. Lo es el mundo entero, pero para asegurar un poco más el efecto metáfora, reduzcamos el espectro. Estamos rodeados de un contorno verbal borroso, un espacio de líneas difusas, en que las ideas y gestos pueden ser una cosa y su contraria. A este fenómeno aludió en los 70 la novelista americana Mary McCarthy, pensando en Hannah Arendt y su arriesgada tesitura. Arendt, exponiéndose a la incomprensión de su contexto, sugirió la necesidad de buscar nuevos discursos y respuestas a la realidad política del segundo cuarto del siglo XX, una época de acontecimientos explosivos y en el que el totalitarismo salió de la caverna. Su apuesta por observar el mundo desde la perspectiva del otro sería estéril ahora, cuando nadie es capaz de abismarse ni siquiera un poco y examinar de qué materia están hechas sus propias pretensiones. Sin propuestas sólidas, sin una arquitectura de las ideas realizables y necesarias, dirigir la mirada en cualquier dirección supone acentuar más esa ceremonia de la confusión. Porque, ¿qué clase de "reconquista de los valientes" necesitamos? ¿Vamos a ver resurgir a los templarios de sus tumbas para librarnos de la peste de los impíos? En el tiempo en que sobran salvadores de la patria que se arrogan la portavocía de todo un país sin haberse sometido a consulta en las urnas, no hay prerrogativa que pueda sancionarse ni misión que se valide por un despliegue de autocares en procesión organizada, sean diez mil, cien mil o un millón. De eso ya ha habido en toda la gama cromática del arco iris y, en cuanto a las reconquistas, la experiencia nos enseña que tienden a arrasar como el caballo de Atila. ¿Eso quiere el PP, que se jacta de su constitucionalismo? ¿Desea volver a los tiempos del estado preautonómico? ¿Sostiene el discurso que criminaliza la inmigración, la tibieza frente a la violencia machista y la España de pandereta que amenaza con regresar, aprovechándose de otros desconciertos, como el encaje de Cataluña? ¿Están de acuerdo en reducir este pulso a un batimiento de banderas, como espadas afiladas? El ruido gobierna el mundo y tenemos muchas preguntas pero aunque se hiciera el mayor de los silencios en medio de tanta grandilocuencia y éxtasis, tampoco oiríamos ninguna respuesta porque parece que ni unos ni otros la tienen y no se entretienen en buscarlas. Mientras tanto, el ruido impide que pensemos. ¿Es esa la pretensión? Hay una urgencia por cambiar el escenario y a sus protagonistas para ocuparlo con las mismas posibilidades de triunfo. ¿Qué significa, si no, esa amalgama repentina e indescifrable de los tres partidos de la derecha? ¿Y cuántos otros también se avergüenzan de salir en la foto? A veces las prendas de color destiñen. Lo que no quita que el presidente del Gobierno haya contribuido al dilatar el plazo a unas elecciones a las que se había comprometido al llegar a La Moncloa. En fin, que la realidad política es un bombo que da vueltas a una velocidad vertiginosa y no podemos ver lo que unos y otros piensan hacer con lo que les toque. Porque más allá de la unidad de España hay unas cuantas realidades que deben ser gestionadas teniendo en cuenta esa perspectiva del otro, la que seguirá empeñándose en ser aunque se la quiera convertir en ficción. Solo falta que vengan Alarico y los demás reyes godos y no nos preguntemos al menos si hay que darles pábulo a que arrasen con todo.

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